Este blog retrata relaciones intensamente emocionales y eróticas entre dos mujeres. Si este concepto té molesta, ofende, o te pone en riesgo legal, te sugiero que dejes de leer ahora. Cualquiera por debajo de 18 años no debiera leer esta historia sin el permiso expreso del adulto tutor, aunque no asumiré responsabilidad de las consecuencias si eliges mostrárlo.
sábado, 27 de agosto de 2011
Ana y Sara
Sara me llamo al celular pues ya estaba en la calle pero no sabia bien como llegar me puse una bata ya salí a abrirle ella es mas grande de lo que pensé mide como 1.85 y realmente si ella pesaba mucho mas que yo como unos 100 Kg. venia con un vestido de una sola pieza con medias negras y zapatos de tacón, nos saludamos cariñosamente con un beso en la boca y me dijo que le gustaba mi voy y nos dirigimos a mi departamento ella traía consigo una bolsa de la farmacia entramos se sentó en la sala y cuando me iba yo a sentar me dijo no mi niña tu no estas para sentarte sino para calentarme así que pasáate frente a mi solo déjame ayudare con esa bata despojándome de ella quede totalmente desnuda frente a ella una vez mas pero ahora frente a frente y solo me dijo tienes un cuerpo muy cachondo y bueno para tu edad, mientras ella estaba sentada viéndome me pedía que caminara frente a ella yo solo la obedecí, acércate me dijo y puso su nariz en mi vello púbico y me dijo hueles rico, pocas son las mujeres que les huele bien y has de saber rico pero estos pelos te loa vamos a arreglar, a ver híncate y así lo hice me beso, un beso muy loco a lengua metida mientras que con su mano tomaba mis nalgas y las abría y las cerraba, se separo y me empezo a besar y acariciar los pechos y dijo a que con la zorrita tiene los pezones duros y de repente puso una mano en mi entrepierna y descubrió que toda estaba mojada así que me dijo parate y voltéate, me pare girando quedando de espalda y me dijo ahora si mami agáchate y abre las piernas y así lo hice mientras sentía como su cabeza entraba por atrás de mi poniendo su lengua en mi labios y dijo estos pelos ya me estan cansando empezo a meter sus dedos dentro de mi haciéndome gemir y volvió a decir eso mami tus gemidos me calientan y continuo besándome y lamiendo sin dejar de meter sistematicamente sus dedos haciéndome boquear se separo un poco de mi y busco la bolsa d la farmacia que traía y saco una pomada se la puso en la otra mano y me la embarro en el trasero y sin dejar de penetrarme con los dedos empezo m a acariciar mi ano con movimientos circulares y de repente empezo a meter la primera falange de su dedo medio provocandome entre dolor y placer algo inexplicable, saco sus dedos de mi vagina y se acerco a mi metiendomelos en la boca y dijo lamelos para que sepas lo rico que sabes saco de repente su dedo de mi ano e hizo que me ardiera y dijo necesito una toalla y una bandeja y unas mascadas la lleve al baño a tomar la bandeja y la toalla y en mi recamara tomo las mascadas y volvió a decirme donde guardas en arnés se lo enseñe y me dijo déjalo en la cama después lo necesitaremos a la bandeja le puso agua y la llevo al comedor y sobre una silla la puso y me pido que me subiera a la mesa, tomo mis manos y las amarro con un mascada y con otras dos las junto y jalo hacia atrás las manos y amarrándolas esta a las patas de la mesa impidiéndome usara las manos me pido que separara las piernas y dijo ahora si Anna despídete de estos pelos tan latosos y se dedico a contarlos y cuando menos me lo espere m mientras me untaba un poco de crema de rasurar que había traído, senti como con mi rastrillo me rasuraba teniendo cuidado de no cortarme, me pidió que me moviera hacia una costado para terminar de cortar los vellos de la parte de mi vagina y ano, así en un momento estaba yo totalmente rasurada y libre de todo vello, esta acción tambien hizo que me excitara u no pude disimilar lo que salir de mi, ella lo noto y dijo hay mami ye estas para mi verdad, ya me estas esperando bueno mami pues prepárate por que no que viene de nuevo no lo vas a olvidar jamás, me unto un poco de crema para suavizar un poco mas la parte rasurada y con sus dedos empezo a meterlos sin olvidar esa parte tan importante como es mi clítoris el cual empezando a lamer sin dejar a un lado esa penetración digital tan ardua que hizo que me mojara mas me dio tres orgasmos muy intensos, nunca me habían hecho sentir algo tan grande fue delicioso saco sus dedos ye se levantó me dijo mami permíteme un momento no te muevas regreso con una sorpresa levante la cabeza y vi cuando regresaba se había quitado el vestido y venia con un precioso coordinado de medias, slip y tanga, se había quitado el brasier y traía puesto el arnés acerco a mi y tomando el pene lo fue introduciendo en mi vagina y con un movimiento me dio una cogida muy buena estuvimos así una rato se salió y me dijo date la vuelta pero como tenia yo amaradas las manos ella no me pudo penetrar en esa posición así que me desato las manos e hizo que me bajara de la mesa, se coloco detrás de mi e hizo que me recargara sobre el respaldo del sillón me abrió las piensas y me empezo de nuevo a meter el penetrándome por las caderas para darme mas duro, a mí me encanta eso así que la deje continuar no son antes gemir como loca y gritando, me pidió en varias ocasiones despacio si no nos van a oir los vecinos, entonces tomo mi tanga que estaba a un costado de l sillón y me dijo muerde esto y no hagas mas escándalo así de esta posición con su mano derecha aparte de tomarme por las nalgas o la cintura empezo a sobar mi culo, cuando de repente senti como algo humedo caía en mi culo, ella puso saliva en el y su dedo pulgar fue introduciéndose muy poco y me dijo mujer que cerrado esta la próxima vez te lo tendremos que ensanchar y después de un gran numero de orgasmo vino el relax y me pido vernos en otra ocasión. Así que se separo se vistió y así como llego se fue, me fui directamente al baño y darme una ducha y verme todo rasurada , me siento rara así me la experiencia fue barbara, espero volver a tener un free tan rico como este.
Semana santa en los roques
Hola, me llamo Alyssa, tengo 20 años y voy a contar la relación esporádica que tuve con una chica que no conocía de nada.
Un día del mes pasado (julio), estaba con unos amigos, en Benidorm, en una de las discotecas bailando y bebiendo.
Les dije que me esperaran que iba a ir al aseo un momento, que no se moviesen de allí.
Fui al aseo, para mi sorpresa estaba vacío (jamas lo había visto con menos de 3 o 4 metros de cola), y entré.
Me puse a mirar para ver cual estaba limpio para entrar, y al asomarme a uno, vi a una chica preciosa, morena de ojos claros, y morenita de piel, de unos 22 o 23 años haciéndose un dedo.
Me quede de piedra, y me subí con mis amigos otra vez a seguir bebiendo y bailando.
Pero pasada como media hora, decido bajar otra vez, no sabia muy bien por qué, porque hasta ese momento no creía ser lesbiana, pero el caso es que bajé al aseo y entré.
La chica estaba allí, y me dijo:
— Hola, te estaba esperando…
— ¿A mi? — Dije yo
— Si, sabia que volverías a bajar.
Le dije la verdad, que no sabia ni porque había bajado, que supongo que sería curiosidad.
Me dijo si la acompañaba un momento a su casa, que vivía cerca, en unos apartamentos a 5 minutos de allí, dije que si, y salimos hacia allá.
Por el camino no dijimos palabra.
Cuando llegamos a su casa, me dijo que si yo era lesbiana, le contesté que creía que no, pero que desde que la vi en el aseo, no estaba segura.
Nada mas decir esto, me besó, y fue un beso dulce y apasionado, el mas apasionado que jamas me habían dado.
Me besó el cuello, la cara, los labios, me quitó la camisa, y me besó los pechos, los chupó, los lamió, los rozó, los acarició, me dijo que eran los pechos mas bonitos que había visto nunca.Cuando termino con mi tetas, me tumbó en el sofá, me quito el pantalón, me bajó las braguitas y empezó a acariciarme el coño, tan suavemente q me estremecía aun mas.
Después empezó a lamérmelo, a chuparlo, yo estaba que me retorcía de gusto, me encantaba aquello, ningún chico me había comido tan bien como aquella chica preciosa.
Me siguió chupando el coño, y me dijo:
— Cuando te falte poquito para correrte me avisas.
— Vale
Cuando note q me llegaba el orgasmo, la avisé y ella paro en seco de chuparme.
Le dije: ¿que pasa?
Me contesto que no era nada, que me tumbase.
Cogió un consolador y empezó a pasarme la punta por mi coño, y a la vez volvió a lamerme las tetas, al final no puede mas, y le dije:
— Por favor cielo, no me hagas esperar mas, ¡métemelo yaaaaa!
No se hizo esperar mas, me besó en los labios, y me metió el consolador lentamente, muy, muy despacito, muy suave.
Poco a poco empezó a moverlo mas rápido, cada vez mas y mas rápido a la vez que besaba mis pezones de punta.
Al cabo de un ratito, le dije “que llega”, y ella aparto el consolador y empezó a lamerme el coño, quería q me corriese en su boca y así paso, me corrí en su boca y eso me encantó.
Me quede alucinada, no sabía que hacer ni que decir, hasta hacia a penas una hora no tenia ni idea de que me atrayeran las mujeres, y ya acababa de tener un orgasmo maravilloso.
Cuando por fin pude reaccionar, me levanté y la besé, estuvimos besándonos mucho tiempo, jamas nadie me había besado así, tan dulcemente, estaba increíblemente enganchada por esa mujer… y ella de mi.
Me levanté cuando quede saciada de su boca y le acaricié el coño, estaba muy húmedo, estaba muy excitada, y por la curiosidad y porque me gustaba esa chica, empece a lamérselo, despacito, pues no lo había hecho nunca, era la 1 vez que lo hacia con una mujer.
Estuve largo rato así chupándole, metiéndole la lengua todo lo que podía.
Pare y le dije:
— Dame el consolador.
— No. Te voy a dar uno mejor que este.
Me dio un consolador que iba atado a la cintura, me até las correas, y muy despacito, empecé a metérselo, pero ella gritó:
— ¡¡¡Métemelo hasta el fondo!!!.
Y eso hice, empujé el consolador atado a mi cintura y se lo hinqué hasta el fondo, y empecé a moverme como una loca, metiéndoselo y sacándoselo, muy rápido, y cuando vi en su cara que iba a correrse hice lo mismo que ella hizo conmigo, puse la boca para que se corriese con mi legua, y así lo hizo.
Nos quedamos las 2 tumbadas en el sofá, llamé a mis amigos diciendo que estaba bien y que se fuesen sin mi, y nos quedamos toda la noche abrazadas y besándonos, acariciándonos el pelo, y le dije:
— Creo que me has aclarado que si soy lesbiana. Por cierto… ¿como te llamas?
— Olga ¿y tu?
— Alyssa.
— Que nombre tan bonito, me gusta igual que me gustas tu.
Al día siguiente me levanté, la besé, y me fui a mi casa.
Ella vive en Benidorm y de vez en cuando quedamos para vernos y disfrutar mas veces de la experiencia sexual mas maravillosa e inesperada de mi vida.
Un beso amigos
Un día del mes pasado (julio), estaba con unos amigos, en Benidorm, en una de las discotecas bailando y bebiendo.
Les dije que me esperaran que iba a ir al aseo un momento, que no se moviesen de allí.
Fui al aseo, para mi sorpresa estaba vacío (jamas lo había visto con menos de 3 o 4 metros de cola), y entré.
Me puse a mirar para ver cual estaba limpio para entrar, y al asomarme a uno, vi a una chica preciosa, morena de ojos claros, y morenita de piel, de unos 22 o 23 años haciéndose un dedo.
Me quede de piedra, y me subí con mis amigos otra vez a seguir bebiendo y bailando.
Pero pasada como media hora, decido bajar otra vez, no sabia muy bien por qué, porque hasta ese momento no creía ser lesbiana, pero el caso es que bajé al aseo y entré.
La chica estaba allí, y me dijo:
— Hola, te estaba esperando…
— ¿A mi? — Dije yo
— Si, sabia que volverías a bajar.
Le dije la verdad, que no sabia ni porque había bajado, que supongo que sería curiosidad.
Me dijo si la acompañaba un momento a su casa, que vivía cerca, en unos apartamentos a 5 minutos de allí, dije que si, y salimos hacia allá.
Por el camino no dijimos palabra.
Cuando llegamos a su casa, me dijo que si yo era lesbiana, le contesté que creía que no, pero que desde que la vi en el aseo, no estaba segura.
Nada mas decir esto, me besó, y fue un beso dulce y apasionado, el mas apasionado que jamas me habían dado.
Me besó el cuello, la cara, los labios, me quitó la camisa, y me besó los pechos, los chupó, los lamió, los rozó, los acarició, me dijo que eran los pechos mas bonitos que había visto nunca.Cuando termino con mi tetas, me tumbó en el sofá, me quito el pantalón, me bajó las braguitas y empezó a acariciarme el coño, tan suavemente q me estremecía aun mas.
Después empezó a lamérmelo, a chuparlo, yo estaba que me retorcía de gusto, me encantaba aquello, ningún chico me había comido tan bien como aquella chica preciosa.
Me siguió chupando el coño, y me dijo:
— Cuando te falte poquito para correrte me avisas.
— Vale
Cuando note q me llegaba el orgasmo, la avisé y ella paro en seco de chuparme.
Le dije: ¿que pasa?
Me contesto que no era nada, que me tumbase.
Cogió un consolador y empezó a pasarme la punta por mi coño, y a la vez volvió a lamerme las tetas, al final no puede mas, y le dije:
— Por favor cielo, no me hagas esperar mas, ¡métemelo yaaaaa!
No se hizo esperar mas, me besó en los labios, y me metió el consolador lentamente, muy, muy despacito, muy suave.
Poco a poco empezó a moverlo mas rápido, cada vez mas y mas rápido a la vez que besaba mis pezones de punta.
Al cabo de un ratito, le dije “que llega”, y ella aparto el consolador y empezó a lamerme el coño, quería q me corriese en su boca y así paso, me corrí en su boca y eso me encantó.
Me quede alucinada, no sabía que hacer ni que decir, hasta hacia a penas una hora no tenia ni idea de que me atrayeran las mujeres, y ya acababa de tener un orgasmo maravilloso.
Cuando por fin pude reaccionar, me levanté y la besé, estuvimos besándonos mucho tiempo, jamas nadie me había besado así, tan dulcemente, estaba increíblemente enganchada por esa mujer… y ella de mi.
Me levanté cuando quede saciada de su boca y le acaricié el coño, estaba muy húmedo, estaba muy excitada, y por la curiosidad y porque me gustaba esa chica, empece a lamérselo, despacito, pues no lo había hecho nunca, era la 1 vez que lo hacia con una mujer.
Estuve largo rato así chupándole, metiéndole la lengua todo lo que podía.
Pare y le dije:
— Dame el consolador.
— No. Te voy a dar uno mejor que este.
Me dio un consolador que iba atado a la cintura, me até las correas, y muy despacito, empecé a metérselo, pero ella gritó:
— ¡¡¡Métemelo hasta el fondo!!!.
Y eso hice, empujé el consolador atado a mi cintura y se lo hinqué hasta el fondo, y empecé a moverme como una loca, metiéndoselo y sacándoselo, muy rápido, y cuando vi en su cara que iba a correrse hice lo mismo que ella hizo conmigo, puse la boca para que se corriese con mi legua, y así lo hizo.
Nos quedamos las 2 tumbadas en el sofá, llamé a mis amigos diciendo que estaba bien y que se fuesen sin mi, y nos quedamos toda la noche abrazadas y besándonos, acariciándonos el pelo, y le dije:
— Creo que me has aclarado que si soy lesbiana. Por cierto… ¿como te llamas?
— Olga ¿y tu?
— Alyssa.
— Que nombre tan bonito, me gusta igual que me gustas tu.
Al día siguiente me levanté, la besé, y me fui a mi casa.
Ella vive en Benidorm y de vez en cuando quedamos para vernos y disfrutar mas veces de la experiencia sexual mas maravillosa e inesperada de mi vida.
Un beso amigos
viernes, 26 de agosto de 2011
Descubri que rea lesbiana una noche...
Hola, me llamo Alyssa, tengo 20 años y voy a contar la relación esporádica que tuve con una chica que no conocía de nada.
Un día del mes pasado (julio), estaba con unos amigos, en Benidorm, en una de las discotecas bailando y bebiendo.
Les dije que me esperaran que iba a ir al aseo un momento, que no se moviesen de allí.
Fui al aseo, para mi sorpresa estaba vacío (jamas lo había visto con menos de 3 o 4 metros de cola), y entré.
Me puse a mirar para ver cual estaba limpio para entrar, y al asomarme a uno, vi a una chica preciosa, morena de ojos claros, y morenita de piel, de unos 22 o 23 años haciéndose un dedo.
Me quede de piedra, y me subí con mis amigos otra vez a seguir bebiendo y bailando.
Pero pasada como media hora, decido bajar otra vez, no sabia muy bien por qué, porque hasta ese momento no creía ser lesbiana, pero el caso es que bajé al aseo y entré.
La chica estaba allí, y me dijo:
— Hola, te estaba esperando…
— ¿A mi? — Dije yo
— Si, sabia que volverías a bajar.
Le dije la verdad, que no sabia ni porque había bajado, que supongo que sería curiosidad.
Me dijo si la acompañaba un momento a su casa, que vivía cerca, en unos apartamentos a 5 minutos de allí, dije que si, y salimos hacia allá.
Por el camino no dijimos palabra.
Cuando llegamos a su casa, me dijo que si yo era lesbiana, le contesté que creía que no, pero que desde que la vi en el aseo, no estaba segura.
Nada mas decir esto, me besó, y fue un beso dulce y apasionado, el mas apasionado que jamas me habían dado.
Me besó el cuello, la cara, los labios, me quitó la camisa, y me besó los pechos, los chupó, los lamió, los rozó, los acarició, me dijo que eran los pechos mas bonitos que había visto nunca.Cuando termino con mi tetas, me tumbó en el sofá, me quito el pantalón, me bajó las braguitas y empezó a acariciarme el coño, tan suavemente q me estremecía aun mas.
Después empezó a lamérmelo, a chuparlo, yo estaba que me retorcía de gusto, me encantaba aquello, ningún chico me había comido tan bien como aquella chica preciosa.
Me siguió chupando el coño, y me dijo:
— Cuando te falte poquito para correrte me avisas.
— Vale
Cuando note q me llegaba el orgasmo, la avisé y ella paro en seco de chuparme.
Le dije: ¿que pasa?
Me contesto que no era nada, que me tumbase.
Cogió un consolador y empezó a pasarme la punta por mi coño, y a la vez volvió a lamerme las tetas, al final no puede mas, y le dije:
— Por favor cielo, no me hagas esperar mas, ¡métemelo yaaaaa!
No se hizo esperar mas, me besó en los labios, y me metió el consolador lentamente, muy, muy despacito, muy suave.
Poco a poco empezó a moverlo mas rápido, cada vez mas y mas rápido a la vez que besaba mis pezones de punta.
Al cabo de un ratito, le dije “que llega”, y ella aparto el consolador y empezó a lamerme el coño, quería q me corriese en su boca y así paso, me corrí en su boca y eso me encantó.
Me quede alucinada, no sabía que hacer ni que decir, hasta hacia a penas una hora no tenia ni idea de que me atrayeran las mujeres, y ya acababa de tener un orgasmo maravilloso.
Cuando por fin pude reaccionar, me levanté y la besé, estuvimos besándonos mucho tiempo, jamas nadie me había besado así, tan dulcemente, estaba increíblemente enganchada por esa mujer… y ella de mi.
Me levanté cuando quede saciada de su boca y le acaricié el coño, estaba muy húmedo, estaba muy excitada, y por la curiosidad y porque me gustaba esa chica, empece a lamérselo, despacito, pues no lo había hecho nunca, era la 1 vez que lo hacia con una mujer.
Estuve largo rato así chupándole, metiéndole la lengua todo lo que podía.
Pare y le dije:
— Dame el consolador.
— No. Te voy a dar uno mejor que este.
Me dio un consolador que iba atado a la cintura, me até las correas, y muy despacito, empecé a metérselo, pero ella gritó:
— ¡¡¡Métemelo hasta el fondo!!!.
Y eso hice, empujé el consolador atado a mi cintura y se lo hinqué hasta el fondo, y empecé a moverme como una loca, metiéndoselo y sacándoselo, muy rápido, y cuando vi en su cara que iba a correrse hice lo mismo que ella hizo conmigo, puse la boca para que se corriese con mi legua, y así lo hizo.
Nos quedamos las 2 tumbadas en el sofá, llamé a mis amigos diciendo que estaba bien y que se fuesen sin mi, y nos quedamos toda la noche abrazadas y besándonos, acariciándonos el pelo, y le dije:
— Creo que me has aclarado que si soy lesbiana. Por cierto… ¿como te llamas?
— Olga ¿y tu?
— Alyssa.
— Que nombre tan bonito, me gusta igual que me gustas tu.
Al día siguiente me levanté, la besé, y me fui a mi casa.
Ella vive en Benidorm y de vez en cuando quedamos para vernos y disfrutar mas veces de la experiencia sexual mas maravillosa e inesperada de mi vida.
Un día del mes pasado (julio), estaba con unos amigos, en Benidorm, en una de las discotecas bailando y bebiendo.
Les dije que me esperaran que iba a ir al aseo un momento, que no se moviesen de allí.
Fui al aseo, para mi sorpresa estaba vacío (jamas lo había visto con menos de 3 o 4 metros de cola), y entré.
Me puse a mirar para ver cual estaba limpio para entrar, y al asomarme a uno, vi a una chica preciosa, morena de ojos claros, y morenita de piel, de unos 22 o 23 años haciéndose un dedo.
Me quede de piedra, y me subí con mis amigos otra vez a seguir bebiendo y bailando.
Pero pasada como media hora, decido bajar otra vez, no sabia muy bien por qué, porque hasta ese momento no creía ser lesbiana, pero el caso es que bajé al aseo y entré.
La chica estaba allí, y me dijo:
— Hola, te estaba esperando…
— ¿A mi? — Dije yo
— Si, sabia que volverías a bajar.
Le dije la verdad, que no sabia ni porque había bajado, que supongo que sería curiosidad.
Me dijo si la acompañaba un momento a su casa, que vivía cerca, en unos apartamentos a 5 minutos de allí, dije que si, y salimos hacia allá.
Por el camino no dijimos palabra.
Cuando llegamos a su casa, me dijo que si yo era lesbiana, le contesté que creía que no, pero que desde que la vi en el aseo, no estaba segura.
Nada mas decir esto, me besó, y fue un beso dulce y apasionado, el mas apasionado que jamas me habían dado.
Me besó el cuello, la cara, los labios, me quitó la camisa, y me besó los pechos, los chupó, los lamió, los rozó, los acarició, me dijo que eran los pechos mas bonitos que había visto nunca.Cuando termino con mi tetas, me tumbó en el sofá, me quito el pantalón, me bajó las braguitas y empezó a acariciarme el coño, tan suavemente q me estremecía aun mas.
Después empezó a lamérmelo, a chuparlo, yo estaba que me retorcía de gusto, me encantaba aquello, ningún chico me había comido tan bien como aquella chica preciosa.
Me siguió chupando el coño, y me dijo:
— Cuando te falte poquito para correrte me avisas.
— Vale
Cuando note q me llegaba el orgasmo, la avisé y ella paro en seco de chuparme.
Le dije: ¿que pasa?
Me contesto que no era nada, que me tumbase.
Cogió un consolador y empezó a pasarme la punta por mi coño, y a la vez volvió a lamerme las tetas, al final no puede mas, y le dije:
— Por favor cielo, no me hagas esperar mas, ¡métemelo yaaaaa!
No se hizo esperar mas, me besó en los labios, y me metió el consolador lentamente, muy, muy despacito, muy suave.
Poco a poco empezó a moverlo mas rápido, cada vez mas y mas rápido a la vez que besaba mis pezones de punta.
Al cabo de un ratito, le dije “que llega”, y ella aparto el consolador y empezó a lamerme el coño, quería q me corriese en su boca y así paso, me corrí en su boca y eso me encantó.
Me quede alucinada, no sabía que hacer ni que decir, hasta hacia a penas una hora no tenia ni idea de que me atrayeran las mujeres, y ya acababa de tener un orgasmo maravilloso.
Cuando por fin pude reaccionar, me levanté y la besé, estuvimos besándonos mucho tiempo, jamas nadie me había besado así, tan dulcemente, estaba increíblemente enganchada por esa mujer… y ella de mi.
Me levanté cuando quede saciada de su boca y le acaricié el coño, estaba muy húmedo, estaba muy excitada, y por la curiosidad y porque me gustaba esa chica, empece a lamérselo, despacito, pues no lo había hecho nunca, era la 1 vez que lo hacia con una mujer.
Estuve largo rato así chupándole, metiéndole la lengua todo lo que podía.
Pare y le dije:
— Dame el consolador.
— No. Te voy a dar uno mejor que este.
Me dio un consolador que iba atado a la cintura, me até las correas, y muy despacito, empecé a metérselo, pero ella gritó:
— ¡¡¡Métemelo hasta el fondo!!!.
Y eso hice, empujé el consolador atado a mi cintura y se lo hinqué hasta el fondo, y empecé a moverme como una loca, metiéndoselo y sacándoselo, muy rápido, y cuando vi en su cara que iba a correrse hice lo mismo que ella hizo conmigo, puse la boca para que se corriese con mi legua, y así lo hizo.
Nos quedamos las 2 tumbadas en el sofá, llamé a mis amigos diciendo que estaba bien y que se fuesen sin mi, y nos quedamos toda la noche abrazadas y besándonos, acariciándonos el pelo, y le dije:
— Creo que me has aclarado que si soy lesbiana. Por cierto… ¿como te llamas?
— Olga ¿y tu?
— Alyssa.
— Que nombre tan bonito, me gusta igual que me gustas tu.
Al día siguiente me levanté, la besé, y me fui a mi casa.
Ella vive en Benidorm y de vez en cuando quedamos para vernos y disfrutar mas veces de la experiencia sexual mas maravillosa e inesperada de mi vida.
Dama de compañía....
Me había separado y decidí contratar una mujer para los quehaceres domésticos y que además me hiciese compañía en mi soledad.
Puse un aviso en el diario y recibí a varias postulantes. La quería sin compromiso y con cama adentro. La paga era buena y en realidad el trabajo era llevadero. Yo estaba ocho horas en la oficina y disponía de todo el tiempo para mantener la casa limpia y cocinar a mi regreso. Dos mujeres solas y ordenada como era yo no le proporcionaba mayor trabajo.
Me decidí por una morocha de pelo renegrido, ojos oscuros de mirada chispeante, y cuerpo armonioso. Me pareció inteligente y de muy buen humor. Me gustó de entrada y había algo en ella que me atraía. Tenía una voz sensual y me insinuó que era experta en masajes de distintos tipos y si quería podía comprobarlo. Había sido masajista en su ciudad natal en Santiago del Estero, hasta que decidió trasladarse a Buenos Aires a probar fortuna. Todo su cuerpo irradiaba sensualidad. Me explicó que mi propuesta le convenía pues tendría albergue y si no me oponía sin descuidar sus obligaciones podría tomar algunas clientas para redondear su mensualidad. Me pareció correcto y acepté, no sin hacerle saber que primero estaban sus obligaciones y mis órdenes.
Con una sonrisa me dijo que le encantaría ser sometida a mis deseos por más caprichosos que fueran. Sus palabras me intrigaron y sin saber porqué me excitaron.
Ya instalada en casa, la relación entre las dos marchó sobre rieles. Estaba atenta a todas las cosas de la casa. Me preparaba el baño para cuando llegaba del trabajo. La comida estaba lista y cuidaba de mi dieta. No tenía quejas. Pasamos a ser compinches y confidentes. Veía a Lucía, más como una amiga que como a una empleada a pesar de que conservaba su lugar y me esperaba con el uniforme impecable para disponerse a complacerme y atenderme como una geisha.
Me sentía contenida y sentí que la relación se hacía cada día más placentera e intensa, mucho más que la que viví con mi ex esposo. Me comprendía y me prodigaba ternura en cada uno de sus actos. Me planteé cual era mi sentimiento hacia ella. ¿Era normal, y echaba por tierra mis prejuicios sobre el amor por una mujer?. No me atrevía a expresárselo hasta que Lucía allanó mis dudas y pensamientos.
Una noche mientras tomaba un baño de inmersión, y con los ojos cerrados fantaseaba con una relación sexual acariciándome la vulva, Lucía se acercó por detrás sin que me percatase de su presencia y sin decir una palabra, comenzó a masajear mi cuello y mis hombros. Dí un respingo, y cuando me iba a incorporar, llevó el dedo índice a su boca y me pidió que continuase. “Es normal”. “Disfruta y goza”. “Me deseas igual que yo a ti”.
Me deje llevar por su voz y mis instintos. Estaba hermosa con su lencería erótica que resaltaba sus formas firmes y generosas. Sus manos se posaron en mis senos voluminosos y besó mis pezones oscuros y lánguidos que se endurecieron a medida que los lamía y mordisqueaba. Me incorporé y en la medida que descubría sus tétas, le susurré que era la primera vez que amaba a una mujer. La llené de besos y caricias. Su piel tersa y suave me fascinaba. Le pedí que me enseñara a darle placer. “Ya me lo estás dando”. “Marta, yo también te amo y te deseo”, me dijo en un hilo de voz. “Aprenderemos juntas”.
Me secó con una delicadeza única y luego tomadas de la mano nos dirigimos al dormitorio. Todo era sensualidad y erotismo.
Lucía se desnudó totalmente mientras yo dejé caer la salida de baño al suelo. Nos abrazamos y sentí la calidez de su cuerpo que se apretó al mío. Jugamos con nuestros senos acariciándonos con nuestros pezones que descargaron sobre mi cuerpo oleadas de electricidad que me sumieron en un estado de excitación inimaginable. Nuestras lenguas se fundieron en un intercambio de saliva proponiendo más. Nos dejamos caer en la cama y mis manos no dejaron de acariciarla y explorar sus zonas erógenas. Lucía hizo lo mismo conmigo. Su boca se ocupó de mis senos y mientras yo cerré mis ojos en un estado de éxtasis y me dejé llevar aflojando mi cuerpo, Lucía deslizó su boca y su lengua hasta detenerse en mi ombligo. De allí continuó bajando. Abrí mis piernas invitándola a ocuparse de mi vulva sedienta de amor. Fue su lengua cálida que me embriagó e hizo que fluyeran de mi interior oleadas de pringosos jugos que se ocupó de sorber. Mi clítoris recibió un sabio tratamiento con las chupadas y mordisco de Lucía hasta que un espasmo de mi vientre y un endurecimiento de mis piernas preanunciaron un orgasmo maravilloso. Fue fantástico, había gozado como nunca antes. Una experiencia diferente que me iniciaba en una vida sexual que por lo placentera nunca imaginé.
No me quedé allí y entonces fui yo la que me ocupé de Lucía. Repetí una a una las caricias y los besos que ella me había proporcionado. Las expresiones de placer, los jadeos y gemidos me demostraron que Lucía gozaba intensamente y el advenimiento de su orgasmo, al observar fluir sus jugos de su concha abierta y enrojecida por las caricias, me pusieron a mil. Luego nos pusimos en 69 besando nuestras vulvas y sorbiendo nuestros jugos hasta la última gota. Era maravilloso escuchar las expresiones de amor y la entrega total de esa mujer madura sedienta de placer. Yo no quería ser menos, me ofrecía y le daba lo mejor de mí.
Luego nos ingeniamos entrelazando las piernas para poner nuestras vulvas en contacto y comenzar con un juego de vaivén que culminó con un orgasmo conjunto ruidoso entre expresiones de amor y placer. Tenía a mi alcance sus pies y los dedos y sin saber porque no pude evitar la tentación de besarlos y chuparlos uno por uno. Lucía se revolvió de placer al sentir la caricia y con un hilo de voz me expresó. “Como sabías que me enloquece sentir esta cosquilla, soy tu esclava para siempre”. Terminamos abrazadas prometiéndonos vivir y gozar juntas ya que ningún hombre podía separarnos ni darnos el placer que habíamos disfrutado en esa noche inolvidable.
Puse un aviso en el diario y recibí a varias postulantes. La quería sin compromiso y con cama adentro. La paga era buena y en realidad el trabajo era llevadero. Yo estaba ocho horas en la oficina y disponía de todo el tiempo para mantener la casa limpia y cocinar a mi regreso. Dos mujeres solas y ordenada como era yo no le proporcionaba mayor trabajo.
Me decidí por una morocha de pelo renegrido, ojos oscuros de mirada chispeante, y cuerpo armonioso. Me pareció inteligente y de muy buen humor. Me gustó de entrada y había algo en ella que me atraía. Tenía una voz sensual y me insinuó que era experta en masajes de distintos tipos y si quería podía comprobarlo. Había sido masajista en su ciudad natal en Santiago del Estero, hasta que decidió trasladarse a Buenos Aires a probar fortuna. Todo su cuerpo irradiaba sensualidad. Me explicó que mi propuesta le convenía pues tendría albergue y si no me oponía sin descuidar sus obligaciones podría tomar algunas clientas para redondear su mensualidad. Me pareció correcto y acepté, no sin hacerle saber que primero estaban sus obligaciones y mis órdenes.
Con una sonrisa me dijo que le encantaría ser sometida a mis deseos por más caprichosos que fueran. Sus palabras me intrigaron y sin saber porqué me excitaron.
Ya instalada en casa, la relación entre las dos marchó sobre rieles. Estaba atenta a todas las cosas de la casa. Me preparaba el baño para cuando llegaba del trabajo. La comida estaba lista y cuidaba de mi dieta. No tenía quejas. Pasamos a ser compinches y confidentes. Veía a Lucía, más como una amiga que como a una empleada a pesar de que conservaba su lugar y me esperaba con el uniforme impecable para disponerse a complacerme y atenderme como una geisha.
Me sentía contenida y sentí que la relación se hacía cada día más placentera e intensa, mucho más que la que viví con mi ex esposo. Me comprendía y me prodigaba ternura en cada uno de sus actos. Me planteé cual era mi sentimiento hacia ella. ¿Era normal, y echaba por tierra mis prejuicios sobre el amor por una mujer?. No me atrevía a expresárselo hasta que Lucía allanó mis dudas y pensamientos.
Una noche mientras tomaba un baño de inmersión, y con los ojos cerrados fantaseaba con una relación sexual acariciándome la vulva, Lucía se acercó por detrás sin que me percatase de su presencia y sin decir una palabra, comenzó a masajear mi cuello y mis hombros. Dí un respingo, y cuando me iba a incorporar, llevó el dedo índice a su boca y me pidió que continuase. “Es normal”. “Disfruta y goza”. “Me deseas igual que yo a ti”.
Me deje llevar por su voz y mis instintos. Estaba hermosa con su lencería erótica que resaltaba sus formas firmes y generosas. Sus manos se posaron en mis senos voluminosos y besó mis pezones oscuros y lánguidos que se endurecieron a medida que los lamía y mordisqueaba. Me incorporé y en la medida que descubría sus tétas, le susurré que era la primera vez que amaba a una mujer. La llené de besos y caricias. Su piel tersa y suave me fascinaba. Le pedí que me enseñara a darle placer. “Ya me lo estás dando”. “Marta, yo también te amo y te deseo”, me dijo en un hilo de voz. “Aprenderemos juntas”.
Me secó con una delicadeza única y luego tomadas de la mano nos dirigimos al dormitorio. Todo era sensualidad y erotismo.
Lucía se desnudó totalmente mientras yo dejé caer la salida de baño al suelo. Nos abrazamos y sentí la calidez de su cuerpo que se apretó al mío. Jugamos con nuestros senos acariciándonos con nuestros pezones que descargaron sobre mi cuerpo oleadas de electricidad que me sumieron en un estado de excitación inimaginable. Nuestras lenguas se fundieron en un intercambio de saliva proponiendo más. Nos dejamos caer en la cama y mis manos no dejaron de acariciarla y explorar sus zonas erógenas. Lucía hizo lo mismo conmigo. Su boca se ocupó de mis senos y mientras yo cerré mis ojos en un estado de éxtasis y me dejé llevar aflojando mi cuerpo, Lucía deslizó su boca y su lengua hasta detenerse en mi ombligo. De allí continuó bajando. Abrí mis piernas invitándola a ocuparse de mi vulva sedienta de amor. Fue su lengua cálida que me embriagó e hizo que fluyeran de mi interior oleadas de pringosos jugos que se ocupó de sorber. Mi clítoris recibió un sabio tratamiento con las chupadas y mordisco de Lucía hasta que un espasmo de mi vientre y un endurecimiento de mis piernas preanunciaron un orgasmo maravilloso. Fue fantástico, había gozado como nunca antes. Una experiencia diferente que me iniciaba en una vida sexual que por lo placentera nunca imaginé.
No me quedé allí y entonces fui yo la que me ocupé de Lucía. Repetí una a una las caricias y los besos que ella me había proporcionado. Las expresiones de placer, los jadeos y gemidos me demostraron que Lucía gozaba intensamente y el advenimiento de su orgasmo, al observar fluir sus jugos de su concha abierta y enrojecida por las caricias, me pusieron a mil. Luego nos pusimos en 69 besando nuestras vulvas y sorbiendo nuestros jugos hasta la última gota. Era maravilloso escuchar las expresiones de amor y la entrega total de esa mujer madura sedienta de placer. Yo no quería ser menos, me ofrecía y le daba lo mejor de mí.
Luego nos ingeniamos entrelazando las piernas para poner nuestras vulvas en contacto y comenzar con un juego de vaivén que culminó con un orgasmo conjunto ruidoso entre expresiones de amor y placer. Tenía a mi alcance sus pies y los dedos y sin saber porque no pude evitar la tentación de besarlos y chuparlos uno por uno. Lucía se revolvió de placer al sentir la caricia y con un hilo de voz me expresó. “Como sabías que me enloquece sentir esta cosquilla, soy tu esclava para siempre”. Terminamos abrazadas prometiéndonos vivir y gozar juntas ya que ningún hombre podía separarnos ni darnos el placer que habíamos disfrutado en esa noche inolvidable.
Sammy y Kim
Ayer me llamó Sammy (es la chica que conocí en Creamfields y con la que tuve mi primera experiencia lésbica) para proponerme pasar la tarde con ella en su casa porque iba a estar sola. Al principio le dije que ahora tenia novio y que estábamos muy bien y realmente, aunque la había pasado genial con ella, prefería no repetir la experiencia. Pero Sammy es muy convincente y terminé aceptando ir a su casa. Claro que yo tendré quince años pero no soy ninguna ingenua y sabía que íbamos a terminar cogiendo así que me preparé para una tarde de mucho sexo pero la realidad desbordó mis expectativas, ¡Qué manera de coger! De entrada nomás apenas cerró la puerta me apretó contra la pared y me metió la lengua hasta la garganta mientras me apretaba la conchita, por supuesto yo le devolví la atención buscando el agujero de su culo y metiéndole un dedo bien adentro. Nos desnudamos en la sala de puro calientes que estábamos y cuando llegamos al dormitorio ya estábamos toda mojadas. Sammy trajo un vibrador inmenso, yo nunca había visto uno pero ni me imaginaba que tenían ese tamaño, se me hizo agua la boca mientras lo lubricaba y me anunciaba que era para mi culito, hummm que rico pensé. Me hizo acostar boca arriba y me lo metió despacito, se me pusieron los ojos en blanco ¡Qué delicia! Y cuando estuvo todo adentro lo puso a vibrar, que cosquillitas divinas, me hizo reír pero Sammy ya estaba con la boca metida entre mis piernas y me chupaba el clítoris haciendo mucho ruido: chup, chup, chup, uff, brrrr, chup, chup. Pero eso no iba a ser todo, sentí que me metía dos dedos adentro de la concha y cuando estaban totalmente adentro los abría e intentaba sacarlos, me retorcí de placer, era increíble lo que sentía. Y después los cerraba y los volvía a enterrar hasta el fondo y los abría y los hacía girar o los cerraba en forma de gancho y me apretaba la parte superior de la vagina buscando ese puntito que me vuelve loca cuando me lo tocan y así otra ve y otra vez mientras me chupaba, me lamía y me mordía y yo me refregaba las tetitas y me pellizcaba los pezoncitos. De vez en cuando Sammy apretaba el vibrador para que me vuelva a entrar porque por las contracciones del culo y los orgasmos que me sacudían hacían que se me saliese un poco. Empecé a gritar porque no soportaba tanto goce y Sammy me dejó de chupar y me miraba sonriendo y me decía: “perrita”, “sos una perrita puta y gozadora” y yo le contestaba que si, que era su perrita puta y le pedía: “dame con todo Sammy”, “haceme acabar como a una perrita puta”, “así”, “así”, ¡Ahhhh!, ¡Ahhhhhhhh! Y acabé como lo que soy una perrita putísima y muy gozadora. Después me sacó el vibrador y lo puso entre mis tetitas y se acostó a mi lado y me abrazó y me besaba con la cara toda mojada por mis juguitos ricos mientras la concha me latía fuerte, fuerte. Agarró el vibrador y lo olió y lo lamió: “Tiene el olor de tu culito”, dijo ¿querés probar?, es riquísimo. Y yo le pegué una chupadita y es cierto, es rico y le dábamos una chupadita cada una y después nos besábamos en la boca. “Ahora es mi turno” le dije cuando habíamos descansado, y la hice acostarse boca arriba mientras lubricaba otra vez el vibra. Le metí la puntita y Sammy gimió pero lo dejé ahí para que lo deseé y empezó a jadear y me pidió: “metemelo, se buenita” pero yo la hice desear un poquito más antes de enterrárselo de un golpe. Se arqueó como si le hubiesen dado electricidad, sólo el culo y la nuca tocaban la cama, y gimió ella como una perra ahora y cuando lo puse a vibrar empezó a sollozar mientras decía: “qué divino, qué divino”, pero ni se imaginaba lo que le esperaba. Primero le chupé un poco la concha, más que nada porque me encanta el sabor de su concha que para mojarla porque ya la tenía bien mojada de antes y después junté la punta de mis cuatro dedos de la mano derecha y se los empecé a meter despacito, se quejó un poco pero mi mano es chiquita y entraron bastante fácil. Pero lo que seguía no iba a ser tan fácil, le quería meter la palma de la mano también… y se la metí dejando afuera solamente el pulgar. Sammy gritó y se sacudió e intentó sentarse en la cama pero le puse la mano en el pecho y la hice acostarse otra vez. “Ahora vas a ser vos mi perra” le dije mientras cerraba mis dedos dentro de su concha como formando un puño. Sammy gritaba: “no”, “no”, “eso no”, “me vas a matar” pero yo ya abría la mano y la volvía a cerrar sintiendo los orgasmos de “mi perra” y buscando su punto G para hacerla gozar como ella me había hecho gozar a mi y ahora ya no decía que no, abría la boca muy grande y jadeando decía: “Así”, “asi”, “no pares Kim”, “cogeme chiquita”, “cogeme como vos sabés, perrita puta”. En tanto mi boca chupaba, lamía y mordía y apretaba el clítoris entre los labios y lo chupaba fuerte y lo masticaba suavemente mientras mi mano libre le apretaba los pezones y le masajeaba las tetas y de vez en cuando empujaba el vibra que con las sacudidas que pegaba comenzaba a salirse. Sammy sollozaba y ante cada nuevo orgasmo se retorcía como queriendo escapar pero no se iba a librar tan fácilmente de mi mano ni de mi boca. De pronto descubrí que si apoyaba la palma de la mano contra la pelvis podía apretar los dedos y sentir esa zona rugosa que imagine sería el punto G, probé y Sammy gritó y quiso escapar intentando sentarse pero no podés escapar si te tienen agarrada de la concha, es imposible. Me alegré de mi descubrimiento y me dediqué repetirlo y cada vez que lo hacía gritaba y golpeaba la sábana con las palmas de las manos y los talones. Entonces dejé de chuparla y la empecé a excitar verbalmente: “Sos mi perra puta y te gusta que te coja” decía y la escuchaba gemir y asintiendo repetir: “Si, soy puta, puta, muy puta y me gusta que me cojan como a una perra”. Y yo le contestaba: “Claro que sos puta”, “sos una perra puta, reventada y reputa, pedime que te coja perra puta” y Sammy balbuceaba: “cogéme”, “cogéme” y yo perversa le decía: “¿cómo se pide Sammy?”, “¿cómo pide una niñita educada y reputa como vos?” “Por favor”, “cogeme, por favor Kim”, repetía y yo gozaba torturándola tanto como ella gozaba con la terrible cogida que le estaba dando. “Chupate los pezones ordené” y no tuve que repetir la orden porque se agarró las tetas y metiéndoselas en la boca las chupaba desesperada: Chup, chup, chup. Pero la pobre no estaba preparada para lo que le estaba sucediendo, me había subestimado pensando que era una pendejita pasiva y no se imaginó que le iba a devolver multiplicado por dos o tres lo que ella me había dado a mi. Ahora se daba cuenta que estaba a mi merced se asustó y se puso a llorar, la cadena inacabable de orgasmos y la tortura verbal eran demasiado para ella y lloró, ahora sí como una niñita, y empezó a suplicar: “Basta Kim, basta”, “no puedo más”, “dejame que me siento mal” y me agarraba la muñeca intentando sacarse mi mano de adentro de la concha pero yo apretaba más fuerte y terminaba dándose por vencida. Verdaderamente se debería sentir mal porque estaba muy pálida y se la veía agotada de tanto acabar pero yo estaba cebada: “No”, le dije, “todavía no terminé con vos, quiero que goces como nunca en tu puta vida y que no te olvides más de esta tarde ni de mi” y la seguí pajeando aunque ya me dolía la mano de tanto hacer fuerza, no sé que duende perverso me poseía pero me sentía omnipotente y quería que verdaderamente esa pobre chica no se olvidase más de mi. Pero se puso a llorar cada vez más fuerte y a suplicarme: “Por favor, por favor, dejame Kim, dejame, me voy a morir si sigo acabando, dejame se buenita suplicaba porque ya no tenia fuerzas para intentar escapar. Y no paraba de llorar, y siguió llorando aunque le saqué la mano de la concha y me chupé los dedos mientras arrodillada la miraba llorar. Me pidió que le saque el vibrador y también lo chupé un poquito. “Qué rico que está” dije, “me encanta el sabor de tu culo”. “Dame una chupadita” pidió sollozando y se lo llevé a boca. Chupar el vibra la calmó un poco, entonces me acosté a su lado y la abracé y la besé mojándole la cara con su flujo. Sammy lloró todavía un rato más aunque la tenía abrazada y la besaba, después dijo: “Yo nunca había sentido algo igual, creí que me moría, te juro Kim, hubo un momento que pensé que me estaba muriendo, me faltó el aire y me dolía el pecho pero vos no parabas y yo pensé que si me moría no me importaba porque morir así seria maravilloso, te das cuenta Kim, morir cogiendo… Estuvimos abrazadas un rato largo dándonos besitos y haciéndonos muchos mimitos dulces y después nos levantamos, tuve que ayudarla porque temblaba mucho y se sentía muy floja, y nos bañamos juntas pero Sammy ni me tocó, ya habíamos tenido suficiente, y al despedirnos, todavía temblando y muy pálida, avisó: “Te llamo sí, para encontrarnos otros día” le dije que si, nos dimos un beso y me fui a casa convencida de que Sammy estaba muy asustada y que no me va llamar nunca más, a ella le gusta coger pero no tiene ninguna intención de morir cogiendo.
De vacaciones....
Hace dos meses que me fui de vacaciones con mis amigas, fuimos a un sitio de playa porque nos agrada ese tipo de lugares.
Una vez que llegamos ahí, nos registramos en el hotel y subimos a acomodar nuestras cosas, la habitación no era muy grande pero si lo suficiente para divertirnos.
De inmediato Lety fue al baño a ponerse su bikini rojo que había comprado un día antes del viaje y la verdad precioso cuerpo me dieron ganas de cogérmela ahí. Ella bajó a broncearse en el área de la alberca mientras yo me quedé a terminar de acomodar mis cosas.
Mi otra amiga dijo que iba a hacer unas compras en una tienda cercana y se fue dejándome sola.
Una hora después decidí unirme a Lety, así que fui por mi bikini negro y me lo puse. Una vez que llegué al área de la alberca, me dediqué a buscar a Lety, Cuando la vi estaba platicando con una chica que estaba sentada a un lado de ella, la verdad es que esa mujer no se me hizo muy atractiva pero pareció que a Lety sí, puesto que estaban platicando muy amigablemente.
Llegué a ese lugar y las saludé, ahí supe que Lety ya había ligado y que pensaba irse al cuarto de su nueva amiga para divertirse.
Ahí me quedé mientras ellas se retiraron, me acosté y decidí dormir un rato para broncearme.
A los pocos minutos una dulce voz me despertó, era una hermosa chica que tenía un hermoso cuerpo, aunque cuando la vi pensé que era menor de edad.
Me preguntó si le podía prestar un poco de bronceador puesto que a ella se le había terminado; le cedí mi frasco y se untó un poco en los brazos y hombros. Me hubiera encantado ser yo quien le hubiera ayudado.
Comenzamos a platicar un poco y supe que se llamaba Gabriela y tenía 19 años, había llegado a ese lugar el día anterior y pensaba irse dos días después.
La verdad es que esta pelirroja escultural me había gustado mucho y pensé en la posibilidad de llevármela a la cama para gozar con ella.
Ella pidió una bebida y me preguntó si quería algo de tomar, le contesté que una cerveza (mi bebida alcohólica favorita) y ella pidió un balde con 6 botellas, dijo que ella las pagaba. Ahí estuvimos platicando un buen rato y tomando nuestras cervezas.
Gaby me dijo que se sentía mareada, la cerveza comenzó a hacer efecto y me pidió que la acompañara a su cuarto y accedí a ayudarla.
Fuimos a su cuarto y cuando entramos la acosté en la cama; ella decía que era demasiado lo que había tomado y que se sentía ebria: mi mente tenía otra idea: aprovechar el momento y aunque sea besar esos hermosos labios que ella tenía pero ella fue la que me sorprendió porque sin esperarlo me abrazó por el cuello y me empezó a besar en la mejilla de una forma muy sensual.
Claro que de inmediato comencé a acariciar su espalda mientras me besaba, ella me pedía que la llenara de caricias y eso fue lo que hice: la acosté y acaricié sus piernas, sus brazos, su abdomen, y demás.
Ella se quitó la parte superior del bikini y dejó al descubierto sus senos, los cuales eran mas o menos grandes, pero bellísimos, acerqué mi boca a uno de sus rosados pezones y comencé a besarlos y chuparlos, Gaby gimió y me dijo que le gustaba lo que sentía.
Fui subiendo poco a poco hasta su cuello y a su boca, una vez ahí besé sus labios y metí mi lengua en su boca, sentí la suya y disfruté ese beso como pocos que he recibido o dado.
Le quité el calzón y la tuve desnuda para mí solita, su coño era con vello escaso, pero ya estaba mojada y decidí aprovecharlo.
Separé sus piernas y comencé a chupar su clítoris, Gaby de inmediato gimió y me pidió que la cogiera más y no desobedecí.
Llevé mi lengua de arriba a abajo por su vagina la cual estaba deliciosa, aproveché para meter un dedo en su vagina para acelerarla más y lo conseguí.
Ella se movía muy bien, se acariciaba sus senos y me pedía más, al poco tiempo Gaby tuvo su primer orgasmo, lo que hizo que se le bajara la borrachera que tenía para abrazarme y besarme de nuevo.
Me agradeció el orgasmo ya que no era común para ella tener encuentros sexuales, pero yo le pedí que me hiciera el amor a lo cual ella aceptó.
Me desnudé y separé mis piernas para que ella pudiera disfrutar de mi vagina y de inmediato comenzó a chupármela y muy bien.
Sentía que me volvía loca ya que me imaginaba que era una niña la que me cogía, esto debido a su apariencia de menor de edad; Gaby metió su lengua en mi vagina muy al fondo lo que me hizo gritar de placer.
Le comenté que me encanta que me besen en el culo y le pedí que lo hiciera, me voltee y ella me abrió las nalgas para meterme su lengua, sentí la punta de su lengua en mi agujero y me vine casi al instante, estaba demasiado excitada para poder resistirme a ese orgasmo.
Me acosté boca arriba y le pedí que se subiera para chupar su vagina y ella me hiciera lo mismo, ese 69 fue sensacional porque fue un intercambio de orgasmos constantes. Aproveché y le metí un dedo en el culo mientras le chupaba la vagina y ella me hizo lo mismo.
Al poco tiempo durante la cogida con esta hermosa chica de pelo rojizo, terminamos agotadas y nos abrazamos fuertemente durante un rato Le confesé que ella me gustó desde que la vi y que era lesbiana desde hace tiempo, ella me confió que siempre había tenido la fantasía de estar con una chica pero que en realidad le gustan las vergas y que ya había chupado algunas.
Me dijo que ella no tenía planes para la noche y que deseaba que me quedara con ella durante toda la noche cogiendo. Su simple invitación me hizo calentarme de nuevo. Luego les cuento como nos fue esa noche porque prometía.
Una vez que llegamos ahí, nos registramos en el hotel y subimos a acomodar nuestras cosas, la habitación no era muy grande pero si lo suficiente para divertirnos.
De inmediato Lety fue al baño a ponerse su bikini rojo que había comprado un día antes del viaje y la verdad precioso cuerpo me dieron ganas de cogérmela ahí. Ella bajó a broncearse en el área de la alberca mientras yo me quedé a terminar de acomodar mis cosas.
Mi otra amiga dijo que iba a hacer unas compras en una tienda cercana y se fue dejándome sola.
Una hora después decidí unirme a Lety, así que fui por mi bikini negro y me lo puse. Una vez que llegué al área de la alberca, me dediqué a buscar a Lety, Cuando la vi estaba platicando con una chica que estaba sentada a un lado de ella, la verdad es que esa mujer no se me hizo muy atractiva pero pareció que a Lety sí, puesto que estaban platicando muy amigablemente.
Llegué a ese lugar y las saludé, ahí supe que Lety ya había ligado y que pensaba irse al cuarto de su nueva amiga para divertirse.
Ahí me quedé mientras ellas se retiraron, me acosté y decidí dormir un rato para broncearme.
A los pocos minutos una dulce voz me despertó, era una hermosa chica que tenía un hermoso cuerpo, aunque cuando la vi pensé que era menor de edad.
Me preguntó si le podía prestar un poco de bronceador puesto que a ella se le había terminado; le cedí mi frasco y se untó un poco en los brazos y hombros. Me hubiera encantado ser yo quien le hubiera ayudado.
Comenzamos a platicar un poco y supe que se llamaba Gabriela y tenía 19 años, había llegado a ese lugar el día anterior y pensaba irse dos días después.
La verdad es que esta pelirroja escultural me había gustado mucho y pensé en la posibilidad de llevármela a la cama para gozar con ella.
Ella pidió una bebida y me preguntó si quería algo de tomar, le contesté que una cerveza (mi bebida alcohólica favorita) y ella pidió un balde con 6 botellas, dijo que ella las pagaba. Ahí estuvimos platicando un buen rato y tomando nuestras cervezas.
Gaby me dijo que se sentía mareada, la cerveza comenzó a hacer efecto y me pidió que la acompañara a su cuarto y accedí a ayudarla.
Fuimos a su cuarto y cuando entramos la acosté en la cama; ella decía que era demasiado lo que había tomado y que se sentía ebria: mi mente tenía otra idea: aprovechar el momento y aunque sea besar esos hermosos labios que ella tenía pero ella fue la que me sorprendió porque sin esperarlo me abrazó por el cuello y me empezó a besar en la mejilla de una forma muy sensual.
Claro que de inmediato comencé a acariciar su espalda mientras me besaba, ella me pedía que la llenara de caricias y eso fue lo que hice: la acosté y acaricié sus piernas, sus brazos, su abdomen, y demás.
Ella se quitó la parte superior del bikini y dejó al descubierto sus senos, los cuales eran mas o menos grandes, pero bellísimos, acerqué mi boca a uno de sus rosados pezones y comencé a besarlos y chuparlos, Gaby gimió y me dijo que le gustaba lo que sentía.
Fui subiendo poco a poco hasta su cuello y a su boca, una vez ahí besé sus labios y metí mi lengua en su boca, sentí la suya y disfruté ese beso como pocos que he recibido o dado.
Le quité el calzón y la tuve desnuda para mí solita, su coño era con vello escaso, pero ya estaba mojada y decidí aprovecharlo.
Separé sus piernas y comencé a chupar su clítoris, Gaby de inmediato gimió y me pidió que la cogiera más y no desobedecí.
Llevé mi lengua de arriba a abajo por su vagina la cual estaba deliciosa, aproveché para meter un dedo en su vagina para acelerarla más y lo conseguí.
Ella se movía muy bien, se acariciaba sus senos y me pedía más, al poco tiempo Gaby tuvo su primer orgasmo, lo que hizo que se le bajara la borrachera que tenía para abrazarme y besarme de nuevo.
Me agradeció el orgasmo ya que no era común para ella tener encuentros sexuales, pero yo le pedí que me hiciera el amor a lo cual ella aceptó.
Me desnudé y separé mis piernas para que ella pudiera disfrutar de mi vagina y de inmediato comenzó a chupármela y muy bien.
Sentía que me volvía loca ya que me imaginaba que era una niña la que me cogía, esto debido a su apariencia de menor de edad; Gaby metió su lengua en mi vagina muy al fondo lo que me hizo gritar de placer.
Le comenté que me encanta que me besen en el culo y le pedí que lo hiciera, me voltee y ella me abrió las nalgas para meterme su lengua, sentí la punta de su lengua en mi agujero y me vine casi al instante, estaba demasiado excitada para poder resistirme a ese orgasmo.
Me acosté boca arriba y le pedí que se subiera para chupar su vagina y ella me hiciera lo mismo, ese 69 fue sensacional porque fue un intercambio de orgasmos constantes. Aproveché y le metí un dedo en el culo mientras le chupaba la vagina y ella me hizo lo mismo.
Al poco tiempo durante la cogida con esta hermosa chica de pelo rojizo, terminamos agotadas y nos abrazamos fuertemente durante un rato Le confesé que ella me gustó desde que la vi y que era lesbiana desde hace tiempo, ella me confió que siempre había tenido la fantasía de estar con una chica pero que en realidad le gustan las vergas y que ya había chupado algunas.
Me dijo que ella no tenía planes para la noche y que deseaba que me quedara con ella durante toda la noche cogiendo. Su simple invitación me hizo calentarme de nuevo. Luego les cuento como nos fue esa noche porque prometía.
Mis primeros pasos como modelo...
Una chica debe enfrentarse al mundo laboral, y decide probar suerte en una agencia de modelos. Conocerá el mundo de las pasarelas al mismo tiempo que descubre el placer que otra mujer puede darle.
Había cumplido 18 años hacía apenas una semana, ya habían terminado mis vacaciones y la etapa de la escuela secundaria formaba parte de un universo al que lamentablemente yo ya no volvería. Pasaba las tardes lamentando que la situación económica en mi hogar no me permitiera emprender estudios universitarios, y me estaba convirtiendo en un estorbo en mi hogar, donde mis padres ya me hacían sentir que debía conseguir un trabajo y aportar dinero a casa o conseguir como alejarme de allí, adquiriendo una independencia para la cual yo no me sentía preparada aún.
Estaba dentro de mis sueños, como en los de casi cualquier chica de mi edad, la meta soñada de llegar a ser modelo. Sentía, sabía que podía lograrlo, que reunía todas las condiciones, pero no tenía idea de como comenzar, de cuál sería el camino para emprender una nueva vida que me librara de la situación tensionante de compartir el mismo techo con una familia que a todas luces tenía mas inteciones de expulsarme que de retenerme.
Ese lunes me levanté temprano, me duché y lavé mi larga y lacia cabellera negra, me maquillé, pinté mis labios de rosa y me puse los lentes de contacto sin aumento, de color gris. Me puse medias de lycra negras y una pollera algo corta de color rojo, que hacía juego con mi remera de escote en “v” de las chicas superpoderosas, puse en mi cartera la hoja de los clasificados que habían sido publicados el día anterior, donde una aviso indicaba “Se busca señorita, 16 – 21 años, que quiera triunfar en las pasarelas. Presentarse con CV y Book Fotográfico en…” ¿Book fotográfico? ¿De donde iba a sacar yo plata para hacerme uno? Eso debía obviarlo. En cuanto al CV… bueno, intenté hacerlo, pero sentí que más me perjudicaría que ayudaría a conseguir que me tomen. Así que iba a presentarme yo, personalmente, con todas mis ganas de triunfar en el mundo de las grandes estrellas que admiraba.
El trayecto en tren se hizo algo pesado. Algunos babosos me decían guarangadas, y aprovechaban los amontonamientos para apoyarse contra mí. ¿Qué podía hacer? Lo primero que me compraría cuando tuviera dinero suficiente sería un tapado que me permitiera vestir provocativamente y no quedar expuesta a esos idiotas.
El lugar quedaba en el centro, y cuando llegué, lejos del mundo de glamour que esperaba encontrar, un edificio de mala muerte se había ubicado en el mismo lugar donde en mi imaginación yo había construido un moderno reducto del mundo fashion. Un portero gordo y mal afeitado me indicó el ascensor que debía tomar, mientras me miraba como si nunca hubiera visto una mujer. ¿Que problema tendrán los hombres que no pueden mirarla a una a los ojos?
Segundo piso, pasillo al fondo, puerta de madera, papel pegado, “agencia de modelos”, “toque timbre”, sigo instrucciones, tacos altos que se acercan con apuro, ojo que no veo pero que me ve, se cierra la mirilla de la puerta, llave que corre, Fin de la Espera.
—Hola ¿venís por el aviso?— rubia y alta, muy rubia, y muy alta, trajecito sastre gris y medias blancas, zapatos de taco aguja, muy aguja; reacciono; despierto. Sigo viva.
—Eh… si… SI.
—Pasa, eres la primera
La oficina era como cualquier oficina. No sé qué diablos esperaba que hubiera pero era seguro es que ese mundo no era el que esperaba. De todas formas, si volvía a mi casa sin dinero, sin trabajo, y sin sueños, las cosas se iban a poner ásperas. Me cachetearon sus palabras
—¿Trajiste el book?
—Este… no. No tengo book
—Ay, ay, ay… que problema. Sin book no podemos hacer nada.— Sentía su mirada que escarbaba en la mía. No era una mirada agresiva, era más bien piadosa, pero escarbaba, y estaba viendo mi vida, o eso sentí. —A menos que hayas trabajado antes como modelo ¿Tienes curriculum?
Si me hubieran dejado irme sin más, sin tener que darle explicaciones, solo dejarme libre, hubiera sido feliz. Ahora me sentía una estúpida, diciéndole un “No, no tengo currículum. Yo nunca trabajé” y esperaba su respuesta, sentía venir su “¿Y para qué mierda viniste?” porque sentía que las dos estábamos pensando lo mismo. Pero ella redobló sus aiaiaes.
—Ay, ay, ay… Bueno, hagamos una cosa. Te voy a hacer una pruebita de casting, y si andas bien, yo te puedo recomendar para una próxima entrevista. ¿Sí?
—Bueno
—Sácate la ropa
Un millón seicientas cuarenta y nueve mil novecientas treinta y siete toneladas de pudor sobre mi espalda. Vista al piso un repaso mental de mi ropa interior. El conjunto de algodón celeste. Gracias, cielo, el único aceptable en mi ropero.
—Qué lindo cuerpo que tienes… ¿Cómo te llamas?
—Mariana
—Mariana… ¿Vos te animarías a hacer un desnudo?
—Eh… no sé… habría que ver.
—Mira, lo único que sé es que se trata de un desnudo artístico para una publicidad. Hay muy buena plata. Pero necesito que te saques la ropa interior también, para ver si es factible que te recomiende.
¿por qué no hacerlo? Era una mujer, no tenía problemas en desnudarme por completo frente a ella. Me saqué el corpiño y la bombacha. Ella me observó detenidamente, dio una vuelta muy despacio alrededor de mi cuerpo, inspeccionándome con ojos inquisidores. Estando detrás mío se me acercó y pasó su brazo por encima de mi hombro.
—¿Sabes? Si tu quieres yo te puedo mandar a un estudio de fotografía, muy profesional, donde te harían un book, y siendo recomendada mía, no te cobrarían nada,— Sentía su mirada sobre mis pechos —y hasta podría recomendarte muy bien para este empleo, si vos me hicieras un pequeño favorcito. Sus dedos pasaron por mi pubis, hundiéndose en mi vello. Cerré los ojos, no podía reaccionar, las piernas me temblaban, me era imposible mostrarme decidida frente a esta mujer que me avasallaba por completo. Sus dedos eran cada vez más osados, en mi clítoris podía sentir la suave presión de su dedo índice, que con gran habilidad me provocaba adicción a sus caricias. Que me suelte. Que no deje de tocarme. ¡Basta, por favor basta! …y que no pare… Su mano era un refugio para todo mi cuerpo, desnudo e indefenso.
Ya no la veía, estaba sumergida en el calor de su mano, cuando sentí sus labios sobre mi pezón derecho. Su humedad en mis pechos, su aliento en mi corazón, y mis tetas que pronto estaban cubiertas de saliva. Me pidió que la ayudara a desvestirse, y yo, claro está, no opuse resistencia; sentía curiosidad por verla desnuda. Fue increíble que sus pechos —mucho más grandes que los míos— estuvieran desnudos frente a mí, pues yo sabía que el permiso para acceder a ellos me era implícitamente concedido, y estaba en mí el deseo de tocarlos y chuparlos. Así lo hice, lentamente, pues cruzaba las puertas de un placer que nunca antes había sospechado que habría de disfrutar. Mis labios y sus labios se fundieron, sus pechos atropellaban los míos, y nuestras manos recorrieron la cintura de la otra. Nos tiramos sobre la alfombra del piso, ella se puso sobre mí y sugirió, sin palabras, que hiciéramos un 69. Su coñito rubio, el primero que veía en mi vida de tan cerca, me llamaba, me invitaba a que lo lamiera, a que le diera el mismo placer que le hubiera dado al mío de haber podido hacerlo, al mismo tiempo que ella me lamía, y me llevaba a un mundo de placer que comenzaba en su boca y terminaba en su coño. Porque sentía el goce al dar y al recibir, me dejé llevar, me fundí en su cuerpo, y las dos llegamos a un orgasmo intenso, a uno solo, que fue el de las dos al mismo tiempo, el que compartimos. Nos abrazamos con fuerza aún en esa posición, temblamos la una contra la otra, por el placer de habernos explorado y habernos guiado la una a la otra al estallido de ese goce.
Me vestí y me fui con su recomendación. Me hicieron el book sin cobrarme, y me dieron el trabajo. Al día de hoy ella maneja mi carrera, y cada tanto volvemos a darnos el placer que nos dimos aquel lejano lunes por la mañana.
Había cumplido 18 años hacía apenas una semana, ya habían terminado mis vacaciones y la etapa de la escuela secundaria formaba parte de un universo al que lamentablemente yo ya no volvería. Pasaba las tardes lamentando que la situación económica en mi hogar no me permitiera emprender estudios universitarios, y me estaba convirtiendo en un estorbo en mi hogar, donde mis padres ya me hacían sentir que debía conseguir un trabajo y aportar dinero a casa o conseguir como alejarme de allí, adquiriendo una independencia para la cual yo no me sentía preparada aún.
Estaba dentro de mis sueños, como en los de casi cualquier chica de mi edad, la meta soñada de llegar a ser modelo. Sentía, sabía que podía lograrlo, que reunía todas las condiciones, pero no tenía idea de como comenzar, de cuál sería el camino para emprender una nueva vida que me librara de la situación tensionante de compartir el mismo techo con una familia que a todas luces tenía mas inteciones de expulsarme que de retenerme.
Ese lunes me levanté temprano, me duché y lavé mi larga y lacia cabellera negra, me maquillé, pinté mis labios de rosa y me puse los lentes de contacto sin aumento, de color gris. Me puse medias de lycra negras y una pollera algo corta de color rojo, que hacía juego con mi remera de escote en “v” de las chicas superpoderosas, puse en mi cartera la hoja de los clasificados que habían sido publicados el día anterior, donde una aviso indicaba “Se busca señorita, 16 – 21 años, que quiera triunfar en las pasarelas. Presentarse con CV y Book Fotográfico en…” ¿Book fotográfico? ¿De donde iba a sacar yo plata para hacerme uno? Eso debía obviarlo. En cuanto al CV… bueno, intenté hacerlo, pero sentí que más me perjudicaría que ayudaría a conseguir que me tomen. Así que iba a presentarme yo, personalmente, con todas mis ganas de triunfar en el mundo de las grandes estrellas que admiraba.
El trayecto en tren se hizo algo pesado. Algunos babosos me decían guarangadas, y aprovechaban los amontonamientos para apoyarse contra mí. ¿Qué podía hacer? Lo primero que me compraría cuando tuviera dinero suficiente sería un tapado que me permitiera vestir provocativamente y no quedar expuesta a esos idiotas.
El lugar quedaba en el centro, y cuando llegué, lejos del mundo de glamour que esperaba encontrar, un edificio de mala muerte se había ubicado en el mismo lugar donde en mi imaginación yo había construido un moderno reducto del mundo fashion. Un portero gordo y mal afeitado me indicó el ascensor que debía tomar, mientras me miraba como si nunca hubiera visto una mujer. ¿Que problema tendrán los hombres que no pueden mirarla a una a los ojos?
Segundo piso, pasillo al fondo, puerta de madera, papel pegado, “agencia de modelos”, “toque timbre”, sigo instrucciones, tacos altos que se acercan con apuro, ojo que no veo pero que me ve, se cierra la mirilla de la puerta, llave que corre, Fin de la Espera.
—Hola ¿venís por el aviso?— rubia y alta, muy rubia, y muy alta, trajecito sastre gris y medias blancas, zapatos de taco aguja, muy aguja; reacciono; despierto. Sigo viva.
—Eh… si… SI.
—Pasa, eres la primera
La oficina era como cualquier oficina. No sé qué diablos esperaba que hubiera pero era seguro es que ese mundo no era el que esperaba. De todas formas, si volvía a mi casa sin dinero, sin trabajo, y sin sueños, las cosas se iban a poner ásperas. Me cachetearon sus palabras
—¿Trajiste el book?
—Este… no. No tengo book
—Ay, ay, ay… que problema. Sin book no podemos hacer nada.— Sentía su mirada que escarbaba en la mía. No era una mirada agresiva, era más bien piadosa, pero escarbaba, y estaba viendo mi vida, o eso sentí. —A menos que hayas trabajado antes como modelo ¿Tienes curriculum?
Si me hubieran dejado irme sin más, sin tener que darle explicaciones, solo dejarme libre, hubiera sido feliz. Ahora me sentía una estúpida, diciéndole un “No, no tengo currículum. Yo nunca trabajé” y esperaba su respuesta, sentía venir su “¿Y para qué mierda viniste?” porque sentía que las dos estábamos pensando lo mismo. Pero ella redobló sus aiaiaes.
—Ay, ay, ay… Bueno, hagamos una cosa. Te voy a hacer una pruebita de casting, y si andas bien, yo te puedo recomendar para una próxima entrevista. ¿Sí?
—Bueno
—Sácate la ropa
Un millón seicientas cuarenta y nueve mil novecientas treinta y siete toneladas de pudor sobre mi espalda. Vista al piso un repaso mental de mi ropa interior. El conjunto de algodón celeste. Gracias, cielo, el único aceptable en mi ropero.
—Qué lindo cuerpo que tienes… ¿Cómo te llamas?
—Mariana
—Mariana… ¿Vos te animarías a hacer un desnudo?
—Eh… no sé… habría que ver.
—Mira, lo único que sé es que se trata de un desnudo artístico para una publicidad. Hay muy buena plata. Pero necesito que te saques la ropa interior también, para ver si es factible que te recomiende.
¿por qué no hacerlo? Era una mujer, no tenía problemas en desnudarme por completo frente a ella. Me saqué el corpiño y la bombacha. Ella me observó detenidamente, dio una vuelta muy despacio alrededor de mi cuerpo, inspeccionándome con ojos inquisidores. Estando detrás mío se me acercó y pasó su brazo por encima de mi hombro.
—¿Sabes? Si tu quieres yo te puedo mandar a un estudio de fotografía, muy profesional, donde te harían un book, y siendo recomendada mía, no te cobrarían nada,— Sentía su mirada sobre mis pechos —y hasta podría recomendarte muy bien para este empleo, si vos me hicieras un pequeño favorcito. Sus dedos pasaron por mi pubis, hundiéndose en mi vello. Cerré los ojos, no podía reaccionar, las piernas me temblaban, me era imposible mostrarme decidida frente a esta mujer que me avasallaba por completo. Sus dedos eran cada vez más osados, en mi clítoris podía sentir la suave presión de su dedo índice, que con gran habilidad me provocaba adicción a sus caricias. Que me suelte. Que no deje de tocarme. ¡Basta, por favor basta! …y que no pare… Su mano era un refugio para todo mi cuerpo, desnudo e indefenso.
Ya no la veía, estaba sumergida en el calor de su mano, cuando sentí sus labios sobre mi pezón derecho. Su humedad en mis pechos, su aliento en mi corazón, y mis tetas que pronto estaban cubiertas de saliva. Me pidió que la ayudara a desvestirse, y yo, claro está, no opuse resistencia; sentía curiosidad por verla desnuda. Fue increíble que sus pechos —mucho más grandes que los míos— estuvieran desnudos frente a mí, pues yo sabía que el permiso para acceder a ellos me era implícitamente concedido, y estaba en mí el deseo de tocarlos y chuparlos. Así lo hice, lentamente, pues cruzaba las puertas de un placer que nunca antes había sospechado que habría de disfrutar. Mis labios y sus labios se fundieron, sus pechos atropellaban los míos, y nuestras manos recorrieron la cintura de la otra. Nos tiramos sobre la alfombra del piso, ella se puso sobre mí y sugirió, sin palabras, que hiciéramos un 69. Su coñito rubio, el primero que veía en mi vida de tan cerca, me llamaba, me invitaba a que lo lamiera, a que le diera el mismo placer que le hubiera dado al mío de haber podido hacerlo, al mismo tiempo que ella me lamía, y me llevaba a un mundo de placer que comenzaba en su boca y terminaba en su coño. Porque sentía el goce al dar y al recibir, me dejé llevar, me fundí en su cuerpo, y las dos llegamos a un orgasmo intenso, a uno solo, que fue el de las dos al mismo tiempo, el que compartimos. Nos abrazamos con fuerza aún en esa posición, temblamos la una contra la otra, por el placer de habernos explorado y habernos guiado la una a la otra al estallido de ese goce.
Me vestí y me fui con su recomendación. Me hicieron el book sin cobrarme, y me dieron el trabajo. Al día de hoy ella maneja mi carrera, y cada tanto volvemos a darnos el placer que nos dimos aquel lejano lunes por la mañana.
El puñal de sus ojos oscuros...
Tenía los ojos tan tristes que cuando miraba herían. Sangraba por dentro y hacia dentro ya estaba marchita. No fue difícil averiguar el motivo de su profundo desasosiego, aunque necesite más tiempo para encontrarle sentido a los momentos previos al desenlace.
Como toda historia entre mujeres comenzó con palabras.
Era miércoles. Once de la noche. Sonó el teléfono. Atendí y cortaron.
Tres horas, veinte minutos después, me despertó una voz opaca y temerosa.
Necesito hablar – . De mi parte, silencio.
Por favor – . Al tono trémulo de su voz le agregó un agudo desahuciado.
¿Quién es?- . Creo que me dormí con el tubo en la mano.
Soy Mara
Equivocado.
No, por favor. Espera un segundo, no me cortes – rogó. -Soy amiga de Dolores, ella me habló de vos-.
Miré el reloj. -Son las dos y veinte de la madrugada- dije. -¿Podés llamar mañana por favor?- agregué molesta.
No tengo tiempo – respondió. Finalmente logró despertarme. Madamme abrió los ojos y maulló.
Tenés una gata… – Instintivamente miré por la ventana. – ¿Cómo sabes que tengo una gata? – ¿Quién sos?-. Había logrado asustarme.
La escuche maullar…
Aquella madrugada, terminó su eterno monólogo y cuando escuchó mi llanto, cortó.
-Mierda… los suicidas son una mierda – pensé. Una tristeza, ajena e infinita, me desveló. Sus palabras retumbaban insistentemente y en cada vez, revelaban un nuevo entramado.
Me habló de amores imposibles, de la mediocridad y del consecuente egoísmo, del abismo inconmensurable al que sentía caer inevitablemente después de cada intento fallido. Fracaso. Esa era la palabra a la que recurría una y otra vez para justificar su decisión. “Porque la decisión esta tomada”, decía. Iba a ser de tarde, pasados los veinte minutos después de las siete. Durante ese “homenaje diario a la melancolía” – en palabras de ella- y que yo compartía.
No intenté convencerla de la belleza por la cual vale el esfuerzo, porque más allá del tono trágico de su confesión, sabía que no exageraba. No existe la exageración cuando la voz nace en el vacío, y la precisión de las imágenes que usaba para ilustrar su dolor, me obligaban a no subestimar lo que sentía. Intenté comprenderla.
Quizás por eso fue que no me costó identificar la incoherencia de este llamado. Porque, querida lectora, quisiera despejar dudas. Yo no soy psicóloga, ni brindo algún tipo de “ayuda espiritual”. Una simple fotógrafa. Eso soy. Mejor dicho, por eso me conocen. Una simple fotógrafa que en sus momentos libres escribe relatos eróticos sin pretensión de literatura. Aunque por esto no me conocen tantos. Por este motivo me era difícil dilucidar por qué esta niña recurría a mi, una desconocida, en un momento tan íntimo como es el último instante. Finalmente opté por preguntarle. Primer error. Lo único que logré fue apurar el llanto desconsolado que se resistía en su garganta. Lloraba como nunca escuche llorar. Sobándose las lagrimas, a gemidos que confundían. Lloraba sin tapujos, sin pudor, de un modo que inevitablemente me contagió. Y una segunda equivocación. Rompí en llanto. – ¡Mara! – había cortado.
Bronca e inmediatamente después, el terror de que cambiase las siete de la tarde por las cuatro de la madrugada. Gracias al identificador de llamadas pude actuar con rapidez. Atendió luego de unos segundos que desafiaron mi percepción del tiempo.
Voy para allá – dije. – Decime dónde vivis -
No quiero, no vengas – respondió.
¡¡¿No quiero?!!, me llamás a las dos de la madrugada, no tengo idea quién sos, me largas todo tu bajón y ahora no querés verme!!??? -. Estaba perdiendo el control.
…quiero ir a tu casa… – dijo en un murmullo al que agregué una tímida sonrisa.
Bastante había pasado de las seis y todavía no había llegado. Nunca me imagine que tardaría tanto. Preparé café que inevitablemente se enfriaría y me recosté en el sofá del living. Madamme fue la única en conciliar el sueño y al despertarla buscando compañía se desperezó, indiferente, haciendo honor a su nombre.
A las siete tocaron el timbre. Abrí la puerta sin preguntar. Quizás la mujer más hermosa que haya tenido frente a mi. Quizás no: seguro. Perdería brillo y ganaría tibieza desnuda en mi sofá. Deslumbrada, parecía que había perdido el habla. Fue ella, consciente de mi desconcierto, la que tomó las riendas de la situación.
- ¿Hacemos café? – me dijo. – Hay hecho, pero se enfrió, lo caliento – . Casi en automático, fui a la cocina, encendí el fuego, y minutos después cargué el termo. Me siguió en todo momento. Me miraba, observándome. Sus movimientos eran torpes, absurdos, desafinados. Sus gestos no llevaban su rostro, ni en su cuerpo se podía entrever algo de la tristeza que había expresado sentir horas antes. Por un momento pense que estaba loca. En breve dejaría de pensar. Mientras servia el café, ella se agachó para levantar algo del suelo, dejando allí, sin preocupación, sus tetas frente a mis ojos. Me sorprendió su descuido pero poco después entendí, que aunque en segundo lugar, por ese motivo había venido.
- Dolores me dijo que eras fotógrafa -. Sonrió, ladeó su cabeza hacia la derecha y clavó sus ojos oscurísimos en los míos. – ¿Puedo ser tu modelo? – propuso.
-No suelo trabajar con modelos, pero si alguna vez necesito una sin dudas te llamaría… – no pude evitar seducirla y eso me incomodó. Rápidamente quise retomar el motivo de este encuentro y agregué, bruscamente – siempre y cuando postergues tu decisión… -. Me sentí una estúpida. Pero no dije más. El cansancio y el sopor que provocaba su perfume me mareaban. Permaneció callada, acariciando con la yema de su dedo la boca de la taza. Jugaba con Madamme, quien refregaba sus bigotes en la palma de su mano y cada tanto, a modo de beso, lamía sus dedos. – Le gustaste- dije, intentando darle la bienvenida. – Una gata nunca miente, y Madamme además, es bastante arisca -. Ignoró mi comentario, tomó uno de los almohadones y se cubrió la cara. Se inclinó hacia la derecha y con una enorme sonrisa, dijo con voz dulce que acentuaba su gesto infantil – ¿Me sacas fotos ahora? -. Y entonces, sobreactuando su belleza, parándose de un solo envión, levantó los brazos y me pidió que le saque el vestido. Tarde unos segundos en reaccionar, pero ya era tarde. Luego de un simple – OK – desanudó el cordón que ceñía la tela a su cintura y en un instante quedó desnuda frente a mi, con sus ojos insistentes fijos en la pared. Ofreciéndose. Tenía los contrastes del mediodía distribuidos cuidadosamente sobre su cuerpo. Pequeñita, de huesos frágiles que se me hicieron las ramas de un sauce arqueadas por el peso de las hojas. Se oponía a su fragilidad la luz intensa de su piel blanca, tersa y vital donde dos cicatrices, seguramente de la infancia, eran los únicos defectos. Sus tetas, anzuelos efectivo de mis pupilas, sin ser perfectas tentaban por la naturalidad con la que su peso les daba forma, mientras que sus pezones, todavía relajados, se distinguían tan sólo por su color purpúreo. Las piernas, apenas abiertas, se ensanchaban brevemente conservando la armonía para unirse en el final en un contraste oscuro y salvaje que resguardaba la guarida.
La sorpresa de su gesto logró asustarme. No se que esperaba de mi, pero no iba a complacerla. – Para, mujer.. ¿qué estás haciendo?. ¡Vestite! -. Un silencio denso que se iría desflecando con su sonrisa. – Sacame unas fotos… algunas nada más- rogó. Se acercó y reafirmando su intención, forzó una pose absurda que logró transformar la tensión en carcajadas mutuas. – Sos ridícula… – “pero insoportablemente hermosa” pensé. – OK, acepto – dije, – pero vestite – No me es fácil concentrarme si estas desnuda… -
Fue un momento mágico. De una tibieza infinita. Exigir que se vistiera transformó la sesión de fotos en la experiencia erótica más intensa que haya vivido. No verla era desearla en retazos. Oculta, el recuerdo de su desnudez fue una obsesión reiterándose hasta lo insoportable. Intentando evitar el peligro llevé el ojo de la cámara hacia sus manos, porque sus dedos largos y cuidados prometían buenos resultados. Continué con su cuello y sus hombros y me equivoque en sus ojos. Sus pupilas, casi imposibles de distinguir, fueron caminos directos hacia el abismo. El intento de actuar su misterio se transformó en un rasgo auténtico, quizás el único hasta ese momento, y la dejó en evidencia. Confirmé entonces que no mentía cuando dijo que su decisión ya estaba tomada. Tuve miedo. Me olvidé de su belleza, me acordé de su desconsuelo. Se dio cuenta. Me abrazó. Tan fuerte que sentí su desesperación. Fue ese el momento en el que me hice trampa y ella lo sintió una conquista. Supo que no podría resistir a sus ojos y supo también que estaba demasiado caliente como para dejarla ir. Las fotos se transformaron en una excusa. Sin corpiño, sus tetas coronadas por dos círculos perfectos y pequeños se traslucían de su vestido claro y dejando caer sus brazos hacia atrás, toda ella se ofrecía a través de su voluptuosidad apenas descubierta. Su sonrisa, segura y firme, me desafiaba a más. Le pedí que se siente y con su silencio me obligó a tocarla. En cuclillas me acerqué a sus piernas y separé sus muslos en el intento de recuperar en una toma la mágica sensualidad que su belleza profesaba. Me recibió el aliento húmedo de su hendidura. El rocío tibio y sabroso del canal se desbordaba embelleciendo sus labios aterciopelados. Carne, fruta y flores. Para saciarme, para refrescarme, para relajar mis sentidos. Hechizada y paralizada a la vez, recosté mi cara sobre su muslo derecho y cerré los ojos. Su olor a mar y el calor refractado de sus arenas me sumieron en un goce profundo y platónico. Fue ella la que subió su vestido hasta la cintura, abrió las piernas un poco más y enredó sus dedos en mi pelo. Manojos de caricias que luego bajaron hasta mi cuello y se detuvieron sobre mis hombros. Giró sobre sus nalgas acercándose aún más rozándome la mejilla con su mata oscura. Temblaba. Era yo la que temblaba. De miedo y excitación. Aún no me animaba a cruzar el cerco. Llevé mi mano a mi entrepierna y comencé a masturbarme. Mi tanga hacia largo rato que estaba mojada y un estallido acuoso ahogó mis dedos cuando reconstruí en mi mente su cuerpo desnudo. “Basta” me dije para mis adentros y quise huir.
Intuyéndolo sujetó mi cabeza con sus muslos como una pinza y me dejó allí, sólo un momento. La viscosidad de sus jugos se impregnó sobre mis pómulos y sentí su ardor regocijándose por su captura. Me sentí su presa. La tomé de las rodillas, liberándome. Y allí la vi. Frente a mi, mi abismo sin límites. Dos compuertas relajadas y abiertas sobresalían en la pelambre, enmarcándolo. Y en el vértice, la punta tentadora de una frutilla madura. Me quedé sin pensamientos y por eso sin dudas. Cuando la última fuerza dejó de resistir, perdí las alternativas y sólo encontré un sentido. La oscuridad tiene el color del misterio y fue el misterio el que me sedujo. Quise contener la marea con mi lengua y sólo logré romper el dique. Se vaciaba sin pudores sobre mi boca. Gemía en susurros. Elevaba su cadera cada vez que mi lengua culminaba su recorrido circular. Permanecí con los ojos abiertos para llenarme de recuerdos los ojos. La tomé de la mano y llevé sus dedos hacia su concha. Comenzó a acariciarse y se penetró de un solo intento. Sacó sus dedos y los puso dentro de mi boca. Los chupé hasta los nudillos y yo, que nunca añoré huéspedes, me imagine un enorme falo con el cual poder sentir el límite del dulce abismo. Quise llevarla hacia mi orilla, cuidarla hasta que recuperase fuerzas. Con las nalgas despegadas del sofá, y las piernas exageradamente abiertas, se presentaba en escena su culo ajustado como los pliegues de una boca al ofrecerse para un beso. Y lo besé. Con la lengua tiesa y en punta fui venciendo su resistencia. La embadurne de saliva, sus pelos me hacían cosquillas en la boca. Mordí la cara interna de sus muslos, cubrí de besos los pliegues que se formaban entre sus labios y las ingles, chupé su concha hasta desbocarme. Pero no quise acabar. Preferí contener mi orgasmo para sostener en lo más alto mi excitación y la de ella. Se dio cuenta que quería esperarla. Fue a su búsqueda con desesperación. Tapó mis ojos con su vulva, abrazando mi nariz con sus labios, untándome, fregando su clítoris sobre mis mejillas, sobre mi mentón, toda mi cara. Y encontró lo que buscaba. Un suspiro de tormenta estremeció la atmósfera y la nutrió de su alegría. Se reía a carcajadas, levantando los brazos en un gesto que se me antojó de triunfo, sin dejar de moverse sobre mi boca. Desfalleció con la sonrisa que le imponía el cuerpo. Era una niña virgen de dolores y tristezas. Renació pronto, sedienta y voraz. Me levantó del suelo y me recostó sobre el sofá.
Quitó la poca ropa que aún cubría mi cuerpo y se concentró en mis tetas. Levantó su pecho apoyándose sobre el respaldo y con precisión de pescador danzaba rítmicamente de izquierda a derecha con sus tetas colgando y con sus dos pezones capturando a los míos. Los tomó entre sus dedos, apagando y encendiendo mis gemidos. Abrió mis piernas con la suya y ofreció su muslo para que buscase con mi concha el regalo que ella tenía pensado para mi. La abrace encerrándola con el nudo de mis pantorrillas. Perdió entonces el equilibrio y llenó mi boca con sus dedos que mordí hasta el dolor. Finalmente, le pedí que bajase hasta mis labios y bastó un único roce de su lengua en el clítoris para estallar en un ardor inconfundible que se expandió apresuradamente buscando la yema de mis dedos, para perderse y dejarme exhausta, con su sabor en mi garganta y mis manos anhelando su piel.
“El paraíso tenía el sabor del mar y la penumbra de la noche”, eso lo pensé después, para epígrafe de una de sus fotos, cuando me levanté a servirle un licor de almendras. Cuando volvieron las dudas. Es que las dudas volvieron rápidamente cuando se quedó dormida con mi remera puesta dentro de mi cama. Y digo, “dentro de mi cama”, porque encontró el tiempo de acomodarse entre las sábanas y cubrirse con el acolchado. El rimel corrido manchó la almohada. – OK – pensé. – Se resolverá más tarde -. Dejé el licor sobre la mesita de luz, y la abracé con fuerza, sin lograr despertarla. Su pelo, negro y muy largo, se quedó enredado entre mis dedos. Y aunque el más tarde llegó, recién ayer, sábado, logré resolver el enigma. Cuando abrí los ojos, a las siete de la tarde del jueves, Mara se había puesto su vestido y sentada frente a mi, me observaba. Madamme ronroneaba sobre sus piernas. Me miraba y sonreía. Había cambiado su ternura de niña por una tibieza maternal. A su lado, la bandeja -mi bandeja- con tostadas, café negro y jugo de naranja.
- Te preparé una merienda, porque pensé que tendrías hambre.
- Gracias… – me senté y se acercó a mi cama. Comí en silencio, intercambiando miradas y alguna que otra frase insulsa. Cuando le pedí que me cuente cómo supo de mi, me habló nuevamente de Dolores y no dijo más. Pedí explicaciones que no dio y finalmente quiso irse. La deje ir. Teníamos nuestros teléfonos y nos llamaríamos. Un encuentro como el nuestro, siempre tiene segunda parte. Pero no. No fue así. Llame al día siguiente, y al otro. Deje mensajes que nadie devolvió. Estaba preocupada pero no tanto como para llamarla a Dolores. La esperé, aunque impaciente, con una seguridad sin motivo.
Ayer sábado sonó el teléfono. Era Dolores. Tenía un mensaje para mi de Mara, su mujer. Me citó en un hospital de Palermo. Mara había tomado pastillas con un fin muy claro. Murió horas después. Esta vez llegué tarde. La encontraron dormida, con siete cartas en la mano. Dos de ellas eran viejos cuentos míos. Dolores no lloraba. Tenía los dientes apretados de bronca. Recordé entonces inevitablemente el motivo de nuestra separación, tres años atrás. Cuando me vio no quiso saludarme.
Vos sabrás que quiso decir, pero me pidió que “la revivas” – dijo sin mirarme.
No tardé en comprender, porque detener el tiempo fue la única vocación que permaneció inalterable a lo largo de mi vida. Me sentí estafada, herida. Un sentimiento extraño e imprevisible que me invadió con sostenida calma hasta desbordarme. Llegué a mi cuarto y la lloré con bronca hasta reconstruir su recuerdo por completo. Me faltaba un único eslabón porque a los otros decidí obviarlos -”Decile que me reviva” – y la quise de pronto, con toda mi alma, viva y a mi lado. Tengo sus fotos desparramadas sobre el sofá que aún guarda su olor: “revivirla”. Esa palabra es mi obsesión como lo fue su cuerpo aquella vez. Finalmente, creo entonces que usted comprenderá por qué, querida lectora, ahora estoy aquí… intentándolo.
Como toda historia entre mujeres comenzó con palabras.
Era miércoles. Once de la noche. Sonó el teléfono. Atendí y cortaron.
Tres horas, veinte minutos después, me despertó una voz opaca y temerosa.
Necesito hablar – . De mi parte, silencio.
Por favor – . Al tono trémulo de su voz le agregó un agudo desahuciado.
¿Quién es?- . Creo que me dormí con el tubo en la mano.
Soy Mara
Equivocado.
No, por favor. Espera un segundo, no me cortes – rogó. -Soy amiga de Dolores, ella me habló de vos-.
Miré el reloj. -Son las dos y veinte de la madrugada- dije. -¿Podés llamar mañana por favor?- agregué molesta.
No tengo tiempo – respondió. Finalmente logró despertarme. Madamme abrió los ojos y maulló.
Tenés una gata… – Instintivamente miré por la ventana. – ¿Cómo sabes que tengo una gata? – ¿Quién sos?-. Había logrado asustarme.
La escuche maullar…
Aquella madrugada, terminó su eterno monólogo y cuando escuchó mi llanto, cortó.
-Mierda… los suicidas son una mierda – pensé. Una tristeza, ajena e infinita, me desveló. Sus palabras retumbaban insistentemente y en cada vez, revelaban un nuevo entramado.
Me habló de amores imposibles, de la mediocridad y del consecuente egoísmo, del abismo inconmensurable al que sentía caer inevitablemente después de cada intento fallido. Fracaso. Esa era la palabra a la que recurría una y otra vez para justificar su decisión. “Porque la decisión esta tomada”, decía. Iba a ser de tarde, pasados los veinte minutos después de las siete. Durante ese “homenaje diario a la melancolía” – en palabras de ella- y que yo compartía.
No intenté convencerla de la belleza por la cual vale el esfuerzo, porque más allá del tono trágico de su confesión, sabía que no exageraba. No existe la exageración cuando la voz nace en el vacío, y la precisión de las imágenes que usaba para ilustrar su dolor, me obligaban a no subestimar lo que sentía. Intenté comprenderla.
Quizás por eso fue que no me costó identificar la incoherencia de este llamado. Porque, querida lectora, quisiera despejar dudas. Yo no soy psicóloga, ni brindo algún tipo de “ayuda espiritual”. Una simple fotógrafa. Eso soy. Mejor dicho, por eso me conocen. Una simple fotógrafa que en sus momentos libres escribe relatos eróticos sin pretensión de literatura. Aunque por esto no me conocen tantos. Por este motivo me era difícil dilucidar por qué esta niña recurría a mi, una desconocida, en un momento tan íntimo como es el último instante. Finalmente opté por preguntarle. Primer error. Lo único que logré fue apurar el llanto desconsolado que se resistía en su garganta. Lloraba como nunca escuche llorar. Sobándose las lagrimas, a gemidos que confundían. Lloraba sin tapujos, sin pudor, de un modo que inevitablemente me contagió. Y una segunda equivocación. Rompí en llanto. – ¡Mara! – había cortado.
Bronca e inmediatamente después, el terror de que cambiase las siete de la tarde por las cuatro de la madrugada. Gracias al identificador de llamadas pude actuar con rapidez. Atendió luego de unos segundos que desafiaron mi percepción del tiempo.
Voy para allá – dije. – Decime dónde vivis -
No quiero, no vengas – respondió.
¡¡¿No quiero?!!, me llamás a las dos de la madrugada, no tengo idea quién sos, me largas todo tu bajón y ahora no querés verme!!??? -. Estaba perdiendo el control.
…quiero ir a tu casa… – dijo en un murmullo al que agregué una tímida sonrisa.
Bastante había pasado de las seis y todavía no había llegado. Nunca me imagine que tardaría tanto. Preparé café que inevitablemente se enfriaría y me recosté en el sofá del living. Madamme fue la única en conciliar el sueño y al despertarla buscando compañía se desperezó, indiferente, haciendo honor a su nombre.
A las siete tocaron el timbre. Abrí la puerta sin preguntar. Quizás la mujer más hermosa que haya tenido frente a mi. Quizás no: seguro. Perdería brillo y ganaría tibieza desnuda en mi sofá. Deslumbrada, parecía que había perdido el habla. Fue ella, consciente de mi desconcierto, la que tomó las riendas de la situación.
- ¿Hacemos café? – me dijo. – Hay hecho, pero se enfrió, lo caliento – . Casi en automático, fui a la cocina, encendí el fuego, y minutos después cargué el termo. Me siguió en todo momento. Me miraba, observándome. Sus movimientos eran torpes, absurdos, desafinados. Sus gestos no llevaban su rostro, ni en su cuerpo se podía entrever algo de la tristeza que había expresado sentir horas antes. Por un momento pense que estaba loca. En breve dejaría de pensar. Mientras servia el café, ella se agachó para levantar algo del suelo, dejando allí, sin preocupación, sus tetas frente a mis ojos. Me sorprendió su descuido pero poco después entendí, que aunque en segundo lugar, por ese motivo había venido.
- Dolores me dijo que eras fotógrafa -. Sonrió, ladeó su cabeza hacia la derecha y clavó sus ojos oscurísimos en los míos. – ¿Puedo ser tu modelo? – propuso.
-No suelo trabajar con modelos, pero si alguna vez necesito una sin dudas te llamaría… – no pude evitar seducirla y eso me incomodó. Rápidamente quise retomar el motivo de este encuentro y agregué, bruscamente – siempre y cuando postergues tu decisión… -. Me sentí una estúpida. Pero no dije más. El cansancio y el sopor que provocaba su perfume me mareaban. Permaneció callada, acariciando con la yema de su dedo la boca de la taza. Jugaba con Madamme, quien refregaba sus bigotes en la palma de su mano y cada tanto, a modo de beso, lamía sus dedos. – Le gustaste- dije, intentando darle la bienvenida. – Una gata nunca miente, y Madamme además, es bastante arisca -. Ignoró mi comentario, tomó uno de los almohadones y se cubrió la cara. Se inclinó hacia la derecha y con una enorme sonrisa, dijo con voz dulce que acentuaba su gesto infantil – ¿Me sacas fotos ahora? -. Y entonces, sobreactuando su belleza, parándose de un solo envión, levantó los brazos y me pidió que le saque el vestido. Tarde unos segundos en reaccionar, pero ya era tarde. Luego de un simple – OK – desanudó el cordón que ceñía la tela a su cintura y en un instante quedó desnuda frente a mi, con sus ojos insistentes fijos en la pared. Ofreciéndose. Tenía los contrastes del mediodía distribuidos cuidadosamente sobre su cuerpo. Pequeñita, de huesos frágiles que se me hicieron las ramas de un sauce arqueadas por el peso de las hojas. Se oponía a su fragilidad la luz intensa de su piel blanca, tersa y vital donde dos cicatrices, seguramente de la infancia, eran los únicos defectos. Sus tetas, anzuelos efectivo de mis pupilas, sin ser perfectas tentaban por la naturalidad con la que su peso les daba forma, mientras que sus pezones, todavía relajados, se distinguían tan sólo por su color purpúreo. Las piernas, apenas abiertas, se ensanchaban brevemente conservando la armonía para unirse en el final en un contraste oscuro y salvaje que resguardaba la guarida.
La sorpresa de su gesto logró asustarme. No se que esperaba de mi, pero no iba a complacerla. – Para, mujer.. ¿qué estás haciendo?. ¡Vestite! -. Un silencio denso que se iría desflecando con su sonrisa. – Sacame unas fotos… algunas nada más- rogó. Se acercó y reafirmando su intención, forzó una pose absurda que logró transformar la tensión en carcajadas mutuas. – Sos ridícula… – “pero insoportablemente hermosa” pensé. – OK, acepto – dije, – pero vestite – No me es fácil concentrarme si estas desnuda… -
Fue un momento mágico. De una tibieza infinita. Exigir que se vistiera transformó la sesión de fotos en la experiencia erótica más intensa que haya vivido. No verla era desearla en retazos. Oculta, el recuerdo de su desnudez fue una obsesión reiterándose hasta lo insoportable. Intentando evitar el peligro llevé el ojo de la cámara hacia sus manos, porque sus dedos largos y cuidados prometían buenos resultados. Continué con su cuello y sus hombros y me equivoque en sus ojos. Sus pupilas, casi imposibles de distinguir, fueron caminos directos hacia el abismo. El intento de actuar su misterio se transformó en un rasgo auténtico, quizás el único hasta ese momento, y la dejó en evidencia. Confirmé entonces que no mentía cuando dijo que su decisión ya estaba tomada. Tuve miedo. Me olvidé de su belleza, me acordé de su desconsuelo. Se dio cuenta. Me abrazó. Tan fuerte que sentí su desesperación. Fue ese el momento en el que me hice trampa y ella lo sintió una conquista. Supo que no podría resistir a sus ojos y supo también que estaba demasiado caliente como para dejarla ir. Las fotos se transformaron en una excusa. Sin corpiño, sus tetas coronadas por dos círculos perfectos y pequeños se traslucían de su vestido claro y dejando caer sus brazos hacia atrás, toda ella se ofrecía a través de su voluptuosidad apenas descubierta. Su sonrisa, segura y firme, me desafiaba a más. Le pedí que se siente y con su silencio me obligó a tocarla. En cuclillas me acerqué a sus piernas y separé sus muslos en el intento de recuperar en una toma la mágica sensualidad que su belleza profesaba. Me recibió el aliento húmedo de su hendidura. El rocío tibio y sabroso del canal se desbordaba embelleciendo sus labios aterciopelados. Carne, fruta y flores. Para saciarme, para refrescarme, para relajar mis sentidos. Hechizada y paralizada a la vez, recosté mi cara sobre su muslo derecho y cerré los ojos. Su olor a mar y el calor refractado de sus arenas me sumieron en un goce profundo y platónico. Fue ella la que subió su vestido hasta la cintura, abrió las piernas un poco más y enredó sus dedos en mi pelo. Manojos de caricias que luego bajaron hasta mi cuello y se detuvieron sobre mis hombros. Giró sobre sus nalgas acercándose aún más rozándome la mejilla con su mata oscura. Temblaba. Era yo la que temblaba. De miedo y excitación. Aún no me animaba a cruzar el cerco. Llevé mi mano a mi entrepierna y comencé a masturbarme. Mi tanga hacia largo rato que estaba mojada y un estallido acuoso ahogó mis dedos cuando reconstruí en mi mente su cuerpo desnudo. “Basta” me dije para mis adentros y quise huir.
Intuyéndolo sujetó mi cabeza con sus muslos como una pinza y me dejó allí, sólo un momento. La viscosidad de sus jugos se impregnó sobre mis pómulos y sentí su ardor regocijándose por su captura. Me sentí su presa. La tomé de las rodillas, liberándome. Y allí la vi. Frente a mi, mi abismo sin límites. Dos compuertas relajadas y abiertas sobresalían en la pelambre, enmarcándolo. Y en el vértice, la punta tentadora de una frutilla madura. Me quedé sin pensamientos y por eso sin dudas. Cuando la última fuerza dejó de resistir, perdí las alternativas y sólo encontré un sentido. La oscuridad tiene el color del misterio y fue el misterio el que me sedujo. Quise contener la marea con mi lengua y sólo logré romper el dique. Se vaciaba sin pudores sobre mi boca. Gemía en susurros. Elevaba su cadera cada vez que mi lengua culminaba su recorrido circular. Permanecí con los ojos abiertos para llenarme de recuerdos los ojos. La tomé de la mano y llevé sus dedos hacia su concha. Comenzó a acariciarse y se penetró de un solo intento. Sacó sus dedos y los puso dentro de mi boca. Los chupé hasta los nudillos y yo, que nunca añoré huéspedes, me imagine un enorme falo con el cual poder sentir el límite del dulce abismo. Quise llevarla hacia mi orilla, cuidarla hasta que recuperase fuerzas. Con las nalgas despegadas del sofá, y las piernas exageradamente abiertas, se presentaba en escena su culo ajustado como los pliegues de una boca al ofrecerse para un beso. Y lo besé. Con la lengua tiesa y en punta fui venciendo su resistencia. La embadurne de saliva, sus pelos me hacían cosquillas en la boca. Mordí la cara interna de sus muslos, cubrí de besos los pliegues que se formaban entre sus labios y las ingles, chupé su concha hasta desbocarme. Pero no quise acabar. Preferí contener mi orgasmo para sostener en lo más alto mi excitación y la de ella. Se dio cuenta que quería esperarla. Fue a su búsqueda con desesperación. Tapó mis ojos con su vulva, abrazando mi nariz con sus labios, untándome, fregando su clítoris sobre mis mejillas, sobre mi mentón, toda mi cara. Y encontró lo que buscaba. Un suspiro de tormenta estremeció la atmósfera y la nutrió de su alegría. Se reía a carcajadas, levantando los brazos en un gesto que se me antojó de triunfo, sin dejar de moverse sobre mi boca. Desfalleció con la sonrisa que le imponía el cuerpo. Era una niña virgen de dolores y tristezas. Renació pronto, sedienta y voraz. Me levantó del suelo y me recostó sobre el sofá.
Quitó la poca ropa que aún cubría mi cuerpo y se concentró en mis tetas. Levantó su pecho apoyándose sobre el respaldo y con precisión de pescador danzaba rítmicamente de izquierda a derecha con sus tetas colgando y con sus dos pezones capturando a los míos. Los tomó entre sus dedos, apagando y encendiendo mis gemidos. Abrió mis piernas con la suya y ofreció su muslo para que buscase con mi concha el regalo que ella tenía pensado para mi. La abrace encerrándola con el nudo de mis pantorrillas. Perdió entonces el equilibrio y llenó mi boca con sus dedos que mordí hasta el dolor. Finalmente, le pedí que bajase hasta mis labios y bastó un único roce de su lengua en el clítoris para estallar en un ardor inconfundible que se expandió apresuradamente buscando la yema de mis dedos, para perderse y dejarme exhausta, con su sabor en mi garganta y mis manos anhelando su piel.
“El paraíso tenía el sabor del mar y la penumbra de la noche”, eso lo pensé después, para epígrafe de una de sus fotos, cuando me levanté a servirle un licor de almendras. Cuando volvieron las dudas. Es que las dudas volvieron rápidamente cuando se quedó dormida con mi remera puesta dentro de mi cama. Y digo, “dentro de mi cama”, porque encontró el tiempo de acomodarse entre las sábanas y cubrirse con el acolchado. El rimel corrido manchó la almohada. – OK – pensé. – Se resolverá más tarde -. Dejé el licor sobre la mesita de luz, y la abracé con fuerza, sin lograr despertarla. Su pelo, negro y muy largo, se quedó enredado entre mis dedos. Y aunque el más tarde llegó, recién ayer, sábado, logré resolver el enigma. Cuando abrí los ojos, a las siete de la tarde del jueves, Mara se había puesto su vestido y sentada frente a mi, me observaba. Madamme ronroneaba sobre sus piernas. Me miraba y sonreía. Había cambiado su ternura de niña por una tibieza maternal. A su lado, la bandeja -mi bandeja- con tostadas, café negro y jugo de naranja.
- Te preparé una merienda, porque pensé que tendrías hambre.
- Gracias… – me senté y se acercó a mi cama. Comí en silencio, intercambiando miradas y alguna que otra frase insulsa. Cuando le pedí que me cuente cómo supo de mi, me habló nuevamente de Dolores y no dijo más. Pedí explicaciones que no dio y finalmente quiso irse. La deje ir. Teníamos nuestros teléfonos y nos llamaríamos. Un encuentro como el nuestro, siempre tiene segunda parte. Pero no. No fue así. Llame al día siguiente, y al otro. Deje mensajes que nadie devolvió. Estaba preocupada pero no tanto como para llamarla a Dolores. La esperé, aunque impaciente, con una seguridad sin motivo.
Ayer sábado sonó el teléfono. Era Dolores. Tenía un mensaje para mi de Mara, su mujer. Me citó en un hospital de Palermo. Mara había tomado pastillas con un fin muy claro. Murió horas después. Esta vez llegué tarde. La encontraron dormida, con siete cartas en la mano. Dos de ellas eran viejos cuentos míos. Dolores no lloraba. Tenía los dientes apretados de bronca. Recordé entonces inevitablemente el motivo de nuestra separación, tres años atrás. Cuando me vio no quiso saludarme.
Vos sabrás que quiso decir, pero me pidió que “la revivas” – dijo sin mirarme.
No tardé en comprender, porque detener el tiempo fue la única vocación que permaneció inalterable a lo largo de mi vida. Me sentí estafada, herida. Un sentimiento extraño e imprevisible que me invadió con sostenida calma hasta desbordarme. Llegué a mi cuarto y la lloré con bronca hasta reconstruir su recuerdo por completo. Me faltaba un único eslabón porque a los otros decidí obviarlos -”Decile que me reviva” – y la quise de pronto, con toda mi alma, viva y a mi lado. Tengo sus fotos desparramadas sobre el sofá que aún guarda su olor: “revivirla”. Esa palabra es mi obsesión como lo fue su cuerpo aquella vez. Finalmente, creo entonces que usted comprenderá por qué, querida lectora, ahora estoy aquí… intentándolo.
En el desván... (3)
Donde, poco antes de llegar los padres de Virginia, esta tiene su último capricho: que su prima le haga una felación, con un pepino como pene, y
poder correrse en su cara utilizando un bote de mayonesa.Las ocho y cuarenta minutos. En una hora, los padres de Virginia llegarían a casa, y fin de la soledad y el amor.
Se habían besado hasta saciarse, de todos los modos y humores posibles. Se habían abrazado hasta temblar de emoción. Habían probado a cumplir sus fantasías. Habían hecho el amor como salvajes, como ángeles, como chicas inocentes, y también como un recién casadas.
Ahora no les quedaban fuerzas para nada más. Una hora y adiós. Simplemente se miraban la una a la otra, tumbadas en el sofá, Estela sobre Virginia, Virginia acariciando tiernamente sus cejas, viviendo sus últimos momentos.
- ¿Ha estado bien, eh? -musitó Virginia.
- Sí… ¿Crees que volveremos a repetirlo?
- Yo qué sé. Qué más quisiera yo…
- Pero dime, ¿tú repetirías?
- Por supuesto. Toda la vida, Estela -dijo, dándole un suave mordisquillo en los labios.
- Oh, qué guapa, qué cosas dices…
- ¡Pero, oye! ¡Al fin y al cabo somos primas! ¡Familiares! Nos volveremos a ver montones de veces más, no hay más remedio. En Navidad, en las cenas familiares, en los cumpleaños de los abuelos, en verano estamos dos meses juntas… Y siempre que nos veamos, intentaremos que nos dejen salir por ahí, y podremos por fin estar solas.
- Vaya, lo pintas muy bien… Ojalá se cumpla.
- Se cumplirá. Te lo prometo -y selló la promesa con un largo beso.
La casa volvió a quedar en total silencio.
Estela miró a su prima con sus claros ojos azules.
- Virgi…
- ¿Sí?
- Apenas nos queda una hora. Hagamos algo. Quiero que cumplas conmigo una última fantasía. ¡Por favor, todavía tienes tiempo! ¡Aprovecha…!
- ¿Qué? ¿Ahora? No sé, tía, estoy muy cansada… Sólo de pensar en que te tienes que ir…
Estela se incorporó y se sentó sobre las piernas de su prima. Se desabrochó la camisa y le mostró sus pechos. Descubrió uno de ellos de la copa del sujetador: grande, redondo, suave. Tan grande era que agachó la cabeza y llegó con la boca a su propio pezón. Hizo succión con fuerza y atrapó su pecho. Sin usar las manos, quedó colgando de su boca. Virginia observó la escena, encendida. Estela siguió succionando un rato, contrayendo hacia adentro las mejillas. Dejó caer el pecho: el pezón estaba húmedo y duro.
Estela sonrió perversa.
- ¿Y eso? ¿Todavía no te inspira? -dijo.
- Qué loquita estás…
Virginia se lanzó sobre aquel pezón. Probó el sabor y la calidez de la saliva de su prima. Le dio golpecitos con su lengua dura, lo lamió en círculos, lo chupó como una bebé de meses, lo mordisqueó y tironeó.
Estela ya gemía.
Virginia descubrió el otro pecho y le dio el mismo trato, hasta que los dos estuvieron entre sus manos, duros, brillantes y con los pezones húmedos y erectos.
- Nunca sabrás cuánto me gustan tus tetas, cabrona…
Virginia se escapó de debajo de Estela, en dirección a la cocina.
- Creo que comienzo a inspirarme. -dijo- ¡Tienes que esperar un poco, con los ojos cerrados!
Estela obedeció. Escuchó los pasos de su prima por la cocina, y luego el ruido del frigorífico abriéndose y de rebuscar entre las cosas. Luego volvió hasta el sofá.
- ¡No puedes abrirlos todavía!
Oyó el sonido de una cremallera abrirse y luego cerrarse, y por fin notó a su prima tumbarse junto a ella en el sofá.
- Ya puedes…
Virginia, apoyada su espalda contra el brazo del sofá, la provocación en su mirada. En su pantalón, un grueso bulto. Estela sonrió, imaginaba lo que su prima quería.
- Si hay una última cosa que me gustaría -dijo con voz lacia- es que me hagas una buena mamada.
Estela miraba aquella entrepierna abultada, mordiéndose el labio inferior.
Virginia hizo un gesto con la mano, invitándola a comenzar. Se tumbó cómodamente en el sofá cuando Estela por fin le bajó la bragueta. Sus finos dedos se introdujeron bajo la tela y palparon. Estela rió a carcajadas, sorprendida. Con mucho cuidado, extrajo aquel pene vegetal: un descomunal pepino.
Estela hizo cosquillas en el extremo de la polla de su prima, haciendo traviesos círculos con la puntita de la lengua. Los círculos la rodearon completamente, la lamió de arriba a abajo. Mientras tanto, la miraba a los ojos, con sus ojos azules e inocentes. Hasta que no estuvo totalmente barnizada de saliva, no se la metió en la boca. Virginia gruñó de satisfacción.
- Eso es… Mmmmh… Chúpamela… Es grande, ¿eh? Mmmmh, qué bien, cariño, tú si que sabes. Uh…
Estela era una felatriz nata. Suavemente, fue introduciéndose el grueso tronco en la boca. Su cabeza fue bajando, bajando, hasta que no pudo entrar más. Las palabras obscenas de su prima la animaban en sus movimientos ascendentes y descendentes. Su boca producía líquidos sonidos de succión.
Sus finos labios, tan jóvenes, se cerraban en torno al enorme pene verde. Su amante, o su víctima, o su cliente, sacudía la cintura para ayudarla.
Cualquiera que hubiera visto la escena habría jurado que realmente allí había una chica de quince años comiéndole la polla a su amiguita, y que ésta estaba continuamente a punto de correrse, a juzgar por su cara y sus lamentos.
- Chúpamela hasta el fondo… Eso es… No, no, no. Por favor, cariño, un poco más dentro… Todo lo que puedas, sé buena… Asíiii…
Sujetó la cabeza de Estela y la empujó, obligándola a tragar un poco más, acompañándola en sus subidas y bajadas. Virginia introdujo una mano bajo los pantalones para acoplarse lo mejor posible el pepino contra su coño. Quería correrse de verdad con la mamada que le estaba dedicando Estela. El efecto fue perfecto y el frotamiento contra el pepino le proporcionó auténtico placer.
- Vamos, pequeña, ahora quiero que te masturbes por mí… Venga, quiero ver esos deditos en acción…
Mientras chupaba, Estela se bajó la falda y las bragas e introdujo dos dedos entre sus labios vaginales. Sus pechos pendulaban alante y atrás. La visión era celestial para Virginia. Hizo un nuevo esfuerzo y consiguió encajarse el pepino dentro de su rajita. Se desabrochó los pantalones y los bajó para facilitar la postura. Ahora la felación era más auténtica que nunca. Cada embestida de la boca de Estela movía el pepino dentro de su carne -ella aun no sabía mucho del tema, pero un poco más adentro, sólo un poco más, y habría perdido la virginidad. Un dedo acariciaba su clítoris.
Otro dedo de su prima, humedecido en sus propios jugos, buscó su ano. Pero ambos cuerpos se revolvían sin parar en el sofá, y no consiguió penetrarlo.
Como una oleada lejana, Virginia sintió llegar sus orgasmos, uno detrás de otro, como cumbres de montañas que viajaban silbando al viento.
- ¡Joder…! ¡Joder! ¡Jooooodeeeeeeer! ¡Me corrooooooo! ¡AAAAAAAAAAHNNNNNNNNNN!
Los orgasmos le llegaron todos juntos, en racimo, incontables. Gritó y botó, penetrada por el pepino, mamada por su prima. Estela aun no había llegado, se masturbaba con empeño. Virginia se retiró. El pepino salió húmedo de entre los labios. Estaba muy bien allí dentro, no se lo sacó. Se puso de pie. De debajo del sofá sacó una sorpresa: un bote de plástico de mayonesa, de los de apretar. Le quitó la tapa. Puso un pie sobre el sofá.
- Mírame… -le ordenó a Estela.
Ésta se sentó, mirando hacia ella. Con una mano se propinaba tremendos retorcimientos a un pezón, con tres dedos de la otra se penetraba, temblorosa, ansiosa por llegar al clímax.
- Y hora… -dijo Virginia- No hay felación sin eyaculación. Quiero correrme en tu cara… Vamos, abre esa boquita…
Estela la abrió. Virginia, se colocó el bote en la cintura, como un segundo pene. Con una parsimonia imposible, comenzó a masturbarlo, pasando las yemas de sus dedos por su suave superficie plástica. Quería el momento exacto, quería eyacular en su cara justo cuando llegara al clímax.Los gemidos de Estela se convirtieron en gritos. Fue la señal.
Mientras su cuerpo adolescente temblaba y se tensaba, víctima de una cadena de orgasmos, su prima apretó el bote. Un chorro de falso esperma amarillento se estrelló contra su mejilla. No acertó en la boca. Su orgasmo aun duraba, así que el pene volvió a ser estrujado y a eyacular. La boca se llenó de líquido pastoso, tragó con ansia. Mientras el orgasmo se disipaba como un vapor etílico, su prima sujetó su carita y colocó el bote sobre sus labios.
- Venga, una última corrida más… Quiero ver como te tragas todo mi semen.
Allá voy…
Con un último apretón, se corrió. No había escapatoria. La boca se inundó de semen hasta colmarse y correr por sus labios, barbilla y cuello abajo.
- ¡Traga! ¡Tragaaa!
Estela se portó: tragó todo lo que pudo, gruñendo por el esfuerzo. Tragó, se relamió y se rebañó con los dedos, hasta que no quedó apenas nada.
Despedida
Los padres de Virginia ayudaban a su sobrina a cargar el macuto en el autobús. Le dieron un par de besos de despedida y la invitaron a volver cuando quisiera. Ella les prometió hacerlo. Le dieron recuerdos para su padre y una bandeja con empanadillas que había hecho la madre de Virginia.
Estela subió al autobús. Virginia dudó un momento, pero finalmente corrió y subió al vehículo dispuesta a darle una última despedida. La encontró ya sentada junto a una ventanilla.
- A partir de hoy -le susurró al oído-, cada vez que vaya al médico, pensaré en ti.
- Y yo -contestó Estela en el mismo tono-, me acordaré de ti cada vez que me eche mayonesa en la comida. Y creo que a partir de hoy eso va a ser muy a menudo.
- Te quiero…
- Te quiero, Virgi…
Estela echó un vistazo al exterior del autobús: sus tíos ya se alejaban y no estaban mirando.
Abrazó a su prima y la besó profundamente, en medio del autobús. Un montón de ojos, que no conocía y que no le importaban ya lo más mínimo, las examinaron de arriba abajo, mientras duró el beso, y mientras acabó el beso en una mirada, y mientras una de las bolleras salía del autobús, y la otra bollera, vete tú a saber qué educación había recibido para salir así y qué enfermedades tendría, seguro que el SIDA, se sentaba tan pancha en su asiento, como si nunca hubiera hecho nada malo.
poder correrse en su cara utilizando un bote de mayonesa.Las ocho y cuarenta minutos. En una hora, los padres de Virginia llegarían a casa, y fin de la soledad y el amor.
Se habían besado hasta saciarse, de todos los modos y humores posibles. Se habían abrazado hasta temblar de emoción. Habían probado a cumplir sus fantasías. Habían hecho el amor como salvajes, como ángeles, como chicas inocentes, y también como un recién casadas.
Ahora no les quedaban fuerzas para nada más. Una hora y adiós. Simplemente se miraban la una a la otra, tumbadas en el sofá, Estela sobre Virginia, Virginia acariciando tiernamente sus cejas, viviendo sus últimos momentos.
- ¿Ha estado bien, eh? -musitó Virginia.
- Sí… ¿Crees que volveremos a repetirlo?
- Yo qué sé. Qué más quisiera yo…
- Pero dime, ¿tú repetirías?
- Por supuesto. Toda la vida, Estela -dijo, dándole un suave mordisquillo en los labios.
- Oh, qué guapa, qué cosas dices…
- ¡Pero, oye! ¡Al fin y al cabo somos primas! ¡Familiares! Nos volveremos a ver montones de veces más, no hay más remedio. En Navidad, en las cenas familiares, en los cumpleaños de los abuelos, en verano estamos dos meses juntas… Y siempre que nos veamos, intentaremos que nos dejen salir por ahí, y podremos por fin estar solas.
- Vaya, lo pintas muy bien… Ojalá se cumpla.
- Se cumplirá. Te lo prometo -y selló la promesa con un largo beso.
La casa volvió a quedar en total silencio.
Estela miró a su prima con sus claros ojos azules.
- Virgi…
- ¿Sí?
- Apenas nos queda una hora. Hagamos algo. Quiero que cumplas conmigo una última fantasía. ¡Por favor, todavía tienes tiempo! ¡Aprovecha…!
- ¿Qué? ¿Ahora? No sé, tía, estoy muy cansada… Sólo de pensar en que te tienes que ir…
Estela se incorporó y se sentó sobre las piernas de su prima. Se desabrochó la camisa y le mostró sus pechos. Descubrió uno de ellos de la copa del sujetador: grande, redondo, suave. Tan grande era que agachó la cabeza y llegó con la boca a su propio pezón. Hizo succión con fuerza y atrapó su pecho. Sin usar las manos, quedó colgando de su boca. Virginia observó la escena, encendida. Estela siguió succionando un rato, contrayendo hacia adentro las mejillas. Dejó caer el pecho: el pezón estaba húmedo y duro.
Estela sonrió perversa.
- ¿Y eso? ¿Todavía no te inspira? -dijo.
- Qué loquita estás…
Virginia se lanzó sobre aquel pezón. Probó el sabor y la calidez de la saliva de su prima. Le dio golpecitos con su lengua dura, lo lamió en círculos, lo chupó como una bebé de meses, lo mordisqueó y tironeó.
Estela ya gemía.
Virginia descubrió el otro pecho y le dio el mismo trato, hasta que los dos estuvieron entre sus manos, duros, brillantes y con los pezones húmedos y erectos.
- Nunca sabrás cuánto me gustan tus tetas, cabrona…
Virginia se escapó de debajo de Estela, en dirección a la cocina.
- Creo que comienzo a inspirarme. -dijo- ¡Tienes que esperar un poco, con los ojos cerrados!
Estela obedeció. Escuchó los pasos de su prima por la cocina, y luego el ruido del frigorífico abriéndose y de rebuscar entre las cosas. Luego volvió hasta el sofá.
- ¡No puedes abrirlos todavía!
Oyó el sonido de una cremallera abrirse y luego cerrarse, y por fin notó a su prima tumbarse junto a ella en el sofá.
- Ya puedes…
Virginia, apoyada su espalda contra el brazo del sofá, la provocación en su mirada. En su pantalón, un grueso bulto. Estela sonrió, imaginaba lo que su prima quería.
- Si hay una última cosa que me gustaría -dijo con voz lacia- es que me hagas una buena mamada.
Estela miraba aquella entrepierna abultada, mordiéndose el labio inferior.
Virginia hizo un gesto con la mano, invitándola a comenzar. Se tumbó cómodamente en el sofá cuando Estela por fin le bajó la bragueta. Sus finos dedos se introdujeron bajo la tela y palparon. Estela rió a carcajadas, sorprendida. Con mucho cuidado, extrajo aquel pene vegetal: un descomunal pepino.
Estela hizo cosquillas en el extremo de la polla de su prima, haciendo traviesos círculos con la puntita de la lengua. Los círculos la rodearon completamente, la lamió de arriba a abajo. Mientras tanto, la miraba a los ojos, con sus ojos azules e inocentes. Hasta que no estuvo totalmente barnizada de saliva, no se la metió en la boca. Virginia gruñó de satisfacción.
- Eso es… Mmmmh… Chúpamela… Es grande, ¿eh? Mmmmh, qué bien, cariño, tú si que sabes. Uh…
Estela era una felatriz nata. Suavemente, fue introduciéndose el grueso tronco en la boca. Su cabeza fue bajando, bajando, hasta que no pudo entrar más. Las palabras obscenas de su prima la animaban en sus movimientos ascendentes y descendentes. Su boca producía líquidos sonidos de succión.
Sus finos labios, tan jóvenes, se cerraban en torno al enorme pene verde. Su amante, o su víctima, o su cliente, sacudía la cintura para ayudarla.
Cualquiera que hubiera visto la escena habría jurado que realmente allí había una chica de quince años comiéndole la polla a su amiguita, y que ésta estaba continuamente a punto de correrse, a juzgar por su cara y sus lamentos.
- Chúpamela hasta el fondo… Eso es… No, no, no. Por favor, cariño, un poco más dentro… Todo lo que puedas, sé buena… Asíiii…
Sujetó la cabeza de Estela y la empujó, obligándola a tragar un poco más, acompañándola en sus subidas y bajadas. Virginia introdujo una mano bajo los pantalones para acoplarse lo mejor posible el pepino contra su coño. Quería correrse de verdad con la mamada que le estaba dedicando Estela. El efecto fue perfecto y el frotamiento contra el pepino le proporcionó auténtico placer.
- Vamos, pequeña, ahora quiero que te masturbes por mí… Venga, quiero ver esos deditos en acción…
Mientras chupaba, Estela se bajó la falda y las bragas e introdujo dos dedos entre sus labios vaginales. Sus pechos pendulaban alante y atrás. La visión era celestial para Virginia. Hizo un nuevo esfuerzo y consiguió encajarse el pepino dentro de su rajita. Se desabrochó los pantalones y los bajó para facilitar la postura. Ahora la felación era más auténtica que nunca. Cada embestida de la boca de Estela movía el pepino dentro de su carne -ella aun no sabía mucho del tema, pero un poco más adentro, sólo un poco más, y habría perdido la virginidad. Un dedo acariciaba su clítoris.
Otro dedo de su prima, humedecido en sus propios jugos, buscó su ano. Pero ambos cuerpos se revolvían sin parar en el sofá, y no consiguió penetrarlo.
Como una oleada lejana, Virginia sintió llegar sus orgasmos, uno detrás de otro, como cumbres de montañas que viajaban silbando al viento.
- ¡Joder…! ¡Joder! ¡Jooooodeeeeeeer! ¡Me corrooooooo! ¡AAAAAAAAAAHNNNNNNNNNN!
Los orgasmos le llegaron todos juntos, en racimo, incontables. Gritó y botó, penetrada por el pepino, mamada por su prima. Estela aun no había llegado, se masturbaba con empeño. Virginia se retiró. El pepino salió húmedo de entre los labios. Estaba muy bien allí dentro, no se lo sacó. Se puso de pie. De debajo del sofá sacó una sorpresa: un bote de plástico de mayonesa, de los de apretar. Le quitó la tapa. Puso un pie sobre el sofá.
- Mírame… -le ordenó a Estela.
Ésta se sentó, mirando hacia ella. Con una mano se propinaba tremendos retorcimientos a un pezón, con tres dedos de la otra se penetraba, temblorosa, ansiosa por llegar al clímax.
- Y hora… -dijo Virginia- No hay felación sin eyaculación. Quiero correrme en tu cara… Vamos, abre esa boquita…
Estela la abrió. Virginia, se colocó el bote en la cintura, como un segundo pene. Con una parsimonia imposible, comenzó a masturbarlo, pasando las yemas de sus dedos por su suave superficie plástica. Quería el momento exacto, quería eyacular en su cara justo cuando llegara al clímax.Los gemidos de Estela se convirtieron en gritos. Fue la señal.
Mientras su cuerpo adolescente temblaba y se tensaba, víctima de una cadena de orgasmos, su prima apretó el bote. Un chorro de falso esperma amarillento se estrelló contra su mejilla. No acertó en la boca. Su orgasmo aun duraba, así que el pene volvió a ser estrujado y a eyacular. La boca se llenó de líquido pastoso, tragó con ansia. Mientras el orgasmo se disipaba como un vapor etílico, su prima sujetó su carita y colocó el bote sobre sus labios.
- Venga, una última corrida más… Quiero ver como te tragas todo mi semen.
Allá voy…
Con un último apretón, se corrió. No había escapatoria. La boca se inundó de semen hasta colmarse y correr por sus labios, barbilla y cuello abajo.
- ¡Traga! ¡Tragaaa!
Estela se portó: tragó todo lo que pudo, gruñendo por el esfuerzo. Tragó, se relamió y se rebañó con los dedos, hasta que no quedó apenas nada.
Despedida
Los padres de Virginia ayudaban a su sobrina a cargar el macuto en el autobús. Le dieron un par de besos de despedida y la invitaron a volver cuando quisiera. Ella les prometió hacerlo. Le dieron recuerdos para su padre y una bandeja con empanadillas que había hecho la madre de Virginia.
Estela subió al autobús. Virginia dudó un momento, pero finalmente corrió y subió al vehículo dispuesta a darle una última despedida. La encontró ya sentada junto a una ventanilla.
- A partir de hoy -le susurró al oído-, cada vez que vaya al médico, pensaré en ti.
- Y yo -contestó Estela en el mismo tono-, me acordaré de ti cada vez que me eche mayonesa en la comida. Y creo que a partir de hoy eso va a ser muy a menudo.
- Te quiero…
- Te quiero, Virgi…
Estela echó un vistazo al exterior del autobús: sus tíos ya se alejaban y no estaban mirando.
Abrazó a su prima y la besó profundamente, en medio del autobús. Un montón de ojos, que no conocía y que no le importaban ya lo más mínimo, las examinaron de arriba abajo, mientras duró el beso, y mientras acabó el beso en una mirada, y mientras una de las bolleras salía del autobús, y la otra bollera, vete tú a saber qué educación había recibido para salir así y qué enfermedades tendría, seguro que el SIDA, se sentaba tan pancha en su asiento, como si nunca hubiera hecho nada malo.
En el desván... (2)
Esa noche cenaron unos espaguetis que prepararon entre las dos. Los devoraron en el salón, tranquilamente, mientras veían una película romántica. La sesión acabó con las luces apagadas, los platos vacíos y ambas primas en amoroso abrazo mientras veían aparecer el cartel de The End.
Cuando se hizo el fundido a negro y comenzaron a discurrir los títulos de crédito, se miraron, llenas de emoción, y se besaron. Habría sido un perfecto beso de amor casto, de no ser porque Virginia lo remató con un lametón a los labios de Estela. No obstante, le gustó y le pidió que lo repitiera.
- ¿Ha sido bonita, verdad? -musitó Estela.
- Creo… Creo que sí -respondió Virginia-. A mí no me suelen gustar las películas románticas, pero reconozco que esta es muy original.
- ¡Pero, ¿te has emocionado?!
- ¡Claro!
- ¡Aaah, bueno! Es que si no, lo tuyo es grave, con lo bonita que es.
- No soy tan insensible como tú crees… -dijo Virginia, muy seria.
- Yo no he dicho nunca que lo seas…
Y volvió a besarla. Por una vez, Estela fue atrevida. Buscó la lengua de su prima y la obligó a salir al exterior. La chupó largo rato, extasiada, como si chupara un pequeño pene, uno que tuviera que penetrar sus estrechos labios. Bebió la saliva de Virginia con un delicioso sorbeteo.
- Dios, Estela, cómo me gusta eso… Me encanta… Estás loca…
La mano de Virginia fue ascendiendo poco a poco en dirección a los pechos de Estela. Intentó colarse bajo el pijama, dispuesta acariciar, pero otra mano la detuvo.
Estela la miró maliciosa a los ojos, mientras decía “no, no…” con un dedo.
- ¿Pero por qué, ahora? -lloriqueó Virginia.
- Ahora te aguantas. Yo he soportado tus tonterías de las cuerdas. ¡Vaya susto me has dado, dejándome sola ahí arriba tanto tiempo! Ahora, si me quieres, vas a tener que esperar a mi turno, ¿vale?
- No sé si voy a poder esperar…
- … Hasta mañana. Ahora nos vamos a dormir.
- ¡Hasta mañana! Dios, Estela, no voy a poder esperar tanto…
- Bueno, quizá aguantarás si…
Cogió a Virginia de la mano y la llevó hasta su cuarto. Se metieron en la cama, compartiendo miradas.
- ¿Y bien? -dijo Virginia, que no comprendía.
- Bueno, no quiero que nos toquemos aun, pero quizá aguantes hasta mañana si…
Estela se desabrochó uno a uno los botones del pijama. Primero aparecieron en la penumbra sus lindos pechos, grandes y redondos. Luego su cálido vientre. Por último su pubis virginal, rubio y lampiño. Sin dejar de mirar a su prima, Estela comenzó a acariciarse allí abajo, mientras con la otra mano se masajeaba los pechos. Se notaba que lo había hecho más de una vez anteriormente.
- ¿Te parece suficiente por hoy? -musitó- Vamos, haz tú lo mismo…
Hagámoslo juntas.
Virginia se deshizo del pijama. Acarició un tiempo sus pechos, más pequeños que los de su prima, pero graciosos y apetecibles. Obtenía altas cotas de placer al estrujar, acariciar, arañar y pellizcar sus pechos, era su práctica masturbatoria preferida. Cuando ambos pezones estuvieron duros, su mano derecha bajó impaciente para darle el trato merecido a su entrepierna, ya chorreante desde que inició los besuqueos con su amante.
Juntas se masturbaron toda la noche y llegaron al orgasmo varias veces. Una de ellas llegaron a la vez al éxtasis, botando sus cuerpos en la cama y gritando sin recato, sabiendo que nadie en mucha distancia podía oírlas, de lo contrario ese alguien habría creído que estaban abriendo a alguien por la mitad y rellenándolo de flores. En otra ocasión volvieron a llegar juntas al orgasmo, esta vez besándose, un beso que duraba aun cuando sus cuerpos dejaron de convulsionarse, y habrían querido dormir con sus labios fundidos si eso no hubiera sido imposible.
La mañana siguiente las encontró desnudas, con los pijamas hechos unos revoltijos en sus piernas, las melenas deshechas, sus jóvenes rostros en paz.
DÍA 2
Virginia estaba impaciente. No quería perder el tiempo que le había sido concedido para estar con su chica. Estela le ordenaba paciencia.
Después de desayunar, Estela le ordenó ir al supermercado cercano a comprar algunas cosas que le gustaría comer ese fin de semana.
Virginia adivinó que su prima necesitaba tiempo para hacer sus propios preparativos, y con una sonrisa sabihonda, se fue a hacer la compra.
Al volver se encontró en la casa sólo con el silencio.
- ¿Estela? -preguntó al aire.
- Aquí, Virgi… -dijo una voz desde el desván.
Virginia dejó las bolsas de la compra en la cocina y subió las escaleras. Allí estaba Estela, con una bata blanca parecida a la de los médicos. Se había perfilado los ojos y abrillantado los labios, de forma que daban ganas de darles un mordisco.
Sobre un viejo baúl habían prendas de ropa del padre de Virginia. Se miraron. No hicieron falta explicaciones. El silencio fue su vínculo.
- Por favor, póngase esa ropa -dijo la doctora.
Estela se puso la ropa de su padre: una camisa blanca, una corbata, unos pantalones grises, unos zapatos elegantes, un viejo reloj dorado de pulsera que había encontrado en algún sitio… La ropa no le venía grande, ya que últimamente Virginia había dado el estirón de la pubertad, alcanzando una altura aproximada a la de su padre.
Como toque final, la doctora sacó un lápiz negro de ojos y le pintó una perilla.
Ahora Virginia era un hombre. Un muchacho joven y apuesto, de piel suave y labios carnosos, con el pelo negro recogido en una pequeña coleta. Un chico muy guapo.
- Bueno -comenzó la doctora, con voz nerviosa-. Ya sabe usted que hoy toca inspección.
- ¿Inspección de qué?
- Ya sabe qué tipo de inspección, no se haga el listo… Por favor, inclínese hacia adelante, apóyese en la silla.
El muchacho se inclinó hacia adelante, apoyando su peso en el respaldo de una silla. La doctora se mordió el labio inferior ante el panorama. Los pantalones masculinos no podían disimular las formas de un culito acorazonado.
- Y ahora -dijo la doctora, mientras sacaba un guante de látex de un bolsillo-, no se preocupe. Voy a ser muy suave…
- Confío en usted… -dijo el muchacho.
La doctora se ajustó el guante con un chasquido. Se acercó al muchacho. Pasó las manos en torno a su cintura para desabrocharle el cinturón. Luego desabrochó el pantalón y la bragueta. El pantalón cayó al suelo, dejando a la vista unos slips.
Como si tuviera todo el tiempo del mundo, la doctora fue bajando poco a poco los calzoncillos. No los dejó caer, los dejó enrollados a medio muslo del muchacho.
El panorama era precioso: un culo adolescente, redondito y suave. En la línea entre las dos cachas, un minúsculo hoyito, rodeado de estrías que convergían en su centro, como los rayos de luz en torno a un pequeño sol de carne. Un poco más abajo, cubierto por algunos pelos cortos, el pubis, aun virgen.
- Vamos a ver si todo está bien sano por aquí dentro…
El chico imaginaba por dónde iba a ir aquello, pero aun no podía creerlo. Inmóvil, respirando aceleradamente, observó cómo la doctora apretaba un tubo de vaselina y la repartía por los dedos enguantados.
- Puede que esto esté un poco frío -advirtió la doctora, en un susurro excitado.
Un dedo se posó sobre el esfínter del chico, que dio un respingo al notar el frío en un punto tan delicado. El dedo masajeó muy, muy suavemente, haciendo pequeños círculos. El fino látex del guante le daba gran sensibilidad a aquel dedo intruso. Poco a poco, el masaje dejó lugar a la presión. Iba apretando sobre la carne resbaladiza, abriéndose paso. Era un trabajo difícil, el conducto era muy estrecho, virgen, y el paciente no debía sufrir dolor… Al menos no demasiado. El dedo siguió apretando, apretando, atrevido, adentrándose por el túnel contracto. El muchacho apretaba los dientes gemía, nunca había sentido nada en esa parte de su cuerpo, era para él desconocida la existencia de este placer. El dedo entró por completo, hasta el nudillo. La doctora comenzó a realizar su inspección, moviéndolo alrededor suavemente, como buscando algo entre la carne. Los músculos del esfínter se contraían, no se habría podido decir si para expulsar al dedo curioso o para retenerlo allí dentro para siempre.
- Oh… Qué duro está… Uuuuf… Sigue, me gusta, me g-… ¡Aaaaammmh!
La inspección no parecía dar frutos. La doctora se atrevió a introducir un dedo más. La entrada anal estaba muy estrecha, así que tuvo que ablandarla a base de masajes, caricias circulares y más vaselina… Y finalmente los dos finos dedos se deslizaron perfectamente hasta el fondo. Allí volvieron a moverse muy suavemente, palpando alrededor.
- ¡Aaaaaahmmm! ¡Síii! No lo puedo creer: me… me estás follando por el culo! ¡Y me -ungh- me gusta! ¡Sigue, sigue sig -aaannnggggh-!
Un dedo del chico se dirigió a su vagina, solícita de placer, pero la mano de la doctora lo detuvo, comunicándole calma a través de sus caricias y su tacto.
Los finos dedos de látex y vaselina entraban y salían del ano del adolescente, produciendo un viscoso “chup-chup-chup”.
Con el rostro sudoroso y la espina dorsal sacudida por las violentas sensaciones de penetración, el muchacho volvió la vista, y vio como la doctora no había aguantado más y se masturbaba bajo la bata blanca, sin por ello dejar de castigar su ano. La mirada entre las dos ardió.
- Por Dios… Estela… deja… que me corra… déjame usar los dedos… no aguanto más… por lo que más quieras… haré lo que… tú digas…
La expresión de la doctora fue tan dura como su respuesta:
- Déjame que te meta un dedo más y yo te dejaré que te masturbes…
- ¡Estás loca! ¡Tres dedos! ¡No voy a poder -mmmmaaaaah- aguantar tanto dentro, me harás daño!
- Entonces, muchachito, seré yo la única que se corra… ¿Te suena eso de algo?
- ¡Está bien! ¡Está bien, joder! ¡Méteme otro dedo por el culo! ¡Vamos! ¡Dame! ¡Uuuuuunggggh!
La doctora siempre había sido una persona dulce y cuidadosa. En ese momento descubrió su faceta más agresiva y perversa. Sin preámbulo alguno, un tercer dedo violó el ano de su paciente, que gritó enfurecido. Los tres dedos entraron y salieron con un ritmo brutal, haciéndole agitarse y estar a punto de caer al suelo por riesgo de perder el apoyo contra la silla. Mientras, la doctora necesitaba satisfacerse, sentía que no era natural hacer aquello sin acabar corriéndose. Sus dedos acariciaban su clítoris y lo apretujaban en todas direcciones, llenando su cuerpo de espasmos eléctricos y palpitaciones.
Por su parte, su paciente tenía por fin permiso para llegar al orgasmo. Sus dedos acudieron raudos a penetrar su vagina y a pellizcar su clítoris, con rabia y descontrol, como si el frenesí pudiera hacerla perder la mano y arrancárselo sin querer, de tanta violencia con que se masturbaba.
- ¡Oh, Virgi! ¡Creo que.. creo que… me voy a correr!
- ¡Y… yo! ¡Me-estoy-corriendo-Estela! ¡Sigue! ¡Sigue! ¡Fóllame-el-culo! ¡No-pares-de-darme! ¡Ufh! ¡Dame-duro-dame-por-el-culoooooooaaaaahhh!
- ¡Te quiero primaaaaaaaaaaaaahhhhh!
Entre aullidos, excitadas hasta la cumbre por las palabras sucias, la doctora y el muchacho estallaron en espasmos y flujos, que salpicaron su ropa interior, que bañaron sus manos, que mancharon el suelo, y chorrearon en finísimos riachuelos muslos abajo. Todo había acabado ya, pero aquellos tres dedos seguían imparables, incapaces de detener la penetración del dilatado ano. El chico, sacando fuerzas de donde pudo, detuvo aquella mano frenética y la extrajo de la entrada a su cuerpo.
- ¡Por Dios, se… se ha acabado! ¡Para… cabrona! ¡Me vas a… matar! ¡Se ha acabado…!
La doctora se alejó de su paciente para desplomarse sobre una viejo sofá cubierto con un plástico. El muchacho se dejó caer sobre la silla, sobre su vientre. Su culo no le permitía sentarse.
Todo había acabado. Sudorosas y extenuadas, no dijeron nada, y quedaron un rato silenciosas, dormitando.
Minutos después se levantaron, como saliendo de un sueño. Se besaron. Se sentían agotadas. Comieron abundantemente y con ansia. Se ducharon para librarse de la sensación de suciedad. Entraron juntas a la ducha. A Virginia le escocía terriblemente el ano. Estela se lo lavó con cuidado, lo masajeó un rato con el suave chorro de la ducha. Luego se lo besó un rato, hasta invadir el cuerpo de Virginia de tranquilidad y ternura. Ya escocía menos. Se secaron la una a la otra y se vistieron. Se dejaron caer en la cama de los padres de Virginia e inmediatamente estaban durmiendo la siesta.
Despertaron de la siesta a la misma vez. Descansadas y tranquilas. Se abrazaron con ternura y se besaron. Rozaron sus labios entre sí. Estela dedicó especial atención a los gruesos y redondos labios de su prima. Quería grabarlos en su memoria para no olvidar jamás como eran, quería hacer eternos aquellos momentos.
El resto del día transcurrió tranquilo. Salieron de casa y pasearon por un jardín cercano, con altos árboles que le daban intimidad y secretismo al lugar. Caminaron muy adentro por la vegetación y, seguras de que ya no quedaba nadie cerca, acurrucadas detrás de un grueso árbol, se besaron como una pareja de enamoradas. Se besaron durante más de una hora, sin prisa ni ambiciones. Ya estaba bien de fantasías y juegos. Se querían, lo habían demostrado. Querían estar juntas por siempre. Los besos las acabaron excitando y volvieron a casa. Eran libres de hacer el amor cuando quisieran.
Todo era perfecto. Sin leyes, sin padres, sin prejuicios, sin adultos ni gente dando una opinión que nadie había pedido. En la cama de los padres de Virginia, con toda calma, las dos primas hicieron el amor. Eran dos ángeles.
Los besos eran tranquilos, las caricias lentas, los orgasmos suaves, atiplados, las miradas agradecidas. Los abrazos duraron más que las penetraciones. Sin nada más que hacer en la vida, excepto quererse, quedaron abrazadas en la cama y así se quedaron hasta que anocheció.
Cuando se hizo el fundido a negro y comenzaron a discurrir los títulos de crédito, se miraron, llenas de emoción, y se besaron. Habría sido un perfecto beso de amor casto, de no ser porque Virginia lo remató con un lametón a los labios de Estela. No obstante, le gustó y le pidió que lo repitiera.
- ¿Ha sido bonita, verdad? -musitó Estela.
- Creo… Creo que sí -respondió Virginia-. A mí no me suelen gustar las películas románticas, pero reconozco que esta es muy original.
- ¡Pero, ¿te has emocionado?!
- ¡Claro!
- ¡Aaah, bueno! Es que si no, lo tuyo es grave, con lo bonita que es.
- No soy tan insensible como tú crees… -dijo Virginia, muy seria.
- Yo no he dicho nunca que lo seas…
Y volvió a besarla. Por una vez, Estela fue atrevida. Buscó la lengua de su prima y la obligó a salir al exterior. La chupó largo rato, extasiada, como si chupara un pequeño pene, uno que tuviera que penetrar sus estrechos labios. Bebió la saliva de Virginia con un delicioso sorbeteo.
- Dios, Estela, cómo me gusta eso… Me encanta… Estás loca…
La mano de Virginia fue ascendiendo poco a poco en dirección a los pechos de Estela. Intentó colarse bajo el pijama, dispuesta acariciar, pero otra mano la detuvo.
Estela la miró maliciosa a los ojos, mientras decía “no, no…” con un dedo.
- ¿Pero por qué, ahora? -lloriqueó Virginia.
- Ahora te aguantas. Yo he soportado tus tonterías de las cuerdas. ¡Vaya susto me has dado, dejándome sola ahí arriba tanto tiempo! Ahora, si me quieres, vas a tener que esperar a mi turno, ¿vale?
- No sé si voy a poder esperar…
- … Hasta mañana. Ahora nos vamos a dormir.
- ¡Hasta mañana! Dios, Estela, no voy a poder esperar tanto…
- Bueno, quizá aguantarás si…
Cogió a Virginia de la mano y la llevó hasta su cuarto. Se metieron en la cama, compartiendo miradas.
- ¿Y bien? -dijo Virginia, que no comprendía.
- Bueno, no quiero que nos toquemos aun, pero quizá aguantes hasta mañana si…
Estela se desabrochó uno a uno los botones del pijama. Primero aparecieron en la penumbra sus lindos pechos, grandes y redondos. Luego su cálido vientre. Por último su pubis virginal, rubio y lampiño. Sin dejar de mirar a su prima, Estela comenzó a acariciarse allí abajo, mientras con la otra mano se masajeaba los pechos. Se notaba que lo había hecho más de una vez anteriormente.
- ¿Te parece suficiente por hoy? -musitó- Vamos, haz tú lo mismo…
Hagámoslo juntas.
Virginia se deshizo del pijama. Acarició un tiempo sus pechos, más pequeños que los de su prima, pero graciosos y apetecibles. Obtenía altas cotas de placer al estrujar, acariciar, arañar y pellizcar sus pechos, era su práctica masturbatoria preferida. Cuando ambos pezones estuvieron duros, su mano derecha bajó impaciente para darle el trato merecido a su entrepierna, ya chorreante desde que inició los besuqueos con su amante.
Juntas se masturbaron toda la noche y llegaron al orgasmo varias veces. Una de ellas llegaron a la vez al éxtasis, botando sus cuerpos en la cama y gritando sin recato, sabiendo que nadie en mucha distancia podía oírlas, de lo contrario ese alguien habría creído que estaban abriendo a alguien por la mitad y rellenándolo de flores. En otra ocasión volvieron a llegar juntas al orgasmo, esta vez besándose, un beso que duraba aun cuando sus cuerpos dejaron de convulsionarse, y habrían querido dormir con sus labios fundidos si eso no hubiera sido imposible.
La mañana siguiente las encontró desnudas, con los pijamas hechos unos revoltijos en sus piernas, las melenas deshechas, sus jóvenes rostros en paz.
DÍA 2
Virginia estaba impaciente. No quería perder el tiempo que le había sido concedido para estar con su chica. Estela le ordenaba paciencia.
Después de desayunar, Estela le ordenó ir al supermercado cercano a comprar algunas cosas que le gustaría comer ese fin de semana.
Virginia adivinó que su prima necesitaba tiempo para hacer sus propios preparativos, y con una sonrisa sabihonda, se fue a hacer la compra.
Al volver se encontró en la casa sólo con el silencio.
- ¿Estela? -preguntó al aire.
- Aquí, Virgi… -dijo una voz desde el desván.
Virginia dejó las bolsas de la compra en la cocina y subió las escaleras. Allí estaba Estela, con una bata blanca parecida a la de los médicos. Se había perfilado los ojos y abrillantado los labios, de forma que daban ganas de darles un mordisco.
Sobre un viejo baúl habían prendas de ropa del padre de Virginia. Se miraron. No hicieron falta explicaciones. El silencio fue su vínculo.
- Por favor, póngase esa ropa -dijo la doctora.
Estela se puso la ropa de su padre: una camisa blanca, una corbata, unos pantalones grises, unos zapatos elegantes, un viejo reloj dorado de pulsera que había encontrado en algún sitio… La ropa no le venía grande, ya que últimamente Virginia había dado el estirón de la pubertad, alcanzando una altura aproximada a la de su padre.
Como toque final, la doctora sacó un lápiz negro de ojos y le pintó una perilla.
Ahora Virginia era un hombre. Un muchacho joven y apuesto, de piel suave y labios carnosos, con el pelo negro recogido en una pequeña coleta. Un chico muy guapo.
- Bueno -comenzó la doctora, con voz nerviosa-. Ya sabe usted que hoy toca inspección.
- ¿Inspección de qué?
- Ya sabe qué tipo de inspección, no se haga el listo… Por favor, inclínese hacia adelante, apóyese en la silla.
El muchacho se inclinó hacia adelante, apoyando su peso en el respaldo de una silla. La doctora se mordió el labio inferior ante el panorama. Los pantalones masculinos no podían disimular las formas de un culito acorazonado.
- Y ahora -dijo la doctora, mientras sacaba un guante de látex de un bolsillo-, no se preocupe. Voy a ser muy suave…
- Confío en usted… -dijo el muchacho.
La doctora se ajustó el guante con un chasquido. Se acercó al muchacho. Pasó las manos en torno a su cintura para desabrocharle el cinturón. Luego desabrochó el pantalón y la bragueta. El pantalón cayó al suelo, dejando a la vista unos slips.
Como si tuviera todo el tiempo del mundo, la doctora fue bajando poco a poco los calzoncillos. No los dejó caer, los dejó enrollados a medio muslo del muchacho.
El panorama era precioso: un culo adolescente, redondito y suave. En la línea entre las dos cachas, un minúsculo hoyito, rodeado de estrías que convergían en su centro, como los rayos de luz en torno a un pequeño sol de carne. Un poco más abajo, cubierto por algunos pelos cortos, el pubis, aun virgen.
- Vamos a ver si todo está bien sano por aquí dentro…
El chico imaginaba por dónde iba a ir aquello, pero aun no podía creerlo. Inmóvil, respirando aceleradamente, observó cómo la doctora apretaba un tubo de vaselina y la repartía por los dedos enguantados.
- Puede que esto esté un poco frío -advirtió la doctora, en un susurro excitado.
Un dedo se posó sobre el esfínter del chico, que dio un respingo al notar el frío en un punto tan delicado. El dedo masajeó muy, muy suavemente, haciendo pequeños círculos. El fino látex del guante le daba gran sensibilidad a aquel dedo intruso. Poco a poco, el masaje dejó lugar a la presión. Iba apretando sobre la carne resbaladiza, abriéndose paso. Era un trabajo difícil, el conducto era muy estrecho, virgen, y el paciente no debía sufrir dolor… Al menos no demasiado. El dedo siguió apretando, apretando, atrevido, adentrándose por el túnel contracto. El muchacho apretaba los dientes gemía, nunca había sentido nada en esa parte de su cuerpo, era para él desconocida la existencia de este placer. El dedo entró por completo, hasta el nudillo. La doctora comenzó a realizar su inspección, moviéndolo alrededor suavemente, como buscando algo entre la carne. Los músculos del esfínter se contraían, no se habría podido decir si para expulsar al dedo curioso o para retenerlo allí dentro para siempre.
- Oh… Qué duro está… Uuuuf… Sigue, me gusta, me g-… ¡Aaaaammmh!
La inspección no parecía dar frutos. La doctora se atrevió a introducir un dedo más. La entrada anal estaba muy estrecha, así que tuvo que ablandarla a base de masajes, caricias circulares y más vaselina… Y finalmente los dos finos dedos se deslizaron perfectamente hasta el fondo. Allí volvieron a moverse muy suavemente, palpando alrededor.
- ¡Aaaaaahmmm! ¡Síii! No lo puedo creer: me… me estás follando por el culo! ¡Y me -ungh- me gusta! ¡Sigue, sigue sig -aaannnggggh-!
Un dedo del chico se dirigió a su vagina, solícita de placer, pero la mano de la doctora lo detuvo, comunicándole calma a través de sus caricias y su tacto.
Los finos dedos de látex y vaselina entraban y salían del ano del adolescente, produciendo un viscoso “chup-chup-chup”.
Con el rostro sudoroso y la espina dorsal sacudida por las violentas sensaciones de penetración, el muchacho volvió la vista, y vio como la doctora no había aguantado más y se masturbaba bajo la bata blanca, sin por ello dejar de castigar su ano. La mirada entre las dos ardió.
- Por Dios… Estela… deja… que me corra… déjame usar los dedos… no aguanto más… por lo que más quieras… haré lo que… tú digas…
La expresión de la doctora fue tan dura como su respuesta:
- Déjame que te meta un dedo más y yo te dejaré que te masturbes…
- ¡Estás loca! ¡Tres dedos! ¡No voy a poder -mmmmaaaaah- aguantar tanto dentro, me harás daño!
- Entonces, muchachito, seré yo la única que se corra… ¿Te suena eso de algo?
- ¡Está bien! ¡Está bien, joder! ¡Méteme otro dedo por el culo! ¡Vamos! ¡Dame! ¡Uuuuuunggggh!
La doctora siempre había sido una persona dulce y cuidadosa. En ese momento descubrió su faceta más agresiva y perversa. Sin preámbulo alguno, un tercer dedo violó el ano de su paciente, que gritó enfurecido. Los tres dedos entraron y salieron con un ritmo brutal, haciéndole agitarse y estar a punto de caer al suelo por riesgo de perder el apoyo contra la silla. Mientras, la doctora necesitaba satisfacerse, sentía que no era natural hacer aquello sin acabar corriéndose. Sus dedos acariciaban su clítoris y lo apretujaban en todas direcciones, llenando su cuerpo de espasmos eléctricos y palpitaciones.
Por su parte, su paciente tenía por fin permiso para llegar al orgasmo. Sus dedos acudieron raudos a penetrar su vagina y a pellizcar su clítoris, con rabia y descontrol, como si el frenesí pudiera hacerla perder la mano y arrancárselo sin querer, de tanta violencia con que se masturbaba.
- ¡Oh, Virgi! ¡Creo que.. creo que… me voy a correr!
- ¡Y… yo! ¡Me-estoy-corriendo-Estela! ¡Sigue! ¡Sigue! ¡Fóllame-el-culo! ¡No-pares-de-darme! ¡Ufh! ¡Dame-duro-dame-por-el-culoooooooaaaaahhh!
- ¡Te quiero primaaaaaaaaaaaaahhhhh!
Entre aullidos, excitadas hasta la cumbre por las palabras sucias, la doctora y el muchacho estallaron en espasmos y flujos, que salpicaron su ropa interior, que bañaron sus manos, que mancharon el suelo, y chorrearon en finísimos riachuelos muslos abajo. Todo había acabado ya, pero aquellos tres dedos seguían imparables, incapaces de detener la penetración del dilatado ano. El chico, sacando fuerzas de donde pudo, detuvo aquella mano frenética y la extrajo de la entrada a su cuerpo.
- ¡Por Dios, se… se ha acabado! ¡Para… cabrona! ¡Me vas a… matar! ¡Se ha acabado…!
La doctora se alejó de su paciente para desplomarse sobre una viejo sofá cubierto con un plástico. El muchacho se dejó caer sobre la silla, sobre su vientre. Su culo no le permitía sentarse.
Todo había acabado. Sudorosas y extenuadas, no dijeron nada, y quedaron un rato silenciosas, dormitando.
Minutos después se levantaron, como saliendo de un sueño. Se besaron. Se sentían agotadas. Comieron abundantemente y con ansia. Se ducharon para librarse de la sensación de suciedad. Entraron juntas a la ducha. A Virginia le escocía terriblemente el ano. Estela se lo lavó con cuidado, lo masajeó un rato con el suave chorro de la ducha. Luego se lo besó un rato, hasta invadir el cuerpo de Virginia de tranquilidad y ternura. Ya escocía menos. Se secaron la una a la otra y se vistieron. Se dejaron caer en la cama de los padres de Virginia e inmediatamente estaban durmiendo la siesta.
Despertaron de la siesta a la misma vez. Descansadas y tranquilas. Se abrazaron con ternura y se besaron. Rozaron sus labios entre sí. Estela dedicó especial atención a los gruesos y redondos labios de su prima. Quería grabarlos en su memoria para no olvidar jamás como eran, quería hacer eternos aquellos momentos.
El resto del día transcurrió tranquilo. Salieron de casa y pasearon por un jardín cercano, con altos árboles que le daban intimidad y secretismo al lugar. Caminaron muy adentro por la vegetación y, seguras de que ya no quedaba nadie cerca, acurrucadas detrás de un grueso árbol, se besaron como una pareja de enamoradas. Se besaron durante más de una hora, sin prisa ni ambiciones. Ya estaba bien de fantasías y juegos. Se querían, lo habían demostrado. Querían estar juntas por siempre. Los besos las acabaron excitando y volvieron a casa. Eran libres de hacer el amor cuando quisieran.
Todo era perfecto. Sin leyes, sin padres, sin prejuicios, sin adultos ni gente dando una opinión que nadie había pedido. En la cama de los padres de Virginia, con toda calma, las dos primas hicieron el amor. Eran dos ángeles.
Los besos eran tranquilos, las caricias lentas, los orgasmos suaves, atiplados, las miradas agradecidas. Los abrazos duraron más que las penetraciones. Sin nada más que hacer en la vida, excepto quererse, quedaron abrazadas en la cama y así se quedaron hasta que anocheció.
En el desván... (1)
El desván / Día 1
Las dos primas subieron corriendo las escaleras al desván. Virginia abrió la ventana y ambas se asomaron. Con la mejor de sus sonrisas dijeron adiós con la mano a los padres de Virginia, tíos de Estela a su vez.
Todas las instrucciones estaban dadas, todos los consejos, lo que debían y no debían hacer, cómo sobrevivir al hambre aquellos tres días, cuándo y cómo abrir y cerrar el gas, el agua, las puertas, los cerrojos, las ventanas, cómo mantener la casa en orden y limpia.
Todos los besos de despedida estaban dados, todos los consejos, todos los números de teléfono a los que debían llamar en caso de emergencia, pues, exageración paternal o no, nunca se puede dejar a dos chicas tan jóvenes solas en una casa y quedarse uno tranquilo…
Sólo faltaba que aquel coche desapareciera de su vista, a lo lejos, con sus padres dentro, dispuestos a divertirse y, quizá a cerrar algún trato en casa del jefe de su padre, sólo un segundo interminable, en el que el último ser adulto desapareciera de su campo de percepción, sólo eso y estarían por fin solas.
El coche desapareció en el horizonte.
Virginia escuchó atenta, hasta que el sonido del motor se extinguió a lo lejos. Instantáneamente, arrinconó a su prima contra un viejo armario y comenzó a besarla en la boca con un ímpetu casi violento. Su rubia prima se revolvía contra ella, pero sorprendida, no disgustada.
- No esperaba que te lo tomaras tan a pecho… -dijo como pudo, hablando entre los labios de su prima.
Virginia habló sin prisa, intercalando las palabras susurradas con suaves besos.
- ¿Te das cuenta… de lo mucho… que te he echado de menos… las noches que me he puesto cachonda pensando… en ti…
- ¡Cachonda! -se carcajeó Estela.
- … La de sueños húmedos que he… tenido… las horas que he pasado… recordando nuestros besos… lo mucho que te he echado… de menos estos cinco meses…?
Tras el último beso, ambas se separaron y se miraron a los ojos, llenas de ternura y deseo tácito.
- Pues entonces -dijo Estela-, aprovecha que por fin me tienes aquí.
- ¡Amén! -dijo Virginia.
Y volvieron a besarse, esta vez con más dulzura y menos prisa.
Besar los labios de su prima Virginia era un verdadero privilegio. Era una suerte que, entre todas las bocas bonitas que podía haberse encontrado en la vida, le hubiera tocado la más hermosa de todas. Ya antes de su primer encuentro, aquel breve jugueteo, más allá del simple cariño familiar, había admirado siempre la perfección de aquellos labios. No parecían reales, unos labios carnosos y suaves, que describían un círculo casi perfecto. Eran de un rosa oscuro tan intenso que le había prohibido expresamente que, sólo por ella, no se los pintara nunca, aunque a los diecisiete años su madre de todas formas no le daba muchas ocasiones para maquillarse siquiera un poco.
Los labios de Virginia pedían ser tratados con mimo. A veces abandonaba su lado impetuoso y dominante y se quedaba muy quieta, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás, para dejarse hacer dulcemente. Entonces a Estela le gustaba jugar con ellos. Les daba pequeños mordiscos, los acariciaba con la lengua, los ensalivaba un poco y los miraba resplandecer, tan hermosos. Los delineaba con un dedo. Los rozaba con los suyos, los besaba con toda la delicadeza de que era posible…
Pero su prima nunca aguantaba tanta delicadeza demasiado tiempo y enseguida volvía a comerle la boca, al forcejeo de lenguas, a profundizar todo lo que podía, a los mordiscos salvajes.
Besándose, Virginia y Estela eran el Yin y el Yang, uno de diecisiete y dieciocho años. Pero quizá no sólo en sus besos: sobre todo en su carácter y en su físico.
La inocente y tranquila Estela, la que ahora estaba aprisionada contra el viejo armario de madera, clavándose en la espalda un duro picaporte de cristal, tenía una larga cabellera rubia que casi le llegaba al trasero, el ideal de toda madre para sus hijas. Era lisa y dorada y a su amante le encantaba peinarlo con sus dedos y dejarlo caer en meliflua cascada perfecta. Su piel era dorada y oscura, a veces de tacto algo extraño, como si un constante repelús la recorriera y le pusiera la piel de gallina. Sus ojos eran inocentes y azules. Sus labios, claros y finos.
Su contrapartida, su prima Virginia, era la oscuridad en persona, empezando por sus ojos, siempre inquietantes y amenazadores, bajo la arcada de dos finísimas cejas, perfectas sin la necesidad aun de la depilación. Su pelo apenas llegaba hasta un poco por encima de sus delicados hombros. Era totalmente negro y casi nunca lo soltaba de un pequeño moño. Sus pequeños y redondos labios ya han sido descritos. El punto blanco en su negro Yang era su piel, pálida y hermosa, tan lisa que daban ganas de ponerse unos patines de hielo y deslizarse sobre su cuerpo. Unas pocas pecas salpicaban sus mejillas.
Yin y Yang anduvieron morreándose un largo rato, disfrutando de la tranquilidad, la privacidad, la eternidad que por fin se les presentaba. Comparados con aquella simple tarde en que por accidente sus cuerpos se conocieron por primera vez, los tres días que ahora tenían para ellas solas eran inacabables.
Y Virginia tenía planes muy concretos sobre cómo debían transcurrir.
Se dieron un último beso y se abrazaron fuertemente. Estela aprovechó para separarse con un quejido del pomo que la había estado torturando.
- ¡Ay…! – ¿Qué te pasa? – Uf, me he estado clavando esto… ¡Cómo eres tan bruta! – ¿He hecho daño a mi niña? A ver…
Virginia frotó suavemente la zona dañada con su mano para aliviarla. Estela le regaló una luminosa sonrisa.
- Primita… -le dijo en tono sincero- No quiero que este fin de semana acabe nunca.
- ¿Te das cuenta -susurró Virginia- de que no vamos a tener interrupciones, nervios, mirones, padres, tíos, reglas…? ¿Te das cuenta de que podemos hacer lo que queramos? – Mmmh… -sonrió maliciosa Estela- Tú y yo solas, suena bien… ¿Y has pensado en algo concreto, primita? – Puede ser… Ya lo verás.
Virginia rompió el abrazo y comenzó a pasear distraída por el desván. Aquí y allá se amontonaban aparatos viejos, juguetes y juegos abandonados, muebles rotos, demasiado horteras para el siglo actual o que simplemente ya no se usaban, sillas, enormes cojines polvorientos, armarios y espejos, cajas de cartón con revistas, discos de vinilo, ropa vieja o disfraces…
- Este sitio es la leche, ¿sabes? -dijo Estela.
Sacó una pamela de una caja y se la puso, atándose la cinta bajo la barbilla.
- ¿Qué tal me sienta? – Lo que mejor te sienta es el polvo que te está cayendo y las telarañas que se te están pegando en el pelo…
Estela dio un alarido y lanzando la pamela lejos de un manotazo, comenzó a sacudirse la melena, llena de asco, hasta dejársela totalmente arremolinada, como si hubiera pasado unos minutos en el ojo de un tornado. Virginia no paraba de reír con maldad.
- ¡Ahora sí que estás guapa!
Y abrazándola por detrás, la besó. Atrapó sus labios entre los dientes y los tuvo así un rato, en tensión, obligando a su prima a no cambiar aquella complicada postura. Cuando los soltó y pasó a besar su cuello, Estela se escurrió.
- Tengo un hambre que me muero -dijo, bajando ya por la escalera de madera-. Vamos a comer algo, anda.
Virginia se quedó sola en el desván. Miró a su alrededor.
- No escaparás tan fácilmente la próxima vez… -murmuró para sí, en tono sombrío, y bajó por las escaleras.
Después de comer unos huevos fritos con patatas que prepararon entre las dos, se acomodaron en el sofá. Para sorpresa de Virginia, Estela se puso las gafas, sacó “Cien Años de Soledad”, se apoyó contra el brazo del sofá y comenzó a leer. Virginia la miró de arriba a abajo, sin dar crédito a sus ojos.
Pero no se iba a rendir tan pronto.
- Esas gafas te hacen muy sexy, ¿sabes? -le dijo.
- ¡Ah, sí! -sonrió Estela- Parece que tengo una prima fetichista, ¿no? – No, en serio. Son finas y doraditas. Le sientan muy bien a tu cara, y te hacen aun más guapa.
- Gracias… -dijo Estela, dejando silbar la última letra de la palabra.
Virginia le quitó las zapatillas y dejó sus delicados pies desnudos. Estela la miró suspicaz por encima de sus gafas.
- ¿Qué haces? – ¿Tú no estabas leyendo? ¡Pues hala, hala!
Se puso de rodillas en el suelo y apoyó su barbilla en el sofá para mirar los pies de su prima. Pequeños, de diminutos dedos y uñas para nada asquerosas, como algunas que había visto por ahí. Posó sus labios sobre ellos en un tierno beso. Los pies se alborotaron con la risa de su dueña. El siguiente beso fue un poco más húmedo. La punta de su lengua asomó un poco entre sus labios. Al no encontrar oposición, dio un suave toque sobre cada uno de los pequeños dedos. No se movían, pero oía por lo bajo la risa de Estela. Los recorrió con su lengua del primero al último, y del último al primero, desde un pie hasta el otro, dejándolos cubiertos de brillante saliva.
Dejó los dedos y volvió a contemplar los dos pies en su totalidad. En concreto el pie derecho, que era el que se ofrecía al exterior. Con veneración, lo sostuvo entre sus manos, por los dedos con una mano y el talón con la otra. Besó el tobillo. Fue un beso cargado de erotismo que realmente hizo a Estela estremecerse. Los labios se posaron sobre la piel del pie y se fueron cerrando lentamente, muy lentamente, hasta encontrarse en el duro montículo del tobillo, cuyo centro fue acariciado por la húmeda punta de la lengua.
- No me creo que estés haciendo esto… -murmuró Estela, con un hilo de voz.
- Pues dime si te gusta esto… -dijo Virginia, en un tono que habría usado una gatita en celo, de haber tenido aparato vocalizador.
Su boca volvió a los dedos. Separó un dedo gordo de los demás y se lo llevó a los labios. Lentamente se lo fue introduciendo, hasta que desapareció totalmente dentro de su boca. Allí lo dejó un rato, atrapado tan solo por los labios, sin contacto con nada más, hasta que por fin se lanzaron sobre él sus dientes y su lengua, comenzando a chupar el dedo con avidez, como si de una rica felación se tratase. Introdujo también el otro en su boca y los chupó a la vez, absorbiendo con fuerza.
- ¡Joder, Virgi, así no puedo leer!
Diciendo esto, Estela se incorporó en el sofá. Los dedos gordos salieron de su boca produciendo una especie de chapoteo. Amenazó a su prima con la mirada, hasta que la dejó en paz. Se volvió a acomodar en el sofá y a leer.
Con el ceño fruncido, Virginia se alejó.
Estela no volvió a saber de ella hasta que, al cabo de unos quince minutos, oyó su voz desde el pie de la escalera que subía al desván.
- Estela.
- ¿Sí? -respondió, sin despegar los ojos del libro.
- Ven conmigo.
- ¿Para qué? – Ven conmigo al desván, anda…
- Estoy leyendo. ¿Qué quieres? – ¡Joder, nena! ¡Tú quieres que estemos juntas o no!
Estela la miró desde el sofá, detectando la seriedad en su actitud.
- Bueno, voy.
Dejó una señal en el libro y fue a subir tras ella al desván. Una vez arriba, Virginia se paseaba entre los cachivaches, como hechizada.
- Oye, perdona -dijo Estela, buscándola entre el laberinto de bultos-. No quiero que te aburras sola, lo siento. Oye, ¿qué has estado haciendo mientras yo leía? – Preparativos -dijo enigmática Virginia.
- ¿Preparativos para qué? – Ven -le indicó-, siéntate en esta silla.
- ¿Para? – ¡Tú siéntate, preguntona!
Estela se sentó en una sencilla silla de madera con reposabrazos. Virginia se paró ante ella, las piernas un poco abiertas y las manos a la espalda. La miró fijamente a los ojos y luego acercó su rostro para besarla. Sus lenguas no se tocaron. Era un beso sencillo, un beso cariñoso. Estela sujetó su cabeza por detrás. Sus dedos apresaron su pequeño moño entre ellos.
- Te quiero, ¿sabes? -dijo Virginia.
- Yo también. Te quiero mucho.
- Más que eso. Me… me…
- Me pones a cien, Virgi…
- Eso. Me pones a cien.
Y volvieron a besarse con cariño.
- ¿Quieres que juguemos? -dijo Virgi.
- ¿Cómo? -Estela se esperaba cualquier cosa menos aquella pregunta.
- He estado pensando tanto en ti, en qué haría cuando te volviera a ver… He pensado tanto en lo que me gustaría hacer contigo que…
- ¿Sí? – Bueno, que no podría hacerlo contigo de una forma normal, como todo el mundo.
- ¿Quieres decir, hacer…? – Sí. No puedo, Estela, no puedo hacerte… hacerte el amor como todo el mundo. Necesito que hagamos algo especial.
- Dios, Virgi, me pones nerviosa.
- Tranquila, mujer. Verás, he pensado que tenemos todo un fin de semana para hacer todo lo que queramos a solas, sin límites. Si quisiéramos, podríamos hacer realidad ya mismo todas nuestras fantasías. Porque tú tendrás alguna fantasía, algo que te gustaría hacer con tu primita… ¿no? – Puede… -dijo Estela, con una sonrisa misteriosa.
- Entonces… ¿Quieres?
Estela dudó.
- Pues… No sé… Depende.
Virgi se acercó a su oído y susurró.
- Entonces empezaré yo. Es sólo un juego cortito. Seguro que te gusta. Pon los brazos sobre la silla.
Estela apoyó los brazos en los reposabrazos, lentamente, casi con miedo.
- Ahora, cariño, déjame que te ate…
La miró a los ojos esperando su reacción, una reacción que tardó en llegar. Una mirada cómplice de sus ojos azules, una vergonzosa sonrisa y unos dientes mordiendo el labio inferior fue todo lo que necesitó.
Sacó las cuerdas que ocultaba a su espalda, unas cuerdas blancas, suaves pero gruesas, de nylon. Con parsimonia, ató un brazo a la silla, no tan fuerte como para hacerle daño, pero con un nudo seguro. Luego ató el otro brazo. Se miraron a los ojos.
- Ya verás que bien lo vamos a pasar, Estela… -dijo Virginia, con una sonrisa malvada.
Con otra cuerda ató bien cada pierna a una pata de la silla. Tiró de los extremos, comprobando que la cautiva no pudiera escapar.
Ahora sus piernas estaban indecentemente separadas. Arrodillada en el suelo, Virginia se asomó entre ellas y pudo ver unas blancas braguitas en la cueva oscura que formaba su minifalda. De aquella guisa, podría hacer con ella lo que deseara, pero no tenía prisa.
Estela tironeó de sus ataduras, llegando a hacer verdadero esfuerzo en liberarse, pero fue en vano.
- Me tienes bien atrapada, prima -dijo- ¿Y ahora? – Ahora puedo hacer contigo lo que me dé la gana. Pero primero vas a estar aquí un ratito, esperando como una niña buena.
Y sin más, Virginia se marchó escaleras abajo. En la soledad del desván, Estela esperó confundida, sin saber por dónde iba a salir la broma. Pasó un largo rato, no pudo saber cuánto pues no tenía reloj, pero se diría que unos diez minutos bien largos. Cuando Virginia subió de nuevo las escaleras, Estela protestó, nerviosa.
- ¡Me has tenido aquí una eternidad! ¿Se puede saber a qué viene todo este juego?
Estela dejó de protestar para contemplar a su prima. Se había cambiado de ropa. Ahora llevaba un precioso vestido negro de finos tirantes que le llegaba hasta la mitad de los muslos. En lugar de zapatillas deportivas ahora llevaba unos elegantes zapatos de largo tacón metálico. Se había puesto un poco de colorete y sombra de ojos morada.
- Joder, parece que vayas a una fiesta… -dijo Estela, impresionada.
- ¿Has visto? -dijo Virginia, exhibiendo su cuerpo ante su prima- Así es como voy a las fiestas del instituto, a las cenas con mis padres… todo eso.
- Estás preciosa, Virgi.
- Gracias.
Virginia encendió con una cerilla el cigarrillo que sostenía entre sus dedos. Sus padres la matarían si alguna vez encontrase entre sus cosas un mechero propio, así que tenía que estar constantemente mangando cerillas de la cocina.
Estela torció la boca con disgusto.
- ¿Desde cuándo fumas?
Virginia dio una larga calada al cigarrillo y expulsó suavemente el humo por el aire del desván.
- Empecé pocos días después de que nos despidiéramos, en casa de una amiga. ¿Por qué? ¿Te molesta? -sus labios dieron otra calada.
- No… Supongo que te da un aspecto más sexy, de mujer. Aunque es muy pronto para empezar, ¿no? – Qué va.
Virginia comenzó a pasear en torno a su prima atada. Pronto los rayos de sol que entraban por las rendijas del desván delataron las espirales de humo azulado, que flotaban en el ambiente como adornos naturales del aire, como si siempre hubieran formado parte del escenario.
Virginia se situó detrás de Estela, fuera de su vista.
- Bueno, ¿qué…? -dijo Estela, algo nerviosa- …¿qué piensas hacer conmigo? – Pues… puede que empiece por comerme tu orejita… Así…
Mordisqueó el lóbulo de Estela, lamió el pequeño colgante de carne, lo estiró un poco con los dientes, y luego fue subiendo por el pabellón auricular, acariciándolo todo con sus labios, lamiéndolo. Su respiración resonaba amplificada en el oído de Estela como el bramido de un animal furioso, como el viento que zumba en tus orejas cuando vas cuesta abajo en la montaña rusa.
Estela se retorció excitada, tanto como le permitían sus ataduras. Sus manos y sus pies se retorcían inquietos bajo las cuerdas.
Una vez probada toda la oreja, Virginia pasó a la otra, dándole el mismo tratamiento, dejándola igual de húmeda.
- ¿Te gusta? – Me… Me excitas… -gimió Estela.
- Y ahora… Puede que bese tus hombros, así…
Le besó los hombros, desde la base del cuello hasta el extremo. Besos carnosos y a veces húmedos, algún que otro mordisco cerca del cuello y en el precioso montículo bronceado del hombro propiamente dicho.
Estela ya estaba perdida, dispuesta a cualquier idea de su prima.
Virginia buscó un viejo cenicero y dejó allí el cigarrillo para prestarle toda su atención a su prima. Mientras le besaba la nuca, sus dos manos se posaron sobre sus pechos. Comenzó a magrearlos muy suavemente por encima de la camisa.
Virginia le dio un mordisco a su preciosa nuca rubia.
- ¡Aafh! Virgi… Qué bien lo haces… Me estoy derritiendo…
- Dime, cariño… ¿Te gusta estar atada?
Una mano se internó entre los botones de la camisa y tantearon el sujetador, acariciando directamente la carne. Los pechos de Estela eran bastante grandes para sus diecisiete años. Eran dos preciosos pomelos blanditos que no necesitaban de la ley de la gravedad.
- Yo… Mh… No sé…
- Pues a mí me encanta verte así, atada. Me pone súper cachonda. ¿No dirás que mi fantasía no mola, eh? Mmmh, nada más mirarte, me entran ganas de…
La mano por debajo de la camisa tanteaba el terreno. Bajó una de la copa del sujetador y encontró el suave círculo del pezón, de un gran diámetro. El dedo corazón comenzó a acariciarlo, hasta que se empezó a endurecer. Lo atrapó entre el pulgar y el índice y lo apretó como una pequeña uva.
- ¡Uuuf! ¿Sí? – Ganas de…
- ¿Sí…? – De follarte, Estela. Quiero follarte como una puta.
Estela se asustó. Nunca había oído ni imaginado tales palabras en la boca de su prima. No obstante, confiaba en ella hasta el final.
Virginia se situó ante ella. Su expresión era de furia. De un tirón le abrió de par en par la camisa. Un botó nacarado rodó por el suelo. Liberó ambos pechos del sujetador y los atrapó con sus manos. Los apretó hasta que la blanda carne se escurría entre los huecos de sus dedos. Lamió aquellos pedacitos de carne, los mordió.
- ¡Aaah! ¡Cuidado, bestia! -gritó Estela, cuando sintió un mordisco más fuerte de lo soportable.
Haciendo caso omiso, Virginia ignoró los favores que su boca podía darles a tanta carne y pasó a chupar directamente los pezones, ya turgentes. Atrapaba uno en su boca y aspiraba con fuerza. Estela tenía arqueaba su cuerpo y se dejaba arrastrar hacia ella, ya que sentía que de ninguna forma la iba a soltar.
Virginia abría la boca y la dejaba caer de golpe a la silla. Atrapaba otro pezón entre sus dientes, lo torturaba un poco y volvía a tirar, hasta que tenía el cuerpo de su prima en el aire, arqueado de nuevo hacia ella, presa del placer. De nuevo abría la boca y la dejaba caer a la silla, extenuada.
- Mmmh, me encantan tus pechos, son tan grandes y redondos… Son perfectos, y huelen de maravilla… No como los míos, son una birria.
- No digas eso, Virgi… -dijo Estela entre jadeos.
Virginia miró a su prima con malicia.
- ¿Has oído eso de que algunas mujeres pueden llegar al orgasmo sólo con la estimulación de sus pechos? -dijo.
El resultado fue el que esperaba. Estela, jadeando, sudorosa, con las piernas abiertas y los pechos desnudos, la miraba con cara de “Pues a qué estás esperando, remátame de una vez…”.
- ¿Te gustaría llegar al orgasmo? – Llevo deseándolo cinco meses -contestó Estela.
Virginia puso un pie sobre la silla, entre sus piernas. Subió poco a poco el borde de su vestido hasta mostrar que no llevaba bragas. Su pubis apenas estaba todavía salpicado por los primeros pelitos adolescentes.
La crueldad invadió el libidinoso rostro de Virginia.
- Pues te vas a aguantar, porque ahora me voy a hacer un dedo en tu cara y voy a ser yo la que me corra…
Efectivamente, Virginia comenzó a masturbarse. Acarició su joven pubis hasta que notó sus labios entreabiertos. Inclinó su pelvis hacia adelante para que su prima viera bien toda la maniobra, sin permitirle en ningún momento tomar parte ni obtener placer alguno.
Se acarició los labios hasta que estuvieron abiertos en flor y húmedos. Se autopenetró con un dedo. Lo dejó allí dentro unos instantes, sintiéndolo, disfrutando de la sensación, del inicio de la excitación previa al acto sexual, de su cuerpo ardiendo y la sangre bombeando. Le gustaba pararse a sentir cómo empezaba todo.
Comenzó a bombear con el dedo, bien profundo, sin delicadezas ya, penetrándose todo lo dentro que la postura le permitía. Con la otra mano buscó su pequeño botón. Tanteó hasta encontrar la capuchita de piel, la descubrió para acariciarse el clítoris, ya bastante gordito. Se lo acarició en círculos, lo pellizcó, lo arañó suavemente, lo abandonaba para sentir la penetración, y luego volvía a él.
Un par de ocasiones acercaba el pubis a la cara de Estela, incitándola a participar con su boca, y otras tantas se burló cruelmente de ella, alejándose para disfrutarse sola. Estela comenzaba a sentirse ridícula, utilizada. El juego de su prima empezaba a no tener gracia.
Virginia se penetraba ahora con dos dedos, y los frotamientos sobre su clítoris eran ya frenéticos. Su cuerpo subía y bajaba presa del orgasmo inminente.
- ¡Mmmmh! ¡Venga, Estela, acerca tu boca! ¡Uuh! ¡No voy a ser mala esta vez, te lo prometo! ¡Dame ya tu boca ya, coñooo!
Estela confió una vez más. Pero cuando fue dispuesta a acercar su boca a la rajita de su prima, esta se corrió con un grito desgarrado, salpicando su boca de un abundante chorro de flujo vaginal, sólo uno, sin que la que la hubiera dejado llegar a tocarla. Estela no tuvo más remedio que saborear los jugos íntimos: pegajosos, salados, aromáticos en realidad. Pensó que era como beber un trago de sudor.
Virginia se quedó un rato como de piedra en aquella posición, con una pierna aun sobre la silla, boqueando. Cuando se relajó por fin, se separó de ella y la miró tiernamente. Parecía muy divertida con todo aquello.
Caracoleó con un dedo por la barbilla de Estela, bañada de flujo.
- Mmmh… ¿Te lo puedes creer? Jamás hubiese pensado que me podía correr de esta forma, soltando tanto jugo, y con tanta fuerza… ¿Sabes que tu carita está preciosa, salpicada…? – ¿Así que esa era tu fantasía, guarra? ¡Esa era tu idea, correrte en mi cara y cachondearte de mí!
Virginia la miró con cara de inocente. A Estela no le fue muy difícil perdonarla. Su prima se acercó y le dio el más dulce de los besos. Comenzó a desatar los nudos.
- Pues sí, esa era mi fantasía -iba diciendo mientras tanto-, y gracias a ti, mi amor, la he visto hecha realidad. La verdad, creí que sería una de esas cosas que luego nunca haces en la vida.
Estela fue por fin desatada y se levantó de la silla. Se arregló el pelo y abrochó la camisa.
- Y como agradecimiento -siguió diciendo Virginia-, yo cumpliré mi parte. Puedes escoger una fantasía y hacerla realidad conmigo.
- ¿La fantasía que yo quiera? – Piénsalo bien, rebusca en tu interior y escoge la fantasía más fuerte que hayas imaginado. Luego puedes hacer conmigo lo que quieras.
Estela se mordisqueó un dedo, pensativa, con expresión pícara.
- ¿Puedo hacerte lo que quiera? ¿Y luego no te enfadarás conmigo?
Virginia la abrazó fuerte. Acarició su suave y largo cabello rubio mientras la miraba a los ojos.
- Mira que eres tonta… -dijo- ¿Cómo me voy a enfadar con algo que tú hagas? Si eres la cosa más dulce y buena del mundo.
Y las dos primas se besaron. Al principio era cariño, luego fue pasión, intensidad. Por primera vez desde su primer encuentro íntimo, intentaron profundizar al máximo en sus besos, llevando su lengua a explorar por toda la boca y muy adentro, como si cada una quisiera acariciar todo el interior del cuerpo ajeno.
Pasaron largo rato dedicándose sólo al placer de besarse, hasta que atardeció. La luz desaparecía del desván. Las espirales de humo desaparecían en la nada, camino al techo.
Las dos primas subieron corriendo las escaleras al desván. Virginia abrió la ventana y ambas se asomaron. Con la mejor de sus sonrisas dijeron adiós con la mano a los padres de Virginia, tíos de Estela a su vez.
Todas las instrucciones estaban dadas, todos los consejos, lo que debían y no debían hacer, cómo sobrevivir al hambre aquellos tres días, cuándo y cómo abrir y cerrar el gas, el agua, las puertas, los cerrojos, las ventanas, cómo mantener la casa en orden y limpia.
Todos los besos de despedida estaban dados, todos los consejos, todos los números de teléfono a los que debían llamar en caso de emergencia, pues, exageración paternal o no, nunca se puede dejar a dos chicas tan jóvenes solas en una casa y quedarse uno tranquilo…
Sólo faltaba que aquel coche desapareciera de su vista, a lo lejos, con sus padres dentro, dispuestos a divertirse y, quizá a cerrar algún trato en casa del jefe de su padre, sólo un segundo interminable, en el que el último ser adulto desapareciera de su campo de percepción, sólo eso y estarían por fin solas.
El coche desapareció en el horizonte.
Virginia escuchó atenta, hasta que el sonido del motor se extinguió a lo lejos. Instantáneamente, arrinconó a su prima contra un viejo armario y comenzó a besarla en la boca con un ímpetu casi violento. Su rubia prima se revolvía contra ella, pero sorprendida, no disgustada.
- No esperaba que te lo tomaras tan a pecho… -dijo como pudo, hablando entre los labios de su prima.
Virginia habló sin prisa, intercalando las palabras susurradas con suaves besos.
- ¿Te das cuenta… de lo mucho… que te he echado de menos… las noches que me he puesto cachonda pensando… en ti…
- ¡Cachonda! -se carcajeó Estela.
- … La de sueños húmedos que he… tenido… las horas que he pasado… recordando nuestros besos… lo mucho que te he echado… de menos estos cinco meses…?
Tras el último beso, ambas se separaron y se miraron a los ojos, llenas de ternura y deseo tácito.
- Pues entonces -dijo Estela-, aprovecha que por fin me tienes aquí.
- ¡Amén! -dijo Virginia.
Y volvieron a besarse, esta vez con más dulzura y menos prisa.
Besar los labios de su prima Virginia era un verdadero privilegio. Era una suerte que, entre todas las bocas bonitas que podía haberse encontrado en la vida, le hubiera tocado la más hermosa de todas. Ya antes de su primer encuentro, aquel breve jugueteo, más allá del simple cariño familiar, había admirado siempre la perfección de aquellos labios. No parecían reales, unos labios carnosos y suaves, que describían un círculo casi perfecto. Eran de un rosa oscuro tan intenso que le había prohibido expresamente que, sólo por ella, no se los pintara nunca, aunque a los diecisiete años su madre de todas formas no le daba muchas ocasiones para maquillarse siquiera un poco.
Los labios de Virginia pedían ser tratados con mimo. A veces abandonaba su lado impetuoso y dominante y se quedaba muy quieta, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás, para dejarse hacer dulcemente. Entonces a Estela le gustaba jugar con ellos. Les daba pequeños mordiscos, los acariciaba con la lengua, los ensalivaba un poco y los miraba resplandecer, tan hermosos. Los delineaba con un dedo. Los rozaba con los suyos, los besaba con toda la delicadeza de que era posible…
Pero su prima nunca aguantaba tanta delicadeza demasiado tiempo y enseguida volvía a comerle la boca, al forcejeo de lenguas, a profundizar todo lo que podía, a los mordiscos salvajes.
Besándose, Virginia y Estela eran el Yin y el Yang, uno de diecisiete y dieciocho años. Pero quizá no sólo en sus besos: sobre todo en su carácter y en su físico.
La inocente y tranquila Estela, la que ahora estaba aprisionada contra el viejo armario de madera, clavándose en la espalda un duro picaporte de cristal, tenía una larga cabellera rubia que casi le llegaba al trasero, el ideal de toda madre para sus hijas. Era lisa y dorada y a su amante le encantaba peinarlo con sus dedos y dejarlo caer en meliflua cascada perfecta. Su piel era dorada y oscura, a veces de tacto algo extraño, como si un constante repelús la recorriera y le pusiera la piel de gallina. Sus ojos eran inocentes y azules. Sus labios, claros y finos.
Su contrapartida, su prima Virginia, era la oscuridad en persona, empezando por sus ojos, siempre inquietantes y amenazadores, bajo la arcada de dos finísimas cejas, perfectas sin la necesidad aun de la depilación. Su pelo apenas llegaba hasta un poco por encima de sus delicados hombros. Era totalmente negro y casi nunca lo soltaba de un pequeño moño. Sus pequeños y redondos labios ya han sido descritos. El punto blanco en su negro Yang era su piel, pálida y hermosa, tan lisa que daban ganas de ponerse unos patines de hielo y deslizarse sobre su cuerpo. Unas pocas pecas salpicaban sus mejillas.
Yin y Yang anduvieron morreándose un largo rato, disfrutando de la tranquilidad, la privacidad, la eternidad que por fin se les presentaba. Comparados con aquella simple tarde en que por accidente sus cuerpos se conocieron por primera vez, los tres días que ahora tenían para ellas solas eran inacabables.
Y Virginia tenía planes muy concretos sobre cómo debían transcurrir.
Se dieron un último beso y se abrazaron fuertemente. Estela aprovechó para separarse con un quejido del pomo que la había estado torturando.
- ¡Ay…! – ¿Qué te pasa? – Uf, me he estado clavando esto… ¡Cómo eres tan bruta! – ¿He hecho daño a mi niña? A ver…
Virginia frotó suavemente la zona dañada con su mano para aliviarla. Estela le regaló una luminosa sonrisa.
- Primita… -le dijo en tono sincero- No quiero que este fin de semana acabe nunca.
- ¿Te das cuenta -susurró Virginia- de que no vamos a tener interrupciones, nervios, mirones, padres, tíos, reglas…? ¿Te das cuenta de que podemos hacer lo que queramos? – Mmmh… -sonrió maliciosa Estela- Tú y yo solas, suena bien… ¿Y has pensado en algo concreto, primita? – Puede ser… Ya lo verás.
Virginia rompió el abrazo y comenzó a pasear distraída por el desván. Aquí y allá se amontonaban aparatos viejos, juguetes y juegos abandonados, muebles rotos, demasiado horteras para el siglo actual o que simplemente ya no se usaban, sillas, enormes cojines polvorientos, armarios y espejos, cajas de cartón con revistas, discos de vinilo, ropa vieja o disfraces…
- Este sitio es la leche, ¿sabes? -dijo Estela.
Sacó una pamela de una caja y se la puso, atándose la cinta bajo la barbilla.
- ¿Qué tal me sienta? – Lo que mejor te sienta es el polvo que te está cayendo y las telarañas que se te están pegando en el pelo…
Estela dio un alarido y lanzando la pamela lejos de un manotazo, comenzó a sacudirse la melena, llena de asco, hasta dejársela totalmente arremolinada, como si hubiera pasado unos minutos en el ojo de un tornado. Virginia no paraba de reír con maldad.
- ¡Ahora sí que estás guapa!
Y abrazándola por detrás, la besó. Atrapó sus labios entre los dientes y los tuvo así un rato, en tensión, obligando a su prima a no cambiar aquella complicada postura. Cuando los soltó y pasó a besar su cuello, Estela se escurrió.
- Tengo un hambre que me muero -dijo, bajando ya por la escalera de madera-. Vamos a comer algo, anda.
Virginia se quedó sola en el desván. Miró a su alrededor.
- No escaparás tan fácilmente la próxima vez… -murmuró para sí, en tono sombrío, y bajó por las escaleras.
Después de comer unos huevos fritos con patatas que prepararon entre las dos, se acomodaron en el sofá. Para sorpresa de Virginia, Estela se puso las gafas, sacó “Cien Años de Soledad”, se apoyó contra el brazo del sofá y comenzó a leer. Virginia la miró de arriba a abajo, sin dar crédito a sus ojos.
Pero no se iba a rendir tan pronto.
- Esas gafas te hacen muy sexy, ¿sabes? -le dijo.
- ¡Ah, sí! -sonrió Estela- Parece que tengo una prima fetichista, ¿no? – No, en serio. Son finas y doraditas. Le sientan muy bien a tu cara, y te hacen aun más guapa.
- Gracias… -dijo Estela, dejando silbar la última letra de la palabra.
Virginia le quitó las zapatillas y dejó sus delicados pies desnudos. Estela la miró suspicaz por encima de sus gafas.
- ¿Qué haces? – ¿Tú no estabas leyendo? ¡Pues hala, hala!
Se puso de rodillas en el suelo y apoyó su barbilla en el sofá para mirar los pies de su prima. Pequeños, de diminutos dedos y uñas para nada asquerosas, como algunas que había visto por ahí. Posó sus labios sobre ellos en un tierno beso. Los pies se alborotaron con la risa de su dueña. El siguiente beso fue un poco más húmedo. La punta de su lengua asomó un poco entre sus labios. Al no encontrar oposición, dio un suave toque sobre cada uno de los pequeños dedos. No se movían, pero oía por lo bajo la risa de Estela. Los recorrió con su lengua del primero al último, y del último al primero, desde un pie hasta el otro, dejándolos cubiertos de brillante saliva.
Dejó los dedos y volvió a contemplar los dos pies en su totalidad. En concreto el pie derecho, que era el que se ofrecía al exterior. Con veneración, lo sostuvo entre sus manos, por los dedos con una mano y el talón con la otra. Besó el tobillo. Fue un beso cargado de erotismo que realmente hizo a Estela estremecerse. Los labios se posaron sobre la piel del pie y se fueron cerrando lentamente, muy lentamente, hasta encontrarse en el duro montículo del tobillo, cuyo centro fue acariciado por la húmeda punta de la lengua.
- No me creo que estés haciendo esto… -murmuró Estela, con un hilo de voz.
- Pues dime si te gusta esto… -dijo Virginia, en un tono que habría usado una gatita en celo, de haber tenido aparato vocalizador.
Su boca volvió a los dedos. Separó un dedo gordo de los demás y se lo llevó a los labios. Lentamente se lo fue introduciendo, hasta que desapareció totalmente dentro de su boca. Allí lo dejó un rato, atrapado tan solo por los labios, sin contacto con nada más, hasta que por fin se lanzaron sobre él sus dientes y su lengua, comenzando a chupar el dedo con avidez, como si de una rica felación se tratase. Introdujo también el otro en su boca y los chupó a la vez, absorbiendo con fuerza.
- ¡Joder, Virgi, así no puedo leer!
Diciendo esto, Estela se incorporó en el sofá. Los dedos gordos salieron de su boca produciendo una especie de chapoteo. Amenazó a su prima con la mirada, hasta que la dejó en paz. Se volvió a acomodar en el sofá y a leer.
Con el ceño fruncido, Virginia se alejó.
Estela no volvió a saber de ella hasta que, al cabo de unos quince minutos, oyó su voz desde el pie de la escalera que subía al desván.
- Estela.
- ¿Sí? -respondió, sin despegar los ojos del libro.
- Ven conmigo.
- ¿Para qué? – Ven conmigo al desván, anda…
- Estoy leyendo. ¿Qué quieres? – ¡Joder, nena! ¡Tú quieres que estemos juntas o no!
Estela la miró desde el sofá, detectando la seriedad en su actitud.
- Bueno, voy.
Dejó una señal en el libro y fue a subir tras ella al desván. Una vez arriba, Virginia se paseaba entre los cachivaches, como hechizada.
- Oye, perdona -dijo Estela, buscándola entre el laberinto de bultos-. No quiero que te aburras sola, lo siento. Oye, ¿qué has estado haciendo mientras yo leía? – Preparativos -dijo enigmática Virginia.
- ¿Preparativos para qué? – Ven -le indicó-, siéntate en esta silla.
- ¿Para? – ¡Tú siéntate, preguntona!
Estela se sentó en una sencilla silla de madera con reposabrazos. Virginia se paró ante ella, las piernas un poco abiertas y las manos a la espalda. La miró fijamente a los ojos y luego acercó su rostro para besarla. Sus lenguas no se tocaron. Era un beso sencillo, un beso cariñoso. Estela sujetó su cabeza por detrás. Sus dedos apresaron su pequeño moño entre ellos.
- Te quiero, ¿sabes? -dijo Virginia.
- Yo también. Te quiero mucho.
- Más que eso. Me… me…
- Me pones a cien, Virgi…
- Eso. Me pones a cien.
Y volvieron a besarse con cariño.
- ¿Quieres que juguemos? -dijo Virgi.
- ¿Cómo? -Estela se esperaba cualquier cosa menos aquella pregunta.
- He estado pensando tanto en ti, en qué haría cuando te volviera a ver… He pensado tanto en lo que me gustaría hacer contigo que…
- ¿Sí? – Bueno, que no podría hacerlo contigo de una forma normal, como todo el mundo.
- ¿Quieres decir, hacer…? – Sí. No puedo, Estela, no puedo hacerte… hacerte el amor como todo el mundo. Necesito que hagamos algo especial.
- Dios, Virgi, me pones nerviosa.
- Tranquila, mujer. Verás, he pensado que tenemos todo un fin de semana para hacer todo lo que queramos a solas, sin límites. Si quisiéramos, podríamos hacer realidad ya mismo todas nuestras fantasías. Porque tú tendrás alguna fantasía, algo que te gustaría hacer con tu primita… ¿no? – Puede… -dijo Estela, con una sonrisa misteriosa.
- Entonces… ¿Quieres?
Estela dudó.
- Pues… No sé… Depende.
Virgi se acercó a su oído y susurró.
- Entonces empezaré yo. Es sólo un juego cortito. Seguro que te gusta. Pon los brazos sobre la silla.
Estela apoyó los brazos en los reposabrazos, lentamente, casi con miedo.
- Ahora, cariño, déjame que te ate…
La miró a los ojos esperando su reacción, una reacción que tardó en llegar. Una mirada cómplice de sus ojos azules, una vergonzosa sonrisa y unos dientes mordiendo el labio inferior fue todo lo que necesitó.
Sacó las cuerdas que ocultaba a su espalda, unas cuerdas blancas, suaves pero gruesas, de nylon. Con parsimonia, ató un brazo a la silla, no tan fuerte como para hacerle daño, pero con un nudo seguro. Luego ató el otro brazo. Se miraron a los ojos.
- Ya verás que bien lo vamos a pasar, Estela… -dijo Virginia, con una sonrisa malvada.
Con otra cuerda ató bien cada pierna a una pata de la silla. Tiró de los extremos, comprobando que la cautiva no pudiera escapar.
Ahora sus piernas estaban indecentemente separadas. Arrodillada en el suelo, Virginia se asomó entre ellas y pudo ver unas blancas braguitas en la cueva oscura que formaba su minifalda. De aquella guisa, podría hacer con ella lo que deseara, pero no tenía prisa.
Estela tironeó de sus ataduras, llegando a hacer verdadero esfuerzo en liberarse, pero fue en vano.
- Me tienes bien atrapada, prima -dijo- ¿Y ahora? – Ahora puedo hacer contigo lo que me dé la gana. Pero primero vas a estar aquí un ratito, esperando como una niña buena.
Y sin más, Virginia se marchó escaleras abajo. En la soledad del desván, Estela esperó confundida, sin saber por dónde iba a salir la broma. Pasó un largo rato, no pudo saber cuánto pues no tenía reloj, pero se diría que unos diez minutos bien largos. Cuando Virginia subió de nuevo las escaleras, Estela protestó, nerviosa.
- ¡Me has tenido aquí una eternidad! ¿Se puede saber a qué viene todo este juego?
Estela dejó de protestar para contemplar a su prima. Se había cambiado de ropa. Ahora llevaba un precioso vestido negro de finos tirantes que le llegaba hasta la mitad de los muslos. En lugar de zapatillas deportivas ahora llevaba unos elegantes zapatos de largo tacón metálico. Se había puesto un poco de colorete y sombra de ojos morada.
- Joder, parece que vayas a una fiesta… -dijo Estela, impresionada.
- ¿Has visto? -dijo Virginia, exhibiendo su cuerpo ante su prima- Así es como voy a las fiestas del instituto, a las cenas con mis padres… todo eso.
- Estás preciosa, Virgi.
- Gracias.
Virginia encendió con una cerilla el cigarrillo que sostenía entre sus dedos. Sus padres la matarían si alguna vez encontrase entre sus cosas un mechero propio, así que tenía que estar constantemente mangando cerillas de la cocina.
Estela torció la boca con disgusto.
- ¿Desde cuándo fumas?
Virginia dio una larga calada al cigarrillo y expulsó suavemente el humo por el aire del desván.
- Empecé pocos días después de que nos despidiéramos, en casa de una amiga. ¿Por qué? ¿Te molesta? -sus labios dieron otra calada.
- No… Supongo que te da un aspecto más sexy, de mujer. Aunque es muy pronto para empezar, ¿no? – Qué va.
Virginia comenzó a pasear en torno a su prima atada. Pronto los rayos de sol que entraban por las rendijas del desván delataron las espirales de humo azulado, que flotaban en el ambiente como adornos naturales del aire, como si siempre hubieran formado parte del escenario.
Virginia se situó detrás de Estela, fuera de su vista.
- Bueno, ¿qué…? -dijo Estela, algo nerviosa- …¿qué piensas hacer conmigo? – Pues… puede que empiece por comerme tu orejita… Así…
Mordisqueó el lóbulo de Estela, lamió el pequeño colgante de carne, lo estiró un poco con los dientes, y luego fue subiendo por el pabellón auricular, acariciándolo todo con sus labios, lamiéndolo. Su respiración resonaba amplificada en el oído de Estela como el bramido de un animal furioso, como el viento que zumba en tus orejas cuando vas cuesta abajo en la montaña rusa.
Estela se retorció excitada, tanto como le permitían sus ataduras. Sus manos y sus pies se retorcían inquietos bajo las cuerdas.
Una vez probada toda la oreja, Virginia pasó a la otra, dándole el mismo tratamiento, dejándola igual de húmeda.
- ¿Te gusta? – Me… Me excitas… -gimió Estela.
- Y ahora… Puede que bese tus hombros, así…
Le besó los hombros, desde la base del cuello hasta el extremo. Besos carnosos y a veces húmedos, algún que otro mordisco cerca del cuello y en el precioso montículo bronceado del hombro propiamente dicho.
Estela ya estaba perdida, dispuesta a cualquier idea de su prima.
Virginia buscó un viejo cenicero y dejó allí el cigarrillo para prestarle toda su atención a su prima. Mientras le besaba la nuca, sus dos manos se posaron sobre sus pechos. Comenzó a magrearlos muy suavemente por encima de la camisa.
Virginia le dio un mordisco a su preciosa nuca rubia.
- ¡Aafh! Virgi… Qué bien lo haces… Me estoy derritiendo…
- Dime, cariño… ¿Te gusta estar atada?
Una mano se internó entre los botones de la camisa y tantearon el sujetador, acariciando directamente la carne. Los pechos de Estela eran bastante grandes para sus diecisiete años. Eran dos preciosos pomelos blanditos que no necesitaban de la ley de la gravedad.
- Yo… Mh… No sé…
- Pues a mí me encanta verte así, atada. Me pone súper cachonda. ¿No dirás que mi fantasía no mola, eh? Mmmh, nada más mirarte, me entran ganas de…
La mano por debajo de la camisa tanteaba el terreno. Bajó una de la copa del sujetador y encontró el suave círculo del pezón, de un gran diámetro. El dedo corazón comenzó a acariciarlo, hasta que se empezó a endurecer. Lo atrapó entre el pulgar y el índice y lo apretó como una pequeña uva.
- ¡Uuuf! ¿Sí? – Ganas de…
- ¿Sí…? – De follarte, Estela. Quiero follarte como una puta.
Estela se asustó. Nunca había oído ni imaginado tales palabras en la boca de su prima. No obstante, confiaba en ella hasta el final.
Virginia se situó ante ella. Su expresión era de furia. De un tirón le abrió de par en par la camisa. Un botó nacarado rodó por el suelo. Liberó ambos pechos del sujetador y los atrapó con sus manos. Los apretó hasta que la blanda carne se escurría entre los huecos de sus dedos. Lamió aquellos pedacitos de carne, los mordió.
- ¡Aaah! ¡Cuidado, bestia! -gritó Estela, cuando sintió un mordisco más fuerte de lo soportable.
Haciendo caso omiso, Virginia ignoró los favores que su boca podía darles a tanta carne y pasó a chupar directamente los pezones, ya turgentes. Atrapaba uno en su boca y aspiraba con fuerza. Estela tenía arqueaba su cuerpo y se dejaba arrastrar hacia ella, ya que sentía que de ninguna forma la iba a soltar.
Virginia abría la boca y la dejaba caer de golpe a la silla. Atrapaba otro pezón entre sus dientes, lo torturaba un poco y volvía a tirar, hasta que tenía el cuerpo de su prima en el aire, arqueado de nuevo hacia ella, presa del placer. De nuevo abría la boca y la dejaba caer a la silla, extenuada.
- Mmmh, me encantan tus pechos, son tan grandes y redondos… Son perfectos, y huelen de maravilla… No como los míos, son una birria.
- No digas eso, Virgi… -dijo Estela entre jadeos.
Virginia miró a su prima con malicia.
- ¿Has oído eso de que algunas mujeres pueden llegar al orgasmo sólo con la estimulación de sus pechos? -dijo.
El resultado fue el que esperaba. Estela, jadeando, sudorosa, con las piernas abiertas y los pechos desnudos, la miraba con cara de “Pues a qué estás esperando, remátame de una vez…”.
- ¿Te gustaría llegar al orgasmo? – Llevo deseándolo cinco meses -contestó Estela.
Virginia puso un pie sobre la silla, entre sus piernas. Subió poco a poco el borde de su vestido hasta mostrar que no llevaba bragas. Su pubis apenas estaba todavía salpicado por los primeros pelitos adolescentes.
La crueldad invadió el libidinoso rostro de Virginia.
- Pues te vas a aguantar, porque ahora me voy a hacer un dedo en tu cara y voy a ser yo la que me corra…
Efectivamente, Virginia comenzó a masturbarse. Acarició su joven pubis hasta que notó sus labios entreabiertos. Inclinó su pelvis hacia adelante para que su prima viera bien toda la maniobra, sin permitirle en ningún momento tomar parte ni obtener placer alguno.
Se acarició los labios hasta que estuvieron abiertos en flor y húmedos. Se autopenetró con un dedo. Lo dejó allí dentro unos instantes, sintiéndolo, disfrutando de la sensación, del inicio de la excitación previa al acto sexual, de su cuerpo ardiendo y la sangre bombeando. Le gustaba pararse a sentir cómo empezaba todo.
Comenzó a bombear con el dedo, bien profundo, sin delicadezas ya, penetrándose todo lo dentro que la postura le permitía. Con la otra mano buscó su pequeño botón. Tanteó hasta encontrar la capuchita de piel, la descubrió para acariciarse el clítoris, ya bastante gordito. Se lo acarició en círculos, lo pellizcó, lo arañó suavemente, lo abandonaba para sentir la penetración, y luego volvía a él.
Un par de ocasiones acercaba el pubis a la cara de Estela, incitándola a participar con su boca, y otras tantas se burló cruelmente de ella, alejándose para disfrutarse sola. Estela comenzaba a sentirse ridícula, utilizada. El juego de su prima empezaba a no tener gracia.
Virginia se penetraba ahora con dos dedos, y los frotamientos sobre su clítoris eran ya frenéticos. Su cuerpo subía y bajaba presa del orgasmo inminente.
- ¡Mmmmh! ¡Venga, Estela, acerca tu boca! ¡Uuh! ¡No voy a ser mala esta vez, te lo prometo! ¡Dame ya tu boca ya, coñooo!
Estela confió una vez más. Pero cuando fue dispuesta a acercar su boca a la rajita de su prima, esta se corrió con un grito desgarrado, salpicando su boca de un abundante chorro de flujo vaginal, sólo uno, sin que la que la hubiera dejado llegar a tocarla. Estela no tuvo más remedio que saborear los jugos íntimos: pegajosos, salados, aromáticos en realidad. Pensó que era como beber un trago de sudor.
Virginia se quedó un rato como de piedra en aquella posición, con una pierna aun sobre la silla, boqueando. Cuando se relajó por fin, se separó de ella y la miró tiernamente. Parecía muy divertida con todo aquello.
Caracoleó con un dedo por la barbilla de Estela, bañada de flujo.
- Mmmh… ¿Te lo puedes creer? Jamás hubiese pensado que me podía correr de esta forma, soltando tanto jugo, y con tanta fuerza… ¿Sabes que tu carita está preciosa, salpicada…? – ¿Así que esa era tu fantasía, guarra? ¡Esa era tu idea, correrte en mi cara y cachondearte de mí!
Virginia la miró con cara de inocente. A Estela no le fue muy difícil perdonarla. Su prima se acercó y le dio el más dulce de los besos. Comenzó a desatar los nudos.
- Pues sí, esa era mi fantasía -iba diciendo mientras tanto-, y gracias a ti, mi amor, la he visto hecha realidad. La verdad, creí que sería una de esas cosas que luego nunca haces en la vida.
Estela fue por fin desatada y se levantó de la silla. Se arregló el pelo y abrochó la camisa.
- Y como agradecimiento -siguió diciendo Virginia-, yo cumpliré mi parte. Puedes escoger una fantasía y hacerla realidad conmigo.
- ¿La fantasía que yo quiera? – Piénsalo bien, rebusca en tu interior y escoge la fantasía más fuerte que hayas imaginado. Luego puedes hacer conmigo lo que quieras.
Estela se mordisqueó un dedo, pensativa, con expresión pícara.
- ¿Puedo hacerte lo que quiera? ¿Y luego no te enfadarás conmigo?
Virginia la abrazó fuerte. Acarició su suave y largo cabello rubio mientras la miraba a los ojos.
- Mira que eres tonta… -dijo- ¿Cómo me voy a enfadar con algo que tú hagas? Si eres la cosa más dulce y buena del mundo.
Y las dos primas se besaron. Al principio era cariño, luego fue pasión, intensidad. Por primera vez desde su primer encuentro íntimo, intentaron profundizar al máximo en sus besos, llevando su lengua a explorar por toda la boca y muy adentro, como si cada una quisiera acariciar todo el interior del cuerpo ajeno.
Pasaron largo rato dedicándose sólo al placer de besarse, hasta que atardeció. La luz desaparecía del desván. Las espirales de humo desaparecían en la nada, camino al techo.
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